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Full text of "Historia de Colonia del Sacramento: 1680-1828"

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HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 




LUIS ENRIQUE AZAROLA GIL 


HISTORIA 
DE COLONIA 
EL SACRAMENTO 

1680-1828 


Edición destinada 

a los estudiantes de Enseñanza Secundaria 


"'CASA A. BARREIRO Y RAMOS" S. A. 
MONTEVIDEO 




SUMARIO 


Página 


Capítulol — FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SA¬ 
CRAMENTO. 

Antecedentes de la región de San Gabriel. — Error inicial de la coloni¬ 
zación portuguesa; la superioridad estratégica de Maldonado. Don 
Manuel Lobo, gobernador de Río de Janeiro; su personalidad y an¬ 
tecedentes militares. — Instrucciones de la regencia portuguesa para 
la expansión hacia el Plata. — La expedición de Lobo, su organización 
y sus fuerzas. — Fundación de la ciudadela del Sacramento. La reac¬ 
ción en Buenos Aires; el gobernador don José de Garro; preparativos 
para el desalojo lusitano; instrucciones a Vera Muxica. — Maniobra 
diplomática de Lobo; su fracaso. — La odisea de Soares de Macedo 9 

Capítulo II. — ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA 
EN 1680 

El ejército hispanoguaraní frente a San Gabriel. — La diplomacia y la 
guerra; triple gestión del gobernador Lobo. — El maestre de campo 
Antonio de Vera Muxica; sus oficiales y detalle de sus fuer¬ 
zas. — Los guaraníes en el asedio; carencia de moral militar y 
connivencia con la plaza. — Retirada de los sitiadores a San Juan. *— 

El consejo de guerra en Buenos Aires y la resolución de ataque. — 

El asalto del 7 de agosto; sus disposiciones tácticas; la marcha noc¬ 
turna. — Defensa de la guarnición portuguesa; episodios heroicos; 
Joanna Galváo. — Bajas de los beligerantes. 28 

Capítulo III. — FIN DE LA ODISEA DE LOBO. 

Vera Muxica y Lobo; la generosidad del vencedor. — Solemnización de 
la victoria; los prisioneros en Buenos Aires. — El criterio de Garro 
sobre el destino de Colonia. — Venta del botín del 7 de agosto. — 


Muerte de don Manuel Lobo; la gestión sobre sus bienes. — La polí¬ 
tica de los jesuítas; sus intervenciones militares en el Plata; ante¬ 
cedentes y comentarios. 43 


Capítulo IV. — EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 

La noticia de la fundación en Madrid; órdenes de D. Carlos II al go¬ 
bernador de Buenos Aires; envío de una expedición de auxilio y 
conminación de desalojar al invasor « a sangre y fuego». — Carta 
de D. Pedro de Portugal a don Manuel Lobo. — Antecedentes del prín¬ 
cipe regente; su intervención personal en la expansión lusitana hacia 
el Plata. — Impresión causada por la toma de Colonia; ultimátum por¬ 
tugués. — El tratado provisional del 7 de mayo de 1681. — Debi¬ 
lidad de la diplomacia española. — La sanción contra Garro. — Con¬ 
ferencia de Badajoz; los negociadores; oposición de sus tesis geo¬ 
gráficas. — Fracaso del arbitraje papal. — Devolución de la ciudadela 
a los portugueses. — El gobernador Duarte Teixeira Chaves. 50 







6 


SUMARIO 


Capítulo V — NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CA- 
BRAL. SEGUNDA TOMA DE COLONIA. 

La oposición al mantenimiento de Colonia y el proyecto fundacional de 
Montevideo; informes de Furtado de Mendonga y de Almeida e Oli- 
veira. :— El maestre de campo Francisco Naper de Lencastre; sus 
antecedentes; sus ideas sobre el desarrollo de la colonización por¬ 
tuguesa; fomento de Colonia bajo su administración. — El Tratado de 
Alianza de 1701; omisión de límites al dominio lusitano sobre el Hío 
de la Plata; sus consecuencias. — Decisión relativa a la población 
de Montevideo; sus fundamentos. — El desalojo de la guardia espa¬ 
ñola de San Juan. — El gobernador Sebastiáo de Veiga Cabral. — 

La guerra de Sucesión; sus derivaciones militares en el Plata. — Pre¬ 
parativos de la segunda campaña contra Colonia; Valdés Inclán y 
García Ros; organización del ejército hispanoguaraní en Santo Do¬ 
mingo Soriano. — Asedio de la ciudadela; su evacuación por Veiga 
Cabral. 61 

Capítulo VI. — EL TRATADO DE UTRECHT. LA REPOBLA¬ 
CION BAJO GOMES BARBOSA. 

El letargo de 1705 a 1715; error español del abandono de la ciuda¬ 
dela. — El Consejo de Indias contrario a una nueva cesión. — Tra¬ 
tado de Utrecht; cláusulas categóricas sobre Colonia y su territorio. — 

La oposición del gobernador García Ros; sus fundamentos. — El 
prpyecto fundacional de Montevideo, consecuencia de la devolución 
de Colonia. — El maestre de campo Manuel Gomes Barbpsa. — Me¬ 
didas para la reconstrucción del poblado; llegada de familias de 
Tras-os-Montes; erección de nuevas fortificaciones; el empréstito de 
1717. — Juicio de Pereira de Sá sobre el gobierno de Gomes Barbosa. 74 


Capítulo VII. — LA DEFENSA DE VASCONCELLOS. 

La ciudad en 1722; datos estadísticos; progresos edilicios. — La fundación 
de Montevideo, factor decisivo en la lucha secular contra Colonia. — 
Misión del gobernador don Miguel de Salcedo; reanudación de la 
guerra contra la posesión portuguesa; la expedición de 1735. — De¬ 
fensa y organización de la plaza; la historia de Ferreira da Silva. •— 
Veintidós meses de asedio, r— Características de la tercera campaña 
de San Gabriel. — La personalidad de Vasconcellos. 


Capítulo VIII. — ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATI¬ 
FUNDIOS COLONIENSES. 

Reproducción del espíritu medieval en Indias; la institución de la éneo- 
mienda; su trasunto en el feudalismo de los caudillos. Manuel de 
Frías, primer encomendero de la tribu charrúa. Cesión de las 
tierras de San Gabriel a Frías Martel en 1635. — La fundación je¬ 
suítica del río de las Vacas; su organización, riqueza y transacciones 
comerciales; dimensiones del latifundio. — Su transferencia al Colegio 
de las Huérfanas de Buenos Aires; real cédula de don Carlos III. - 
La venta por el gobierno de Dorrego y su adquisición por Roguin 
Meyer & Cía.; división del latifundio en treinta y dos estancias. 
Establecimientos ganaderos del Riachuelo y el Sauce en 1775. Los 
campos realengos ¡de San Pedro, San Juan y Tarariras en 1789. 
sus pobladores; su mensura y su venta. — La estancia de Jaime 
Badell; impuestos y formulismos de la época. 






HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


7 


Capítulo IX. — EL TRATADO DE MADRID Y LAS CAM¬ 
PAÑAS DE DON PEDRO DE CEVALLOS. 

Alianzas dinásticas entre España y Portugal. — Celebración del Tratado 
de Madrid; sus cláusulas y compensaciones; fracaso de su aplicación. 

_ El convenio de El Pardo. — Don Pedro de Cevallos; su primera 

campaña contra Colonia. — Capitulación del gobernador Silva da 
Fonseca. — Ataque frustrado de la flota lusobritánica. — Los tra¬ 
tados de Fontainebleau y de París; reintegración de Colonia al dominio 
portugués. — La grande expedición de Cevallos; su composición y 
sus objetivos geográficos. — Instrucciones secretas del marqués de 
Pombal sobre la entrega de Colonia. — Su cumplimiento por el go¬ 


bernador de Rocha/— La demolición de la ciudad. — Tratado de 
San Ildefonso.. 107 


Capítulo X. — LA REPOBLACION ESPAÑOLA. 

Falsa visión de los inspiradores de la destrucción de Colonia; su res¬ 
ponsabilidad histórica. — Utilización de los materiales de la demoli¬ 
ción. — Disposiciones del virrey Vértiz para la repoblación de la 
plaza. — Los comandantes de armas Sebastián de Palomar, Pedro 
Amores, Vicente Jiménez y Domingo Chauri. — Resumen de las fa¬ 
milias repobladoras. — Fundación de la primera escuela en 1798. 

— Las invasiones inglesas; ocupación de Colonia por la división Pack; 
asalto y rechazo del coronel Elío. — Concesión del título de villa y 
constitución del primer Ayuntamiento. — Reconocimiento oficial de 
la villa del Rosario. — El Real de San Carlos. 118 

Capítulo XI. — LAS SUCESIONES POLITICAS DE 1810 
A 1828. 

Adhesión de Colonia al movimiento de Mayo. — Determinación de 
Artigas; su partida con de la Peña y Hortiguera. — Evacuación de 
la plaza por los españoles. — Segunda campaña de la indepen¬ 
dencia. — El régimen lusobrasilero; diputación de la ciudad al 
Congreso Cisplatino. — D. Lucas José Obes, apoderado ante la corte 
de Río de Janeiro. — Aceptación de la Constitución del Brasil. — 
Voladura de la iglesia mayor; las víctimas; celebración de un Cabildo 
abierto. — La resistencia de Colonia bajo la gobernación del bri¬ 


gadier Manoel Jorge Rodrigues; ataque fracasado de Brown. — El 
período feudal. 128 







CAPITULO PRIMERO 


FUNDACION DE LA CIUDADELA 
DEL SACRAMENTO 

Historicidad de la región de San Gabriel. — Error inicial 
de la colonización portuguesa; la superioridad estratégica de 
Maldonado. — Don Manuel Lobo, gobernador de Río de Ja¬ 
neiro; su personalidad y antecedentes militares. — Instruc¬ 
ciones de la regencia portuguesa para la expansión hacia 
el Plata. — La expedición de Lobo, su organización y sus 
fuerzas. — Fundación de la ciudadela del Sacramento. — La 
reacción en Buenos Aires; el gobernador doji José de Garro; 
preparativos para el desalojo lusitano; instrucciones a Vera 
Muxica. — Maniobra diplomática de Lobo; su fracaso. — La 
odisea de Soares de Macedo. 


i 

ON el nombre común de San Gabriel se designaba en los 
siglos XVI y XVII a la banda de tierra firme situada al 
nordeste de Buenos Aires, en la ribera izquierda del Río 
de la Plata, y al grupo de islas que flanquea esa costa. En 
los mapas del último tercio del siglo XVIII aparecen ya 
aquellas islas con sus denominaciones actuales: navegan¬ 
do hacia el poniente, la de Farallón, y a su derecha la de 
San Gabriel, la mayor, que ha conservado su designación 
histórica; luego algunos islotes llamados de los Ingleses y de 
Muleques; la isla de los Ingleses y dos de Antonio López; 
y cuatro millas al oeste, en recta que cierra el paso, las 
tres islas de Hornos, La de San Gabriel, que fué siempre 
escogida como base, mide una legua cuadrada de super¬ 
ficie; posee boscaje y canteras de piedra, y dista tres millas 
de la costa firme. 

La historicidad del nombre y de la zona está consa¬ 
grada desde el descubrimiento del estuario. A comienzos 
de 1516, Juan Díaz de Solís fondeó su carabela frente a la 
ribera situada entre las islas de San Gabriel y Martín 



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FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


García; descendió a tierra, tomando posesión de ella en 
nombre de la corona de Castilla, y recibió la muerte de 
los indios charrúas, dueños del suelo. En abril de 1527, la 
expedición de Sebastián Gaboto hizo allí su apostadero y 
dejó una guardia. Á principios de 1535, Pedro de Mendoza, 
primer fundador de Buenos Aires, mantuvo sus naves al 
amparo de la isla, donde su hermano Diego le esperó va¬ 
rios meses; y en noviembre de 1573 el adelantado Juan 
Ortiz de Zárate construyó un fortín y viviendas para sus 
hombres en el territorio costanero, sosteniendo con los 
nativos el combate que se conoce con el nombre de San 
Gabriel. 

Hacia los años 1617, el gobernador Hernando Arias de 
Saavedra hizo conducir a la ribera, frente a las islas, una 
tropa de ganado procedente de su estancia de Santa Fe. 
Dicha tropa, que fué llevada a su destino por el capitán 
Francisco, de Salas y su yerno Gonzalo de Caravajal, era 
la segunda que Hernandarias enviaba a la región oriental, 
habiendo introducido la primera seis años antes en las 
islas situadas en la confluencia de los ríos Uruguay y 
Negro. 

El prefacio histórico de la zona de San Gabriel, islas 
y tierra firme, aparece, pues, constituido desde el pri¬ 
mer cuarto del siglo XVI al mismo período del XVII 
por varios acontecimientos definitivos en los orígenes de 
la sociedad rioplatense: la toma de posesión del estuario 
y de su territorio oriental por su descubridor, seguida 
de la muerte de éste; su importancia como base de con¬ 
quista y colonización; la defensa armada de los primiti¬ 
vos habitantes, y la introducción del ganado vacuno que 
había de convertirse en la fuente principal de la riqueza 
pública en el Uruguay. 

La posición estratégica de San Gabriel como punto 
avanzado de defensa de Buenos Aires llevó al precitado 
gobernador Hernandarias a visitar las islas para infor¬ 
marse personalmente de sus disposiciones. Llegó a ellas el 
8 de marzo de 1616, acompañado de cincuenta hombres, y 
en junio del mismo año sometió al rey don Felipe III el 
proyecto de erigir una atalaya. No hay constancia de 




HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


11 


que la proposición recibiera favorable, acogida; pero cum¬ 
ple consignar la visión dél procónsul ya que su ejecución 
hubiera cambiado el curso de los considerables aconte¬ 
cimientos posteriores. No puede haber duda, en efecto, 
que una fortificación militar habría asentado el dominio 
castellano y permitido poblarse, a su amparo, las tierras 
comarcanas, anulando la factibilidad de una colonización 
extraña. 

Pertenecieron aquéllas desde 1635 a don Manuel de 
Frías Martel, alcalde de Buenos Aires, por cesión del go¬ 
bernador don Pedro Estevan Dávila en nombre del rey 
don Felipe IV; y se extendían desde el arroyo San Juan 
hasta las inmediaciones del punto en que se erigió, cua¬ 
renta y cinco años más tarde, la fortaleza del Sacramento. 
Este antecedente de dominio, realizado de conformidad 
con las leyes de Indias, no fué enunciado como argumento 
por la corona española en sus debates con la portuguesa, 
probablemente por ignorarlo; pero tampoco parece ha¬ 
ber tenido resultados en el sentido de poblarse, pues las 
informaciones de 1678 denuncian la condición de yerma 
del territorio de San Gabriel. 

Entre los años de 1669 y 1671, Alexandre de Souza Freire, 
gobernador general del Brasil, y Joáo de Silva de Souza, 
gobernador de Río de Janeiro, formularon ante el prín¬ 
cipe don Pedro, regente de Portugal, la conveniencia de 
poblar las tierras situadas al sur del Brasil y demarcadas 
hasta el Río de la Plata. En sus informes, ambos magis¬ 
trados aludían a la fertilidad de aquellas comarcas y al 
hecho de que los españoles habían ya fijado colonias 
en zonas que, según la tesis lusitana, pertenecían a esta 
corona. Asesoróse el Consejo Ultramarino acerca del si¬ 
tio más conveniente para dar comienzo a la colonización 
aconsejada; y oído el parecer de navegantes resolvió es¬ 
tablecer una base en la isla de San Gabriel, construyendo 
una fortaleza, y otra en tierra firme, frente a aquélla, 
sobre la breve península donde se extiende hoy la ciudad 
uruguaya de Colonia. 

Determinó esta ubicación un concepto equivocado, con¬ 
secuente a una información infundada o precaria, pues 



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FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


basta observar el mapa de la zona y recordar las conse¬ 
cuencias que produjo la elección del sitio, para advertir 
el error geográfico y militar que inspiró esa decisión. 
Las islas y costa de San Gabriel distan apenas ocho leguas 
de Buenos Aires, y no era concebible la inacción española 
frente a una fortificación adversaria a tal proximidad. A 
la vez, esta desventaja para los ejecutantes de la empresa 
agravábase por el hecho del alejamiento de sus bases de 
Santa Catalina y Río de Janeiro, con las consiguientes 
dificultades de comunicación y auxilios. Tasso Fragoso, 
al referirse a la ubicación escogida, declara «que era evi¬ 
dentemente una tentativa llena de riesgos; quedaría por 
medio una tierra extensa, aun no colonizada y casi des¬ 
conocida, y un trecho de costa desprovisto de abrigos; 
compréndese cuán difíciles serían las comunicaciones y 
cuán fáciles los ataques de los españoles que habitaban 
Buenos Aires. Militarmente considerada la empresa equi¬ 
valía a la instalación de un puesto avanzado, distante 
por demás del grueso de las fuerzas y sólo asociado a él 
mediante ligazones harto inciertas». Resulta claro hoy 
que la acción expansiva lusitana, para llevarse a cabo 
con mayores probabilidades de éxito, debió escoger como 
base la isla y tierra firme de Maldonado, pues las cin¬ 
cuenta leguas que las separan de Buenos Aires eran en 
la época de los buques de vela una distancia apreciable, 
y su situación más alejada de las concentraciones espa¬ 
ñolas hubiera dificultado las expediciones de desalojo 
que no hallaron obstáculo contra Colonia del Sacramento. 
Por otra parte, se habrían podido organizar comunicacio¬ 
nes con el sud del Brasil por la vía terrestre paralela al 
Atlántico; y tan notoria aparecía la emergencia de una 
colonización enemiga en Maldonado, que sorprende el 
número de menciones documentales al respecto, emanado 
de fuentes hispánicas. Ya en 1594 don Felipe II había su¬ 
gerido al gobernador de Buenos Aires, don Fernando de 
Zárate, la conveniencia de poblar la isla de aquel nombre, 
hoy Gorriti; y debe destacarse la frase de la cédula que 
expresa «poblar un pueblo en esas provincias a la banda 
del Brasil». ¿Había una idea de previsión política y mili- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 13. 

tar en esa disposición del hombre de Estado? Seis años 
más tarde, un sucesor de Zárate, don Diego Valdés de 
la Banda, concibió el proyecto de hacer converger las 
exportaciones del Pacífico hacia Buenos Aires por vía 
de Tucumán; transportarlas desde aquel puerto a la isla 
de Maldonado en embarcaciones pequeñas, y expedirlas 
de allí a la metrópoli en. galeones transatlánticos; al efecto, 
propuso fortificar la isla y fundar una ciudad en la tie¬ 
rra firme, frente a aquélla. El gobernador elevó su carta 
al rey Felipe III, en el año 1600. Pocos meses después, 
un prelado eminente, fray Juan de Espinosa, obispo de 
Santiago de Chile, expresaba al monarca «cuán impor¬ 
tante sería fundar un pueblo con un fuerte en la isla 
de Maldonado». A su vez, don José Martínez de Salazar, 
que gobernó en 1673 las provincias del Plata, trasmitió 
a su soberano las denuncias concretas que había recibi¬ 
do respecto del plan madurado por el gobernador de 
Río de Janeiro, Joáo de Silva de Souza, «de poblar la isla 
de Maldonado y tierra firme, a la boca y entrada del Río 
de la Plata, distante como cincuenta leguas de Buenos 
Aires», añadiendo toda la gravedad que acordaba al pro¬ 
yecto; y podemos dar hoy entero crédito a las afirma¬ 
ciones de Salazar dado que se hallan demostradas en 
las instrucciones que el príncipe regente de PoHugal ex-- 
tendió a Manuel Lobo, fundándolas precisamente en las 
informaciones del nombrado Silva de Souza, con la única 
variante de ser San Gabriel y no Maldonado el punto 
escogido, error que bastó para comprometer definitiva¬ 
mente toda la empresa colonizadora. Producida ésta, to¬ 
có a fray Antonio de Azcona, obispo de Buenos Aires, 
dirigirse a don Carlos II señalándole entre las conse¬ 
cuencias del avance portugués «el hacerse señor del río 
y dar a su arbitrio entrada en él a las embarcaciones 
de otra nación, como lo conseguirá si puebla, como se 
dice lo intenta, la isla Maldonado, que está a la boca del 
dicho río»- Y a su vez, el P. Diego Altamirano, procu¬ 
rador general de la Compañía de Jesús, en el extenso 
informe que produjo sobre el asunto en 1684, sugiere 
como medio de anular la influencia lusitana en el es- 



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FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


tuario, «hacer una ciudad en la isla de Maldonado, que 
está junto a la boca del río, con buen puerto y ganado 
vacuno, tierras de pan llevar y muy fácil de fortalecer». 

Todas las opiniones coinciden, pues, en atribuir a 
Maldonado una situación estratégica insustituible en los 
proyectos de posesión del Plata; y como se verá en las 
instrucciones impartidas a Lobo, hubo por parte de los 
directores responsables de la política exterior portugue¬ 
sa un propósito de estudio previo acerca del sitio más 
conveniente para fundar la colonia proyectada. Con este 
objeto fué designado el teniente general Jorge Soares 
de Macedo para que se trasladase al estuario e informase 
a aquel respecto; pero esa misión fracasó en sus comien¬ 
zos y las instrucciones de 1678 dejaron sin efecto su 
prosecución. O los ministros del príncipe don Pedro ig¬ 
noraban la geografía del gran río, o los navegantes con¬ 
sultados no tenían idea de la resolución de los españoles 
de Buenos Aires ni de la situación insostenible de una 
ciudad adversaria ubicada en sus inmediaciones. Esa in- 
sostenibilidad de Colonia fué reconocida cien años des¬ 
pués, cuando cupo al marqués de Pombal decidir de la 
suerte de la plaza; y no temió el estadista portugués re¬ 
solver su abandono definitivo, como podrá verse en sus 
instrucciones al respecto. Si Pombal hubiese gobernado 
un siglo antes, la historia del Río de la Plata se habría 
orientado seguramente por otros derroteros. 

n 

Don Manuel Lobo fué propuesto en 1677 por el Consejo 
Ultramarino al príncipe don Pedro para titular de la go¬ 
bernación de Río de Janeiro, pero su designación sólo 
tuvo efecto al año siguiente, y la carta patente respec¬ 
tiva le fué expedida en Lisboa el 8 de octubre de 1678. 
De acuerdo con la costumbre, el nombramiento se hizo 
por tres años, sin perjuicio de confirmaciones sucesivas. 
Y difícilmente pudo el regente escoger un hombre que 
superase al designado en temple varonil, honrosos ante¬ 
cedentes y capacidad para el mando. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 15 

No procedía el maestre de campo don Manuel Lobo 
de los cuadros de funcionarios coloniales: era un vete¬ 
rano de la guerra de la independencia portuguesa; había 
servido en el ejército durante veintiséis años y guerrea¬ 
do como soldado y luego como oficial y jefe de caba¬ 
llería; su hoja de servicios presenta la línea de sus as¬ 
censos y los episodios militares en que se destacó por 
su pericia y por su arrojo. Tomó parte en la campaña de 
Algarves, en la expedición de socorro a Olivenza y en la 
reconquista de la plaza de Moura; en el sitio de Badajoz 
rindió el fuerte de San Miguel al frente de sesenta hom¬ 
bres, y se distinguió en la batalla de Elvas; en 1660 le 
cupo rechazar las fuerzas de don Juan de Austria en 
Campo Mayor; de 1661 a 1663 asistió a los encuentros de 
Degebe de Amestia y a la reconquista de Evora; al año 
siguiente formó parte de los atacantes de Valencia de 
Alcántara y se batió en Montes Claros, haciendo prisio¬ 
nero a un general enemigo; en 1665 acompañó al conde 
Schomberg, organizando la caballería en Badajoz y Ta- 
lavera y derrotando en diciembre de aqüel año a una 
tropa de mil quinientos infantes; en 1666 tomó un convoy 
que marchaba en auxilio de la villa de Alburquerque; 
y en 1668 llevó a cabo una incursión armada hacia Mon- 
tijo. Al fin de las hostilidades desempeñaba el puesto 
de comisario general de caballería en el ejército a órde¬ 
nes de Dinis de Mello de Castro; y hecha la paz recibió 
el ascenso a maestre de campo, con guarnición en la 
plaza de Campo Mayor. 

Allí se hallaba al efectuarse su nombramiento de go¬ 
bernador de la capitanía de Río de Janeiro; y resulta 
evidente que existiendo en la corte portuguesa el formal 
propósito de una expedición fundacional hasta los fren¬ 
tes coloniales españoles, influyeron en la designación del 
jefe que debía conducirla su calidad de hombre de 
guerra y sus antecedentes de tenaz combatiente contra 
España. Las instrucciones que le fueron extendidas in¬ 
sistían en los elementos armados que debían acumularse 
en la ciudadela al fundarse, y todo induce a creer que 
los estadistas lusitanos previeron que la Nova Colonia do 



16 


FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


Sacramento iba a ser objeto de disputas sangrientas des¬ 
de su génesis. 

Aquellas instrucciones, fechadas en Lisboa el 18 de 
noviembre de 1678, constituyen un extenso documento 
dividido en treinta y seis capítulos. Su examen confirma 
la creencia de que la misión casi exclusiva del gobernador 
de Río de Janeiro debía consistir en la fundación de una 
colonia fortificada en San Gabriel: «trataréis de apre¬ 
surar cuanto os fuere posible el pasar a aquel sitio con 
todo lo que pudiéreis de lo más esencial para la forti¬ 
ficación y población». A fin de obtener una cooperación 
eficaz en los centros del sud del Brasil, diéronse a Lobo 
cartas para los cabildos, así como para los abades de 
los conventos de Río, que debían delegar sacerdotes que 
acompañasen a la expedición. Tres oficiales superiores 
recibieron orden de incorporarse: el teniente general Jor¬ 
ge Soares de Macedo, el teniente de maestre de campo 
Joáo Tavares Roldán, y el ingeniero Antonio Correa 
Pinto, encargado de delinear las fortificaciones; y para 
desempeñar las funciones de oidor general nombróse al 
doctor Francisco de Silveira Sotomayor, quedando el go¬ 
bernador autorizado para designar un escribano y un te¬ 
sorero. Respecto de las fuerzas armadas las instrucciones 
sólo fijan el número de los soldados de infantería, ciento 
cincuenta, que debían dividirse en dos compañías; pero 
con . la obligación de llevar igualmente una tropa de ca¬ 
ballería con su correspondiente dotación de oficiales, y 
las piezas de artillería que Lobo juzgase necesarias para 
la fortaleza de la isla y la de tierra firme. Abríansele 
créditos considerables para los gastos y se le acordaban 
poderes dictatoriales en lo militar y en lo civil. La even¬ 
tualidad de la muerte estaba prevista y los sustitutos 
designados de antemano «para que por esta forma no se 
deje nunca de lograr el efecto de esta jornada». 

Las bases de una política humana y hábil con los in¬ 
dios se hallan claramente establecidas: debía el gober¬ 
nador esforzarse en atraerlos a la fe de Cristo y mantener 
con ellos relaciones de sincera cordialidad, formalizando 
el vasallaje voluntario mediante pactes y escrituras, y 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 17 

acordándoles «los privilegios y excepciones de los que 
son mis vasallos, conforme a las leyes del reino, conser¬ 
vándolos en paz y dándoles toda la ayuda y favor que 
fuere posible para librarlos de las violencias de sus ene¬ 
migos y de las vejaciones que les hicieren los blancos». 
Los nativos no estarían obligados a trabajar bajo las 
órdenes de los portugueses, sino en el caso de que se 
prestaran espontáneamente a ello y mediante legítimas 
retribuciones; y se les incorporaría a los poblados en pro¬ 
yecto a razón de doscientas familias por cada ciudad. Era 
ésta otra proyección de la misión de Lobo, pues una 
vez realizado el objetivo de San Gabriel debía consa¬ 
grarse a una vasta obra de colonización, tierras adentro, 
demarcando los límites con mojones que ostentasen las 
armas de Portugal. 

Las instrucciones de 1678 constituyen un documento 
fundamental en la historia colonial de América: definen 
una política, revelan una mentalidad y establecen pro¬ 
cedimientos de expansión y radicación permanentes que, 
a haberse llevado a cabo con éxito, habrían aportado 
modificaciones profundas desde la estructura política 
hasta el idioma de comarcas vastísimas. Su ejecución es¬ 
taba destinada a producir un choque inevitable entre 
dos ambiciones, pues los propósitos de extensión de los 
dominios portugueses debían hallar iguales propósitos de 
resistencia activa por parte de los españoles. No bastaba 
a ambos la posesión de dilatadas tierras, inexploradas y 
vírgenes; habían menester de disputarse fronteras teóri¬ 
cas y territorios desiertos. Todo el gentío aventurero y 
valeroso que cruzó el Atlántico durante cientos de años 
resultó insuficiente para poblar la inmensidad de un con¬ 
tinente a medio conquistar. La política razonable, lógica, 
realizadora y fecunda hubiera consistido en la celebra¬ 
ción de pactos entre las dos potencias peninsulares, que 
excluyeran • la guerra por motivos coloniales, delimitaran 
las respectivas zonas de dominio e influencia, y permi¬ 
tieran consagrar tocios los recursos — hombres y ele¬ 
mentos que se malograban en contiendas blancas — a 
la obra de civilización y extracción de riquezas que mo- 



18 


FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


vía el esfuerzo y acrecía el empuje de ambos -pueblos. 
Se dirá que aquellos tratados existieron y se renovaron 
durante tres siglos, desde la bula arbitral de Alejandro 
VI hasta el término del coloniaje; pero aparte de que 
jamás excluyeron la violencia como medio de dirimir 
diferencias de ultramar, sólo sirvieron para acentuar las 
reservas mentales que inspiraban a sus negociado res ^pre¬ 
dominaron las interpretaciones opuestas sobre las cláu¬ 
sulas escritas; se violaron sus disposiciones apenas efec¬ 
tuados los canjes de ratificaciones, y sobre toda noción de 
partazgo inteligente y práctico sobrepúsose la pasión agre¬ 
siva, combativa y heroica que proyectaba aún la Edad 
Media sobre el alma de la conquista. Esta no hubiera 
podido realizarse sin la presión de aquel espíritu; y las 
leyes históricas se cumplieron a despecho de las suges¬ 
tiones de la razón, siempre impotentes para orientar el 
curso de los acontecimientos humanos. 

La toma de posesión del gobierno de Río de Janeiro 
por don Manuel Lobo fué inmediatamente seguida de 
los preparativos de la expedición que constituía el mo¬ 
tivo esencial de su viaje. Comenzada en aquella ciudad, 
continuóse en Santos durante la primavera de 1679, vién¬ 
dose obligado el gobernador a modificar algunos detalles 
de las instrucciones recibidas. No hay constancia, en efec¬ 
to, de la incorporación efectiva de algunos funcionarios 
nombrados en aquéllas; y en cuanto al general Soares 
de Macedo, quedó en Santa Catalina preparando una 
expedición de refuerzo cuyo destino infortunado se relata 
más adelante. La organización de la empresa de Lobo se 
llevó a cabo bajo la dirección personal del mismo, y re¬ 
quirió la disposición y ajuste de las naves de transporte, 
tropas de choque, esclavos de servicio, vituallas y bas¬ 
timentos de guerra. Al hacerse a la vela en el puerto de 
Santos las fuerzas armadas se componían de tres com¬ 
pañías de infantería mandadas por los capitanes Joño 
Lopes de Silveira, Manoel de Aguila Elgueta y Simáo 
Farto Brito; un escuadrón de caballos corazas a cargo del 
capitán Manoel Galváo, y una dotación de artillería di¬ 
rigida por Antonio Veho o Velho y f ormada por dieciocho 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


19 


piezas de artillería, once de hierro y siete de bronce, de 
calibres dos a veintidós; seis pedreros y dos medios ca¬ 
ñones; y una provisión considerable de elementos de fortifi¬ 
cación y pertrechos bélicos, entre los cuales había más 
de un. centenar de barriles de pólvora, alrededor de tres 
mil proyectiles de hierro colado, mechas y cartuchos; un 
cargamento de vituallas, principalmente sacos de harina y 
mandioca, y tirantería de madera dura, lista para armar 
techumbres. Iban tres religiosos: los padres Manoel Po¬ 
deroso, superior de la Compañía de Jesús; Manoel Al¬ 
vares, de la misma Orden, y Antonio Duráo da Motta, 
capellán de las tropas que sirvió de secretario al gober¬ 
nador; sesenta negros, de los cuales cuarenta y ocho eran 
esclavos de Lobo, y algunos indios. Solamente ocho mu¬ 
jeres efectuaron el viaje, lo que induce a reducir a ese 
número los matrimonios pobladores, pues los que apare¬ 
cieron posteriormente eran núcleos indígenas que se in¬ 
corporaron al establecimiento militar. 

Hacia la tercera semana de enero de 1680 ancló en 
San Gabriel la flota del maestre de campo, compuesta 
de dos navios de alto bordo, dos sumacas, tres lanchones 
y una piragua grande, sin que la investigación haya pro¬ 
ducido aún el documento que concrete la fecha exacta del 
arribo ni el día en que se iniciaron los trabajos de forti¬ 
ficación y construcción de viviendas. El 26 de enero, al 
mediodía, salvas de artillería saludaron un acontecimiento 
no revelado por la crónica, pero que podía ser coinci¬ 
dente con algún acto clecisivo del proceso fundacional, 
'pues tres semanas más tarde, los espías de Buenos Aires, 
al acecho del campamento portugués, verificaron que ha¬ 
bía ya ranchos de tierra y paja construidos dentro de un 
cuadrilátero de estacadas rodeado de un foso. La vida sur¬ 
gía en la breve península platense, amparada de la fuerza 
y bajo el atisbo inquieto de la indiada, cuyos abuelos 
habían vencido a Ortiz de Zárate un siglo antes, sobre 
las mismas barrancas; la atalaya lusitana se alzaba como 
un jalón de audacia en la ribera del estuario hasta enton¬ 
ces español; y Lobo el Fundador la bautizó con el nombre 
de NOVA COLONIA DO SACRAMENTO, proyectando dar 



20 


FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


el de LUSITANIA a la ciudad que esperaba erigir, lleno de 
fe en su empresa, sin reparar en las nubes que se acu¬ 
mulaban al poniente. (1) 

Una muestra de aquella fe dióla al reexpedir a los 
puertos del Brasil, con excepción de un patache, las na¬ 
ves que habían conducido su expedición; quedó aislado 
como Cortés después de querpar sus barcos; y el 12 de 
marzo, al despachar el último, le confió una extensa car¬ 
ta destinada al regente de Portugal, en la cual le infor¬ 
maba de todo lo acaecido desde su partida de Río y del 
comienzo de la ciudadela, cuyo plano añadía. Estas re¬ 
ferencias se hallan en la respuesta que dió a la comiyii- 
cación el príncipe don Pedro, pues la de Lobo no ha sido 
hallada. Al escribirla ya se había producido el primer 
cambio de notas entre Buenos Aires y Colonia, revelador 
de una oposición que tornaba la guerra inevitable. 


III 


V Los proyectos de expansión portuguesa hacia el Plata 
no habían pasado inadvertidos en Madrid ni en Buenos 
Aires desde el año anterior a su ejecución. En agosto de 
1679 el embajador de España en Lisboa, abad de Mase- 
rati, trasmitió al Consejo de Indias la copia de la recla¬ 
mación presentada al gobierno portugués solicitando que 
se dieran órdenes para impedir el avance colonizador; y 
en octubre del mismo año el gobernador del Paraguay, 
don Felipe Rexe Gorbalán, informó a su colega Garro 
respecto de los preparativos «de población en Montevideo 
o en otro puesto más hacia acá dentro de la tierra», se¬ 
ñalando a don Rodrigo de Castello Branco y al teniente 


(1) La denominación originaria de Colonia es poco conocida, habiéndose 
divulgado equivocaciones al respecto. Los dos primeros historiadores ae a 
fortaleza. Ferreira da Silva y Pereira de Sá, se refieren en sus obras de 
la primera mitad del siglo XVIII a la Nova Colonia do Sacramento, cuyo 
nombre les sirve de título: las estampas v planos de fuente portuguesa 
y de la misma o precedente época reiteran aquella denominación, abre¬ 
viándola, Lobo dató sus comunicaciones a Buenos Aires en la ciudadela del 
Sacramento, si no hay error en la traducción efectuada por Tomas Gayoso. 
escribano de la gobernación del Río de la Plata en 1680- Consta que e 
mismo día de su victoria, el maestre de campo Antonio de vera 
Muxica cambió el nombre, llamándole Fuerte del Rosario, que no 
perduró. Los españoles siguieron usando el de San Gabriel hasta que 
se habituaron al de Colonia del Sacramento; y el auto virreinal que 
la erigió en villa en 1809 la intitula del Santísimo Sacramento. La mención 
de una futura Lusitania pertenece a Río Branco en sus Epnemerides. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


21 


general Jorge Soares de Macedo como conductores de la 
expedición. A su vez, los PP. Cristóbal Altamirano, su¬ 
perior de las Misiones, y Diego Altamirano, procurador 
provincial, confirmaron las noticias, lo que motivó una 
remisión de armamento a los indios de las doctrinas de 
Paraná y Uruguay y el despacho de barcos que efec¬ 
tuaron pesquisas desde San Gabriel hasta Maldonado. 
Hasta el 22 de enero no se advirtió la presencia de la flota 
lusitana, pero al serle confirmada con detalles pocos días 
después, no quedó en el ánimo del gobernador de Buenos 
Aires duda alguna de que una importante expedición ha¬ 
bía tomado tierra en la margen oriental del río, estable¬ 
cido una colonia militar y aplicádose a la tarea de cons¬ 
truir fortificaciones y viviendas. Datos inmediatamente 
posteriores, obtenidos por espías que lograron aproxi¬ 
marse al campamento de Lobo, concretaron noticias sobre 
el número de las fuerzas, sus intenciones de radicación 
definitiva y dimensiones de la fortaleza en fábrica. 

El maestre de campo don José de Garro y Astola, go¬ 
bernador del Río de la Plata, caballero del hábito de. 
Santiago, que iba a desempeñar un papel preponderante 
en aquellos sucesos históricos, pertenecía por su origen 
y carácter a aquella raza de resueltos vascos que dejó 
huella imperecedera en el descubrimiento, la conquista y 
la colonización de Indias; vástago de un linaje ilustre 
establecido en Salinas de Léniz desde el siglo XV, don 
José de Garro había sido bautizado en Mondragón el 23 
de enero de 1623, y era hijo de don Domingo López de 
Garro y doña María Asencio de Astola; ocupó entre otros 
puestos distinguidos en la carrera militar el de sargento 
mayor del regimiento^ de la guardia real; gobernador de 
Tucumán y Buenos Aires, fué víctima de una notoria in¬ 
justicia al negociarse el Tratado Provisional de 1681, co¬ 
mo se establecerá en su lugar, y trasladado a Chile. De¬ 
bía morir a los ochenta años de edad, cubierto de gloria, 
en el ejercicio de la capitanía general de Guipúzcoa, su 
provincia natal. 

Su actitud ante la gravedad de las informaciones pro¬ 
cedentes de San Gabriel fué decidida y serena, y después 



22 FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 

de coordinar opiniones con las demás autoridades civiles 
y militares de Buenos Aires, se dirigió por escrito a don 
Manuel Lobo conminándole a evacuar el territorio ocu¬ 
pado por pertenecer a la corona de Castilla. La carta fué 
expedida el 9 de febrero, y al día siguiente respondió el 
maestre de campo oponiendo el derecho de su monarca 
a la ocupación de aquellas tierras y declarando «que no 
volvería pie atrás». Esta firmeza estaba prevista, pues 
sin esperar su enunciación ya Garro había impartido ins¬ 
trucciones a Santa Fe, Corrientes, Paraná y Tucumán so¬ 
licitando el envío de fuerzas. Don Alonso de Herrera y 
Velasco, gobernador de Santa Fe, debía cooperar con 
cincuenta hombres y trescientos caballos; el maestre de 
campo Juan Arias de Saavedra, de Corrientes, con ochen¬ 
ta soldados; don Juan Diez de Andino, gobernador de 
Tucumán, con trescientos, y el P. Altamirano, superior 
de los jesuítas, con tres mil indios de sus reducciones. Una 
junta de guerra celebrada el día 13 determinó las mo¬ 
dalidades iniciales de la acción armada. La concentración 
de los efectivos debía operarse en Santo Domingo Soriano 
bajo la dirección del maestre de campo Antonio de Vera 
Muxica, 

Entre tanto, la nueva de la empresa de San Gabriel se di¬ 
fundía por todos los centros de las posesiones españolas 
y un movimiento general de cooperación al desalojo no 
tardó en pronunciarse. El virrey del Perú, don Melchor 
de Liñán y Cisneros, prevenido por chasques animosos 
que salvaron la enorme distancia de Buenos Aires a Lima,, 
anunció la remisión de trescientos arcabuces y mosquetes, 
cincuenta botijas de pólvora y otros pertrechos; y dispuso 
que la audiencia de la Plata y los oficiales reales de Po¬ 
tosí enviasen $ 24.000 para los gastos militares. La go¬ 
bernación del Paraguay fué asimismo advertida de los 
acontecimientos. 

Por sospecha o por información debió don Manuel Lo¬ 
bo prevenirse de estas disposiciones hostiles, y resolvió 
tentar una maniobra ante su adversario. Sirvióle de pre¬ 
texto la carencia de muchos elementos de necesidad co¬ 
tidiana para la población; y escribió a Garro una carta 



23 


HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 

que fechó el 23 de febrero en su nave capitana, propo¬ 
niéndole la compra de bastimentos. Confió la remisión a 
su segundo, el capitán Manoel Galváo, quien partió en 
un patache el mismo díá acompañado de los oficiales Fe¬ 
liciano da Silva y Antonio Fernández Poderoso. Una su¬ 
gestión política indujo al jefe portugués a completar la 
misión con el P. Manoel Poderoso, superior de los je¬ 
suítas; y la presencia de este prelado, perfectamente inú¬ 
til en la-gestión de adquirir vituallas, evidencia el pro¬ 
pósito de Lobo de presionar moralmente el ánimo de 
los dirigentes contrarios. El patache ancló el 24 de febrero 
frente a la capital; acercóse su lancha a tierra al día si¬ 
guiente,' en medio a la espectativa general, siendo sus 
ocupantes recibidos por el sargento mayor Juan Cebrián 
de Velasco, delegado del gobernador, quien cumplió la 
orden dé acompañar a su presencia al visitante de mayor 
categoría, sin permitir que comunicase con nadie, y obli¬ 
gar a la lancha a alejarse de la costa con los demás. 
Dióse a conocer el capitán Galváo, y conducido a la sede 
de Garro, entrególe el pliego de que era portador; leyó 
aquél su contenido, dictó de inmediato la respuesta, y 
reconduciendo al oficial cortésmente hasta la puerta, dis¬ 
puso que fuese acompañado en su carroza hasta el puerto 
la misma forma que se le había traído. Así retornó 
lyáo a su embarcación, que se hizo a la vela sin re¬ 
do, llevando a la Nova Colonia la nueva de su fracaso. 
Doble fracasó, puede afirmarse, pues el pedido de Lo- 
de adquirir elementos quedó tan sin efecto como su 
seo de informaciones. Garro se refiere en su respuesta 
pretexto invocado por su adversario y le reitera la 
iminación de desalojo; «previniéndole los daños que le 
edan pasar, que dudo habrá V. S. meditado... En la 
ya me pide socorros de bastimentos, de que se deja 
; nieturar mé quiere hacer cómplice de su intento de 
m antenerse ahí . le aseguro es muy vaga su pretensión 
* los bastimentos», No debía el procónsul portugués darse 
>r vencido en el terreno de las negociaciones, como ve¬ 
rnos más adelante. • 



24 FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 

Proseguíanse entre tanto con actividad los preparati¬ 
vos de acción militar, y el gobernador español extendió 
sus instrucciones al jefe de la expedición, formulando en 
ellas, al mismo tiempo que un plan de iniciación de la 
campaña, indicaciones políticas tendientes a obtener de 
los invasores una evacuación del territorio sin derrama¬ 
miento de sangre, mediante un despliegue de fuerzas su¬ 
periores a la vista de la ciudadela; sugirió la conveniencia 
de atraer a los charrúas a la causa del rey; confirmó la 
orden de concentración en la desembocadura del río Ne¬ 
gro, desde cuyo punto las fuerzas debían marchar hacia 
el sud hasta acampar a cuatro leguas de Colonia y pro¬ 
ceder a un asedio riguroso. El documento se inicia con 
expresiones propias del espíritu religioso de la época, ex¬ 
presando su firme esperanza en el apoyo de la Providencia. 

IV 

En sus instrucciones a Lobo, la regencia portuguesa 
había dispuesto que la expedición colonizadora condujera 
en calidad de cooperador técnico a un personaje que ha 
sido omitido por los cronistas de Colonia: el teniente ge¬ 
neral Jorge Soares de Macedo. El relato d§ su odisea y 
la publicación de los documentos que le conciernen se 
encargarán de llenar aquel lamentable vacío. 

Nacido en la ciudad de Obidos, en Portugal, hacia 1634, 
la personalidad colonial de Soares de Macedo empezó a 
destacarse con motivo de su designación para el comando 
de las fuerzas que debían acompañar a su primo hermano, 
don Rodrigo de Castello Branco, en los viajes y gestiones 
de éste como administrador general de las minas del Bra¬ 
sil. Los nombres de ambos altos funcionarios fueron pro¬ 
nunciados en 1678 en las Misiones guaraníticas al atri¬ 
buirles propósitos de conquista de aquel territorio; la 
tentativa no llegó a efectuarse, pero Soares de Macedo 
recibió en aquel mismo año, o muy poco antes, instruc¬ 
ciones del príncipe don Pedro para que llevase a cabo 
una misión de estudio en el Río de la Plata. No hay 
constancia de que el general lograse cumplirla, y las pri- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


25 


meras menciones de su carta al soberano parecen desti¬ 
nadas a justificar su falta de realización. Posteriormente 
nuevas instrucciones le ordenaron reunirse a la empresa 
del gobernador de Río de Janeiro, y los textos que le 
conciernen permiten seguirle en-las marchas y episodios 
que le acaecieron y que dan a su figura caracteres casi 
novelescos, a la vez que completan aspectos interesantes 
de la fundación de Colonia. 

En lugar de llevarle consigo, juzgó Lobo más eficaz 
que su colaborador fuese primeramente a la isla de Santa 
Catalina y se proveyese allí de elementos complemen¬ 
tarios para la colonización, constituyendo una expedición 
de refuerzo que debía incorporársele en el Plata. Cum¬ 
plió estas órdenes el general, y después de reunir víveres 
y materiales de construcción, partió de la gran isla el 13 
de febrero y llegó una semana después a las proximi¬ 
dades de Maldonado, siendo recibido por un recio tem¬ 
poral que arrastró su sumaca hacia el cabo de Santa María, 
en cuyas rocas naufragó en la madrugada del 24 de aquel 
mes. Salváronse por milagro militares y tripulantes, al¬ 
gunos de ellos asidos a tablas, y perdieron en el lance 
todos sus bienes; recogidos luego por una embarcación 
que precedía a la sumaca en su viaje, dejáronla un día 
después por el peligro de zozobrar nuevamente, y prosi¬ 
guieron su ruta por tierra, hasta que al llegar a las pro¬ 
ximidades del lugar de Montevideo, frente a la isla de 
Flores, fueron detenidos por un grupo considerable de 
indios que seguía a dos religiosos jesuítas, los PP. Domingo 
Rodiles y Jerónimo Delfín, a quienes trató el jefe por¬ 
tugués de convencer que no le privasen de su libertad, 
o mismo que a sus subordinados. Sus argumentos y pro- 
estas fueron completamente inútiles, con tanto mayor 
i-iotivo cuanto que precisamente ambos jesuítas y su tro¬ 
pa de indios cumplían una misión de información y des¬ 
cubierta, hostil a la ocupación lusitana, en virtud de las 
órdenes recibidas de su superior, el P. Cristóbal Altami- 
ano. Procedían, en efecto, de la reducción de Yapeyú, y 
tllí retomó la expedición conduciendo a los prisioneros. 

, informado Altamirano del suceso apresuróse a comuni- 



26 


FUNDACION DE LA CIUDADELA DEL SACRAMENTO 


cario al gobernador Garro, revelando en su carta el obje¬ 
tivo «de espía» que había llevado la excursión hacia las 
costas del sur; nombraba a sus conductores religiosos, y 
aprovechaba la presa para puntualizar la fidelidad de la 
Compañía a la corona española. Estas declaraciones anulan 
la formulada dos años y medio después por el maestre 
de campo Antonio de Vera Muxica, quien pretendió ne¬ 
gar la intervención de los padres en la prisión de Soares 
de Macedo. 

Ordenóse desde Buenos Aires la conducción de los pri¬ 
sioneros a esa capital, a donde llegaron el 24 de mayo 
bajo la custodia del religioso jesuíta Pedro Jiménez y de 
indios armados. El acta respectiva informa que, además 
del teniente general, ingresaron en las prisiones el P. Lo¬ 
renzo de la Trinidad, capellán de aquél, varios soldados, 
y un grupo de indios y negros. Los autos que se siguieron 
contienen las declaraciones de los citados. Deponiendo 
dignamente ante Garro, Soares de Macedo relató su viaje, 
realizado de conformidad a las órdenes de su príncipe 
y del gobernador de Río de Janeiro; detalló el naufragio 
y la conducción forzada a Yapeyú; y preguntado acerca 
de su precedente expedición, confirmóla, aludiendo a 
su fracaso por causa de temporales que le obligaron a 
refugiarse en Santa Catalina. 

A pesar de la relativa incomunicación de la Nova Co¬ 
lonia, llegó a oídos de Lobo la nueva del naufragio de 
su lugarteniente, y presumiendo que se hallaría en mar¬ 
cha a pie hacia la fortaleza, envió un patache a explorar 
la costa y una partida de caballería a recorrer la campaña. 
La última recogió informaciones sobre la odisea de los 
viajeros, resolviendo entonces el gobernador portugués 
dirigirse por escrito al de Buenos Aires reclamando la 
entrega de los prisioneros, «para que tengamos entendido 
si estamos en guerra o en paz, porque cuando de esa 
parte no se tenga tomada resolución de rompimiento, es¬ 
pero que V. E. me mande restituir el dicho teniente gene¬ 
ral con los demás prisioneros». La carta está fechada el 
2 de julio en la «Ciudadela de Sacramento». 



HISTORIA DE. COLONIA DEL SACRAMENTO 


27 


No era difícil prever la respuesta negativa de Garro, 
justificada por la situación creada. «Yo rompo la guerra 
cuando me defiendo, — dice la nota — y esta es la res¬ 
puesta que puedo dar a V. S., que reproduzco las demás 
protestas y requerimientos que le tengo hechos». 

La permanencia de Soares de Macedo en Buenos Ai¬ 
res se prolongó hasta después de la caída de Colonia, des¬ 
terrándosele luego a Chile en unión de don Francisco 
Naper de Lencastre y del capitán Simáo Farto, dos so¬ 
brevivientes de la derrota; en aquella lejana tierra quedó 
el jefe lusitano con sus compañeros de infortunio hasta 
el 1 de mayo de 1682, en cuya fecha, y en virtud del 
Tratado Provisional de paz, se le permitió llegar a Cór¬ 
doba del Tucumán y después a la capital de la goberna¬ 
ción, adonde llegó a tiempo para asistir en sus últimos días 
y cerrar los ojos a su superior y amigo don Manuel Lobo... 
Sábese que marchó más tarde a Lima. Las crónicas colo¬ 
niales del Brasil consignan su nombre como gobernador 
de la fortaleza y villa de Santos en los primeros años del 
siglo XVIII. 



CAPITULO SEGUNDO 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 

El ejército hispanoguaraní frenle a San Gabriel. — La diplo¬ 
macia y la guerra; triple gestión del gobernador Lobo. — El 
maestre de campo Antonio de Vera Muxica: sus oficiales y detalle 
de sus fuerzas. — Los guaraníes en el asedio; carencia de moral 
militar y connivencia con la plaza. — Retirada de los sitiadores a 
San Juan, r- El Consejo de Guerra en Buenos Aires y la reso¬ 
lución de ataque. — El asalto del 7 de agosto; sus disposiciones 
tácticas; la marcha nocturna. — Defensa de la guarnición por¬ 
tuguesa; episodios heroicos; Joanna Galváo. — Bajas de los beli¬ 
gerantes. 


i 

T A marcha de los contingentes indígenas que iban a 
■*“* contribuir a las operaciones contra la atalaya lusitana 
del Plata realizóse a lo largo del río Uruguay hasta su 
confluencia con el Negro, donde se efectuó la incorpora¬ 
ción de los destacamentos españoles, convirtiéndose la 
reducción de Santo Domingo Soriano en un vasto cam¬ 
pamento que acumuló hombres y pertrechos durante tres 
meses. Llegaron los indios bajo la dirección efectiva de 
sus caciques y acompañados de varios religiosos de la 
Compañía de Jesús, procediéndose a su organización y 
adiestramiento militares por oficiales familiarizados con 
la lengua guaraní; y requeridos los baqueanos de rigor 
llevóse a cabo la marcha sobre Colonia, a cuya vista 
acampó el ejército el 15 de julio. 

Ha habido siempre una acción paralela de la política 
y la guerra, y aunque aparentemente la acción militar 
acalla las negociaciones, nunca éstas son más activas que 
en las horas que preceden o suceden al choque de las 
armas. Habla la diplomacia hasta el instante de cruzarse 
los aceros, y si espera en silencio el resultado del duelo, 
es para reiniciar el diálogo apenas los brazos combatien- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


29 


tes suspenden momentáneamente el asalto. A los flancos 
o la espalda de la masa armada se libra siempre otra batalla 
silenciosa que neutraliza o acentúa los resultados de la 
acción sangrienta; y es así como la habilidad, la astucia 
o el engaño sacan a veces partido decisivo de un éxito 
parcial; convierten en victoria permanente una ventaja 
transitoria, o anulan un triunfo conseguido con sacrificios 
espantables. 

En la historia de Colonia del Sacramento la política 
desempeñó un papel superior al de las armas, y aunque es 
corriente que el empleo de éstas sólo se ejerce al servicio 
y como instrumento de aquélla, en el caso de la ciudadela 
platense la política supero de tal manera a los resultados 
militares, que obtuvo la anulación de éstos cada vez que 
la lucná pasó del campo de batalla a la mesa de nego¬ 
ciaciones. A pesar del notorio valor de sus soldados, Por¬ 
tugal perdió las guerras del Plata por el alejamiento de 
Coionia de ías bases brasileras; pero supo transíormar sus 
derrotas en victorias en los de Dates üe la paz y la dis¬ 
cusión de los tratados, frente a la debilidad de la diplo¬ 
macia española que amenguaba su superioridad militar 
en la cuenca del estuario. 

La expansión colonial y civilizadora de España y Por¬ 
tugal en indias y su pugna secular por ía posesión de la 
nuera izquierda dei gran no, coincidieron con una supe¬ 
ración de las caiidaues combativas de amoos pueoios. 
De aní que los gooernadores de Dueños Aires, Colonia y 
luego de Montevideo no íuesen meramente burócratas o 
funcionarios: eran, a la vez, magistrados y soldados, colo¬ 
nizadores y diplomáticos. Representantes de dos potencias 
que se disputaban la gestación de un mundo, don José de 
Garro y don Manuel Lobo eran adversarios de talla seme¬ 
jante; y cumple consignar esta verdad demostrada por el 
examen de los acontecimientos de 1680: que siendo ambos 
hombres de armas, agotaron los medios de la discusión 
y la demostración de sus derechos antes de decidir por 
la violencia la supremacía de uno de ellos. Hemos relatado 
la exploración del gobernador de Colonia en el ánimo 
contrario, en el mes de febrero, y su tentativa posterior 



30 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 


de rescate de Soares de Macedo y sus subordinados; ve¬ 
rificamos también las respuestas firmes del gobernador 
de Buenos Aires; pero jni^el^jprimero renunció ante su 
doble fracaso a la posibilidad de detener el ataque ene¬ 
migo mediante la intervención de factores políticos, ni 
el segundo abandonó la esperanza de conseguir la eva¬ 
cuación del territorio gracias a' una demostración inequí¬ 
voca de sus propósitos, antes de ordenar el asalto, como 
lo revelan sus instrucciones a Vera Muxica. Por su parte, 
Lobo estaba resuelto a morir sobre las piedras de su for¬ 
taleza; pero esta decisión no le impidió utilizar el prefacio 
de la batalla para intentar una nueva y triple maniobra 
que le permitiera ganar tiempo. 

Con las fuerzas hispanoguaraníes a la vista, el procón¬ 
sul dictó tres cartas al P. Antonio Duráo da Motta, su 
capellán y secretario: la primera estaba destinada a don 
José de Garro, la segunda al R. Antonio de Azcona, obis¬ 
po de Buenos Aires, y la tercera al Cabildo de la misma 
ciudad. Aludía en las dos primeras a la nueva que acababa 
de recibir relativa a las negociaciones en curso entre el 
príncipe don Pedro y el embajador de España en Lisboa, 
acerca de la posesión del territorio ocupado, y según las 
cuales se confiaría a una comisión de geógrafos la diluci¬ 
dación de los derechos de ambas coronas, añadiendo que 
su regente había expresado «que en ningún caso quería 
cosa que no fuese cosa suya»; proponía esperar el resul¬ 
tado de esas gestiones diplomáticas «y las órdenes de los 
príncipes y con ellas obrar cada uno de nosotros lo que 
le fuere mandado, y si dichos señores rey y príncipe 
ajustaren este negocio en buena conformidad, podrá no 
tener efecto rompiéndose .por esta parte la guerra que 
será imposible no ordenando V. S. a la gente que tiene 
mandada poner en campaña que se contenga en sus lí¬ 
mites». En su comunicación al prelado apelaba al celo 
cristiano del hombre de iglesia para que interpusiera su 
autoridad y su consejo ante los responsables de un derra¬ 
mamiento de sangre; y en -su carta al Cabildo de Buenos 
Aires afirmaba que no había sido jamás su propósito 
hostilizar la ciudad ni sus moradores «y sólo poblar las 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


31 


tierras de la corona de Portugal para que los vasallos de 
ella puedan vivir con más largueza»; reiteraba su convic¬ 
ción respecto de la legitimidad de aquella posesión e in¬ 
cluía un mapa, evidentemente de fuente lusitana, en que 
se demostraba la verdad del aserto. 

Estos documentos fueron conducidos a mediados de 
julio a la capital de la gobernación por el P. Manoel 
Alvares, religioso de la Compañía de Jesús, quien regresó 
a la ciudadela siendo portador de las tres respuestas, unᬠ
nimes en la afirmación de la tesis española y en la con¬ 
minación de desalojo. Garro declaraba terminados los en¬ 
víos de comunicaciones «si V. S. no se resuelve a dejar 
ese sitio y las demás tierras de este dominio, por lo -menos 
estimaré se excuse envío de embarcación, habiéndose de 
ejecutar, por mi parte, la defensa de casa propia, pues 
el príncipe de Portugal no puede expedir licencia para 
poblar tierras dudosas de su corona». El obispo Azcona 
expresaba su imposibilidad de intervenir en contra de los 
derechos reales y aconsejaba a Lobo retirarse a esperar 
en el Brasil la decisión de los árbitros; y el Cabildo se 
atenía a lo resuelto por el gobernador, por lo cual «no 
nos queda qué responder en el estado presente». 

Mientras estas tratativas escritas tenían lugar a través 
del estuario, el maestre de campo Antonio de Vera Mu- 
xica establecía con todo rigor el asedio de la ciudadela. 
Era el nombrado uno de los primeros generales criollos 
que mandaba en jefe un ejército en la cuenca del Plata; 
nacido en Santa Fe de la Veracruz hacia los años de 1620, 
tenía ya sesenta de edad al confiársele aquella responsa¬ 
bilidad; era hijo de Sebastián de Vera Muxica, natural 
de Canarias, que se avecindó en Santa Fe, de cuya ciudad 
fué regidor y alférez real, y de doña Jerónima de Esqui- 
vel, descendiente de los primeros conquistadores de Indias; 
fué alcalde de su ciudad natal en 1649, y alcanzó sus gra¬ 
dos militares en duras campañas contra los indios del 
norte, cuyas costumbres y dialectos conocía a fondo. Su 
victoria sobre Lobo había de llevarle al año siguiente a 
la gobernación de Tucumán, en 1684 a la del Paraguay, 
y 1685 al comando en jefe de las operaciones contra el 



32 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 


Chaco. Vera Muxica se destaca como una de las figuras 
más recias de los anales de la centuria décimaséptima, pues 
a su capacidad de conductor de hombres se unían sor¬ 
prendentes calidades de estadista; y es lamentable que su 
sometimiento a los jesuítas le haya hecho incurrir en las 
faltas a que se alude más adelante. 

El maestre de campo estableció su cuartel general a 
dos leguas de Colonia, al oeste de la fortaleza y de la 
ensenada, en el paraje que tomó desde entonces el nombre 
histórico de Real de Vera, colindante con el que fué 
más tarde Real de San Carlos, y separado de éste por 
el arroyuelo del Caño. La línea del asedio se dividió en 
tres sectores correspondientes a los tres frentes de la pla¬ 
za por el lado de tierra. El destacamento de Buenos Aires, 
compuesto de ciento veinte hombres, se hallaba al mando 
del capitán Francisco de la Cámara, originario de Alcalá 
de Henares; el de Santa Fe, de cincuenta, al de Juan de 
Aguilera, natural de aquella ciudad; y el de Corrientes, 
de sesenta, al del sargento mayor Francisco de Villanueva. 
Los papeles de la época han conservado también los nom¬ 
bres de varios caciques indios y de algunos oficiales espa¬ 
ñoles que no interesa retener, excepción hecha de Ale¬ 
jandro de Aguirre, Gabriel de Toledo, Jerónimo Cabral de 
Alpoin y Juan González de Santa Cruz, que adquirieron 
relieve histórico por su larga actuación civil y militar, 
antes y después del episodio de San Gabriel. 

Como se ha indicado, la gobernación de Tucumán en¬ 
vió una- fuerza de trescientos hombres cuyas armas y 
bastimentos fueron pagados por los vecinos de la pro¬ 
vincia, sin gasto alguno para la Real Hacienda. Los sol¬ 
dados realizaron la marcha de ciento veinte leguas hasta 
Buenos Aires bajo el mando del maestre de campo don 
Francisco de Tejada y Guzmán; y desde su arribo, don José 
de Garro constituyó con ellos el núcleo más fuerte de 
sus reservas, manteniéndolos en la capital desde mayo 
hasta agosto. Por este motivo la división tucumana no 
tomó parte en el sitio y toma de Colonia. 

Dos circunstancias advirtió Vera Muxica a poco - de co¬ 
menzar el cerco: la una, que si había de rendir la plaza 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


33 


por hambre iba a ser necesario un asedio prolongado, pues 
aquélla contaba con vituallas para largos meses, según lo 
declararon algunos desertores; y la otra, más grave, era 
la carencia de espíritu militar y de celo de los indios 
guaraníes. Constituían éstos una tropa numerosa e im¬ 
provisada a la cual faltaba un ideal capaz de despertar 
su agresividad atávica; no defendían los viejos aduares de 
sus padres, y habían marchado lejos de sus lares para 
combatir por una causa ajena. Apenas instalados en el 
campo sitiador fué fácil a la habilidad lusitana sacar 
partido de esas disposiciones, excitando, a la vez, la co¬ 
dicia indígena mediante trueques de bayeta, utensilios y 
dinero, por carne de vaca fresca, a la cual debían unirse, 
con certeza, informaciones militares. Varios indios fueron 
sorprendidos en plena trata; el sumario denunció que su 
número ascendía a cuarenta en el primer momento; pero 
luego se supo que los traidores eran cien, y al día siguiente 
trescientos... Alarmado, Vera Muxica mandó instruir un 
sumario; las declaraciones obtenidas confirmaron la exac¬ 
titud de los hechos; el desertor portugués Pedro Ferreira 
Cabral expresó «que ayer fueron por la playa del río 
como cien indios guaraníes a vender carne y un caballo 
a trueque de aguardiente, tabaco, cuentas y cuchillos, y 
que el caballo fué a trueque de cinco varas de bayeta, y 
que hoy cuando se vino encontró cerca de la fortaleza 
como trescientos indios cargados de carne y que llevaban 
cuatro caballos a vender». Otros dos desertores, indios tu¬ 
pis del Cabo Frío, informaron «que trece indios guaraníes, 
de las reducciones del Paraná y Uruguay, estuvieron cua¬ 
tro días con sus noches encerrados comunicando con el 
maestre de campo don Manuel Lobo, a los cuales regalaron 
y dieron de comer en el almacén, y les mostraron toda 
la grandeza de los géneros que traen; y que por tres 
veces les llevaron cantidades de carne, de tal manera que 
salaron tres cajones de carne; y que también les llevaron 
una noche los dichos indios veinte y tantas vacas, y que 
asimismo les han llevado veinte y nueve caballos ...» Co¬ 
mo se ve, Lobo se esforzaba en la aplicación de un conocido 
ardid de guerra, y cumple consignar que iba rápidamente 



34 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 


consiguiendo su objeto dado el número cada vez mayor 
de indígenas con el cual establecía relaciones de comercio 
y amistad, hasta el punto de que, seis días después de 
tomar contacto con ellos, las murmuraciones guaraníes 
se elevaron hasta llegar a oídos de los capellanes militares. 
Uno de éstos, el P. Pedro Jiménez, declaró al general en 
jefe que los indios proyectaban huir o simular enferme¬ 
dad si se castigaba a sus hermanos convictos de conexión 
con el lusitano. 

El primer impulso de Vera Muxica fué mandar arca¬ 
bucear a los culpables, pero le detuvo la fundada sos¬ 
pecha de una reacción seguida de sublevación o deserción 
general que acabase con la existencia de un ejército que 
tan confiadamente había él desplegado ante su adversario. 
Tuvo que limitarse a escoger algunos cabecillas y hacerlos 
azotar; y advirtiendo la crisis que amenazaba su empresa 
de fracaso, convocó una junta de guerra, a la cual asis¬ 
tieron algunos viejos caciques de cuya lealtad no podía 
dudarse. 

La primera medida aconsejada por los jefes consistió 
en el retiro inmediato de las fuerzas de las posiciones 
que ocupaban a proximidad de la plaza, conduciéndolas 
a tres leguas de distancia y dejando solamente de avanzada 
dos compañías de españoles y dos de indios probados,, 
tropa que se juzgó suficiente para contener a los por¬ 
tugueses dentro de su recinto fortificado. Eligióse como 
lugar del nuevo campamento la costa del arroyo San Juan, 
una legua arriba de su desembocadura, dadas las ventajas 
de leña y agua que ofrecía para el abastecimiento de los 
hombres, así como de pastos abundantes para la manuten¬ 
ción de los cuatro mil caballos con que contaba el ejército. 
Los caciques expresaron también la conveniencia de abre¬ 
viar la campaña en razón de los casos de enfermedades 
y muertes que empezaban a diezmar sus filas, y de la 
posibilidad de que Lobo recibiera del Brasil refuerzos 
de hombres y elementos. Aunque sus declaraciones no lo 
expresan, debe presumirse que los jefes indios no se atre¬ 
vían a responder de la fidelidad de sus fuerzas; y adujeron, 
por otra narte, su convicción de que las estacadas de la 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 35 

ciudadela no resistirían un ataque en regla, como lo in¬ 
dicaban los reconocimientos efectuados. 

Esta junta se celebró el 23 de julio; pero ya con cua¬ 
renta y ocho horas de anticipación Vera Muxica había 
resuelto no prolongar una contemporización que entra¬ 
ñaba serios peligros. Sin embargo, antes de ordenar la 
ejecución de las disposiciones relativas al ataque, se sintió 
obligado a cumplir las instrucciones de Garro acerca de 
las eventuales actitudes del enemigo después de la exhi¬ 
bición de fuerzas diez veces superiores en número, que 
podía haber amenguado su capacidad moral para la re¬ 
sistencia y convencídole quizá de la inutilidad de combatir. 
Dirigió, pues, un ultimátum a Lobo dándole a optar entre 
la batalla o la retirada pacífica del territorio que ocupaba, 
en cuyo caso prometíale toda, su asistencia. Para honor 
suyo, cumple reconocer que el gobernador fué consecuente 
con su decisión de defenderse a pie firme hasta la última 

extremidad. «Vuestra merced^ pueda.ha.cer lo que fuere 

servido, que pára_ todo me ha de hallar,prontísimo». 

Vera Muxica fijó en principio el día 29 como fecha 
del asalto, aunque supeditando su realización a las ór¬ 
denes que le llegasen del gobernador Garro antes de aque¬ 
lla data. Despachó, al efecto, un barco a Buenos Aires, con¬ 
duciendo la información detallada de los sucesos desde el 
momento en que llegó a las barrancas de San Gabriel, 
a' la véz que un grupo de cuarenta y cuatro prisioneros 
y desertores portugueses, indios y negros. La ejecución 
del ataque no pudo efectuarse en la fecha prevista, pues 
vientos contrarios retardaron la marcha de las embarca¬ 
ciones portadoras de los. pliegos, y el propio Garro no 
creyó deber tomar sobre sí la responsabilidad exclusiva 
de ordenar la ruptura de sangrientas hostilidades cuyas 
consecuencias políticas y militares en España y Portugal 
no escapaban a su sagacidad. Como puede verificarse, di¬ 
fícilmente una acción armada resuelta varios meses antes 
ha sido precedida de mayores preliminares y dilaciones. 
Dispuso l a celebración de un consejo, que tuvo lugar el 
¿ó bajo su presidencia, en la casa episcopal; y la relación 
de los concurrentes nos permite citar una treintena de 



36 ASALTO Y TOMA DE LA GIUDADELA EN 1680 

nombres históricos del último cuarto del siglo XVII: don 
Antonio de Azcona, obispo de Buenos Aires; el sargento 
mayor Juan Cebrián de Velasco, de la guarnición de esa 
capital; el maestre de campo Francisco de Tejada y Guz- 
mán, jefe del tercio procedente de Córdoba del Tucumán, 
y el sargento mayor Antonio Suárez de Cabrera, su se¬ 
gundo; los capitanes Juan de Perochena, de caballos co¬ 
razas; Francisco Pascual de Echagüe Andía v Nicolás de 
Torres, de la infantería de Buenos Aires; Juan Gómez de 
Saravia y Sebastián de Giles, también capitanes de la 
misma guarnición; el de caballería de Córdoba, Luis de 
Bracamonte; los miembros del Cabildo Ignacio Fernández 
de Agüero y Juan Arias Maldonado, alcaldes ordinarios; 
el tesorero Francisco de Quintana Godoy y el contador 
Miguel Castellanos,, oficiales reales; Pedro de Rojas y 
Acevedo, regidor decano; sargento mayor Juan del Pozo 
y Silva, alcalde provincial; Luis de Brito y Alderete, al¬ 
guacil mayor; José Rondón, regidor, y José Gil Negrete, 
depositario general. Fueron también convocados como per¬ 
sonas de valimiento e influencia Pedro de Vera y Aragón, 
Juan Báez de Alpoin, Juan de Cuenca Gallegos, Juan 
Miguel de Arpide, Luis Gutiérrez de Paz, Juan de Oliva, 
Hernando Rivera Mondragón, Francisco de Gaña Lazá- 
rraga, Alonso Muñoz Gadea, Pedro de Alvarado, Alonso 
Pastor y Juan de Relus y Huerta. 

Ante esta asamblea de hombres de guerra y patricios 
de calzón corto el gobernador Garro expuso los hechos 
y consignó las informaciones recibidas del campo sitiador 
de Colonia: Lobo se hallaba aislado por haber reexpedido 
sus navios al Brasil en busca de refuerzos que posible¬ 
mente no tardarían mucho en llegar; el número de de¬ 
fensores de la atalaya lusitana era exiguo y precarias 
las condiciones defensivas de aquélla; enunció el peligro 
de que los sitiados conquistaran con dádivas a los aliados 
guaraníes, cuyo celo por la causa que los había enganchado 
disminuía visiblemente; y mencionó el perjuicio finan¬ 
ciero que representaba para la real hacienda el sosteni¬ 
miento del ejército en operaciones. Terminó interrogando 
sobre la conveniencia que habría de decidir un avance de¬ 
cisivo sobre la.plaza. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


37 


El mayor Cebrián de Velasco, el maestre de campo 
Tejada y Guzmán y su segundo Suárez de Cabrera, emi¬ 
tieron su opinión afirmativa «de que no se pierda tiem¬ 
po en dar dicho avance con la brevedad que fuere posible, 
por todas las partes, formas y medios de que se pudiere 
disponer». Los capitanes Perochena, Echagüe, Torres y 
Bracamonte expresaron análogo parecer; y los miembros 
del Cabildo y demás personajes se adhirieron sin dis¬ 
crepancia al dictamen expuesto. Don José de Garro dictó 
entonces al escribano Tomás Gayoso la orden de ataque, 
para ser trasmitida al maestre de campo Vera Muxica, 
añadiendo algunas instrucciones sobre la forma en que 
debía realizarlo. Los pliegos fueron confiados al oficial 
de marina Manuel de Ojeda, a bordo del barco San Joseph, 
que debía transportarlos conjuntamente con un refuerzo 
de cincuenta hombres al mando del alférez Juan Fredes; 
pero la partida que debió efectuarse el 29 de julio hubo 
de ser retardada hasta el 2 de agosto a causa de un fuerte 
temporal. Con el San Joseph se hizo a la vela una sumaca 
a cargo del alférez Francisco de Elgueta. con la misión 
de situarse a la vista de San Gabriel a la espera de los 
sucesos y vigilar el arribo eventual de naves portuguesas. 


II 

El teniente Ojeda ancló frente a la desembocadura del 
San Juan el 3 de agosto, y recibido por la guardia de la 
costa fué llevado a la presencia del general en jefe, en 
cuyas manos puso las instrucciones del gobernador Garro. 
Informóse de ellas el maestre de campo con la varonil 
satisfacción de un hombre de guerra que ve llegada la 
hora de la decisión después de un preámbulo de inútil 
inacción. Al día siguiente convocó a los jefes españoles 
y guaraníes y les comunicó sus órdenes: el ejército estaba 
virtualmente pronto; el empleo de la artillería era ocioso, 
pues el caudillo fiaba a la sorpresa una parte del éxito 
de la operación, que debía consistir en un asalto a las 
empalizadas seguido de un combate cuerpo a cuerpo con 
los defensores, que no debían tardar en verse aniquilados 



38 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUD ADELA EN 1680 

por la superioridad numérica; y a este efecto las fuerzas 
debían marchar divididas en tres columnas y en silencio 
durante la noche, debiendo pronunciar la embestida por 
los tres frentes de tierra en el momento en que las pri¬ 
meras luces de la aurora destacasen la masa de la ciu- 
dadela. 

.Con la incorporación de los cincuenta soldados de 
Buenos Aires y los cincuenta indios de la encomienda 
correntina, las tropas de choque contaban con doscientos 
ochenta españoles y tres mil cincuenta indígenas, debiendo 
deducirse de ambos núcléos algunas bajas causadas por 
las enfermedades. El invierno, ha sido siempre en la zona 
de Colonia el más inclemente en la cuenca del Plata, 
pues él suelo es heladó y los cierzos crueles. Carecemos 
de precisiones documentales que fijen la cifra exacta’ de 
los soldados de don Manuel Lobo; pero indicios fundados 
hacen estimar el grupo combatiente en doscientos cin¬ 
cuenta hombres, pocé más o menos, aunque la ciudadela 
contase alrededor de cuatrocientas almas. La despropor¬ 
ción entre los beligerantes era tan considerable que el 
resultado de la acción estaba descontado de antemano, pues 
las empalizadas y los baluartes de tierra sólo constituían 
Una defensa que podía detener- pasajeramente el asalto, 
pero no frustrarlo. O Lobo' confiaba demasiado en la ca¬ 
pacidad de resistencia de los suyos, o conociendo con 
anticipación su ' derrota había aceptado estoicamente el 
sacrificio como solución inevitable de su destino histórico. 

El ejército emprendió la marcha el 8 de agosto, ya 
cerrada la noche, deslizándose entre las tinieblas en me¬ 
dio dé un silencio profundo. En él real de San Juan 
quedaron los fuegos encendidos, así como la caballada a 
cuya intervención como masa de atropello ciega y brutal 
a vanguardia se desistió en razón de la forma callada que 
iba a revestir el ataque. Las tres columnas fueron apar¬ 
tando su grueso a medida que se aproximaban al poblado 
lusitano, aunque manteniendo el contacto de sus flancos. 
Mandaba la primera el cacique Ignacio Amandaú, a quien 
Verá Muxica había acordado el grado de sargento mayor; 
la und,a, Gristóbal Cupiy, maestre de campo; y la ter- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


39 


cera, Francisco Curitú, de igual grado, pero encuadraban 
las fuerzas guaraníes los oficiales instructores españoles. 
Antes de amanecer las avanzadas hicieron alto a un cuar¬ 
to de legua de la ciudadela, y tan pronto como las prime¬ 
ras claridades se dibujaron en oriente, los indios avan¬ 
zaron como reptiles, vientre a tierra, seguidos de cerca 
por los españoles. Recostada sobre la empalizada la pri¬ 
mera centinela portuguesa, vencida del sueño, dormía 
abrazada al arcabuz; hacia ella se deslizó el guaraní de¬ 
lantero; al llegar junto al foso se contrajo para el salto, 
y desplazando su vigorosa masa de músculos cayó sobre 
el guardia, que abrió recién los ojos al sentirse degollado. 

En esa madrugada invernal del 7 de agosto el maestre 
de campo don Manuel Lobo yacía en su cama de campaña, 
devorado por la fiebre; esperaba el ataque desde hacía 
días, e imposibilitado casi de moverse había delegado 
el mando en el capitán Manoel Galváo, jefe del pequeño 
escuadrón de caballos corazas. Este oficial, al resonar en 
la ciudadela el estampido de un mosquete disparado por 
la segunda centinela, que vió caer a su compañero bajo 
el puñal del guaraní, cogió sus armas y se precipitó hacia 
uno de los baluartes con los demás oficiales y tropa que 
ocuparon sus puestos rápidamente. Las columnas de ata¬ 
que estaban ya encima, y la artillería lusitana disparó 
en vano sobre la cabeza de los asaltantes; pero tenían éstos 
que vadear el foso y escalar la empalizada, y los ins¬ 
tantes fueron aprovechados por los defensores, cuyo fuego 
diezmó la primera ola de atacantes. Vino tras ella la se¬ 
gunda, que alcánzo a dominar el obstáculo de madera, 
pero que cayó también vencida en el choque cuerpo a 
cuerpo. 

Al verse repelidos, prodújose confusión entre los in¬ 
dígenas; el cuadrilátero de la ciudadela, momentáneamen¬ 
te sumergido por la embestida, volvió a quedar libre, y 
los soldados portugueses consiguieron tomar la ofensiva 
y arcabucearon a los grupos que retrocedían en desorden. 
Pudo creerse en aquel instante en una resistencia vic¬ 
toriosa; pero de las filas quebradas surgió de improviso 
un jefe guaraní que esgrimía un alfanje desnudo; pre- 



40 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 


cipitóse hacia los suyos lanzando gritos guturales, e hi¬ 
riendo sin piedad a los primeros fugitivos, rehizo los 
núcleos y logró conducirlos a un nuevo asalto. Volvió 
la empalizada a coronarse de enemigos, algunos de los 
cuales penetraron en la vasta plaza de armas; viéndola 
invadida, arremetió denodadamente contra ellos el tenien¬ 
te Bartholomeu Sanches Xara con un grupo de jinetes, 
matando a casi todos; oyéronse en ese momento enérgicas 
voces de mando hacia el extremo opuesto, y la infantería de 
Santa Fe, a cuyo frente venía el capitán Juan de Aguilera, 
entró a su vez en el recinto y se apoderó de uno de los 
baluartes. 

Fué entonces que se produjo el desfallecimiento de la 
infantería portuguesa a que alude Lobo en su parte al 
príncipe regente: «Desamparó vilmente sus puestos, aban¬ 
donando las armas». (1) El capitán Galváo presintió quizá 
la derrota, y dejando el mando, arremetió contra los asal¬ 
tantes españoles y peleó con ellos cuerpo a cuerpo hasta 
desplomarse muerto. En medio del choque de aceros y 
estampido de armas de fuego vióse de pronto a la mujer 
del caído, Joanna Galváo, saltar como una leona sobre los 
cadáveres, recoger la espada de su esposo y revolverse 
contra los enemigos; gritáronle éstos que se rindiera, pro¬ 
metiéndole respetar la vida; pero la heroína cargó contra 
ellos y cayó a su vez, expirante y con el arma en alto. 
El ingeniero Correia Pinto sucumbió también, y con él casi 
todos los oficiales de la guarnición. Uno de éstos, que debía 
años más tarde ilustrarse en el gobierno de Colonia, don 
Francisco Naper de Lencastre, salió del recinto seguido 
de un grupo de fieles y abrióse paso a cuchilladas hasta 
llegar a la iglesia, donde consiguió penetrar.» 

Desde los primeros momentos don Manuel Lobo se ha¬ 
bía arrojado de su lecho; quebrantado por la dolencia, 
hízose vestir por sus esclavos, y al ver desde su rancho 

(1) Nos permitimos recomendar a los estudiosos que deseen profun¬ 
dizar el episodio histórico del 7 de agosto de 1680, los documentos repro¬ 
ducidos en la edición madre de esta obra, que vió la luz en Madrid en 1931, 
bajo el título de La epopeya de Manuel Lobo, así como el relato del P. 
Pedro de Orduña, testigo presencial de la batalla, publicado en nuestro 
libro Los Maciel en la historia del Piala, documento N9 7. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO .41 

la fortaleza invadida por la muchedumbre de enemigos 
lanzóse contra ellos, esgrimiendo sus armas; uná indiada 
furiosa le rodeó de inmediato, entre voceríos salvajes, y 
pocos instantes después el fundador y jefe de la fortaleza 
yacía en tierra a merced de sus contrarios. En ese pre¬ 
ciso momento penetraba en el reducto el maestre de cam¬ 
po Vera Muxica, acompañado de los indios de su enco¬ 
mienda, y dirigiéndose rápidamente al sitio en que Lobo 
iba a ser ultimado, saldólo por milagro de la fiereza gua¬ 
raní, haciéndole transportar a su lecho. El combate ter¬ 
minó con otro terrible episodio: la tentativa del capitán 
Manuel de Aguila Elgueta, que se apoderó de una canoa 
con diez de sus hombres, después de agotar las municiones; 
encalló la embarcación con el peso de la gente, siendo 
todos sacrificados entre las rocas de la costa. 

El combate duró una hora, según la versión caste¬ 
llana, y las pérdidas sufridas por ambas partes atestiguan 
la violencia extrema del encuentro, pues en tan breve 
lapso de tiempo tuvieron las fuerzas hispanoguaraníes 
ciento cincuenta y una bajas: cinco españoles muertos y 
once heridos; treinta y un indios muertos y ciento cuatro 
heridos. En el campo portugués la masacre ascendió a 
casi la mitad de los defensores, ciento veinticinco hombres, 
quedando ciento cincuenta prisioneros, la mayor parte 
heridos. En su comunicación al príncipe don Pedro, Lobo 
formula una acusación grave contra los capellanes jesuítas: 
«Más crueles fueron los padres de la Compañía que capi¬ 
taneaban a los indios... que antes y en dicha ocasión 
dieron repetidas órdenes para que ninguno de nosotros 
quedara vivo, diciéndoles en altas voces ayuca ca raiba, 
que ,en la lengua de los indios quiere decir matad a los 
blancos. Suponiendo que de hombres religiosos y sacer¬ 
dotes no puede creerse tanta crueldad, los efectos fueron 
tales que dan bastante crédito a esta fama, porque a pesar 
de no matar a ninguno de los negros ni de los indios 
nuestros, en los blancos rendidos hicieron cruel estrago 
no escapando sexo ni edad». 

Por encima de las incidencias, inevitablemente doloro- 
sas, de un choque conducido y resistido con fiera decisión, 



42 


ASALTO Y TOMA DE LA CIUDADELA EN 1680 


quedó escrito en las piedras de San Gabriel el episodio 
inicial de un drama épico cuyo desarrollo había de pro¬ 
longarse casi por cien años. El espíritu heroico de la Edad 
Media, fenecido en Europa dos siglos antes, resucitaba en 
Indias sus conceptos primitivos de conquista e implacable 
guerra, medio paradójico de implantar una civilización en 
el seno de la barbarie y acrecer los valores históricos de 
las razas en presencia. 



CAPITULO TERCERO 


FIN DE LA ODISEA DE LOBO 

Vera Muxica y Lobo; la generosidad del vencedor. — Solemni¬ 
zación de la victoria; los prisioneros en Buenos Aires. — El 
criterio de Garro sobre el destino de Colonia. — Venta del 
bolín del 7 de agosto. — Muerte de don Manuel Lobo; la gestión 
sobre sus bienes. — La política de los jesuítas; sus interven¬ 
ciones militares en el Plata; probable motivo de sus actitudes. — 
Antecedentes y comentarios. 


i 

17 L general vencedor cambió el nombre de la ciudadela 
■^dándole el de «fuerte del Rosario», que no estaba des¬ 
tinado a perdurar y que reprodujo el del arroyo que 
desemboca al este de San Gabriel. Consintió en aplicar la 
ley de guerra que acordaba a los soldados el saqueo; y 
tomadas algunas disposiciones para asegurar a los prisio¬ 
neros, trasladóse al rancho de don Manuel Lobo, con quien 
celebró una patética entrevista. Encontrábase el goberna¬ 
dor casi sin sentido, «y habiendo vuelto en sí, aunque en 
el mismo estado, moribundo», habló con el caudillo co- 
rrentino. Otra ley de guerra daba a éste la propiedad de 
todo lo que pertenecía al vencido; pero Vera Muxica, 
bajo la impresión que le había causado la actitud heroica 
del jefe portugués, renunció, bajo un impulso generoso, 
a sus derechos, diciéndole «que como aquella hacienda 
le tocaba a él, por cabo de la empresa, le hacía gracia 
de ella para valerse de la misma en aquella enfermedad, 
prisión y trabajo». 

El sargento Domingo de Iriarte fué el encargado de 
llevar a Buenos Aires la nueva de la victoria, la cual pro¬ 
dujo una explosión de júbilo al difundirse en la tarde del 
8 de agosto. El gobernador Garro, seguido de las auto- 



44 


FIN DE LA ODISEA DE LOBO 


ridades, pasó a casa del obispo a participarle la noticia 
del éxito, y al día siguiente celebróse en la iglesia catedral 
un oficio de gracias que fué acompañado desde fuera con 
salvas de artillería. Duraban aún las manifestaciones de 
entusiasmo cuando se anunció el arribo de una sumaca 
que traía prisionero al maestre de campo don Manuel 
Lobo, conducido por el capitán Francisco de la Cámara 
y acompañado de su capellán, P. Duráo de la Motta, el 
jesuíta Manuel Poderoso, el capitán Simáo Farto y otros 
subalternos. El jefe portugués llegaba en el más precario 
estado moral y físico, pero halló en Garro una acogida 
hidalga, lo que no obstó a que se le aplicaran las más 
severas medidas de vigilancia,'alojándosele en el castillo 
con centinela de vista, previo registro de sus ropas y pa¬ 
peles. Entre estos últimos halláronse las instrucciones que 
había recibido de manos de su monarca dos años antes, 
relativas a su expedición al Plata, y a las que se alude en el 
capítulo I. 

El retorno de los indios a Misiones y de las demás 
tropas a las provincias del interior planteó el punto del 
destino a darse a la ciudadela de Colonia. Propúsose Garro 
visitar personalmente el sitio, pero en el parte que dirigió 
al virrey del Perú sobre los sucesos, sugirió la inconve¬ 
niencia de mantener en San Gabriel fuerzas apreciables 
que, por otra parte, le eran necesarias en Buenos Aires; 
manifestó que «el terreno era perverso»; que la extensión 
del fuerte exigía una guarnición no menor de cuatro¬ 
cientos hombres, e insinuó que el sitio de Maldonado era 
más propio e inexpugnable, como lo habían afirmado sus 
antecesores. A su juicio, bastaba construir una atalaya en 
San Gabriel, guarnecida con veinticinco hombres y cuatro 
piezas de artillería. Las razones del gobernador eran de 
peso, pero los acontecimientos posteriores se encargaron 
de probar que, acerca de ese punto, la visión de Garro 
fué corta y. errónea. 

Su propósito respecto de Lobo consistía en deste¬ 
rrarle- a Chile juntamente con Soares de Macedo, Farto 
y Lencastre; pero apiadado por la enfermedad que acor- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


45 


taba los chas del fundador de Colonia, optó por enviarlo 
a la ciudad de Córdoba, donde permaneció aquél por 
espacio de dos años; y sólo al conocerse el texto del 
Tratado Provisional que se firmó en Lisboa al año si¬ 
guiente, íuéle permitido retornar a Buenos Aires, donde 
terminó su vida combativa el 7 de enero de 1683, cuatro 
dias después de haber escrito a don Pedro II una conmo¬ 
vedora carta narrándole su odisea. 

La devolución de los efectos de Lobo, tomados en la 
cindadela, así como el traslado de sus restos mortales a 
la metrópoli portuguesa, dieron lugar a largas gestiones 
que llevó a cabo un hermano de aquél, don Gonzalo da 
Costa Menezes, gobernador de Angola. Esas gestiones acla¬ 
ran puntos de historia, y el expediente formado sobre 
el asunto contiene una certificación del maestre de campo 
Vera Muxica en la cual consta la donación hecha por 
éste al jefe vencido de los bienes que le correspondían 
por su victoria. «Muévele a ello el valor con que se dispuso 
a tan grave trance». El P. Antonio Duráo da Motta, que 
fué el ejecutor testamentario de Lobo, hizo autenticar 
aquella certificación por escribanos; y remitidos los autos 
a Lisboa, ordenóse una tramitación diplomática en la corte 
de Madrid a efecto de obtener en favor de los herederos 
una restitución de los valores, invocándose las devoluciones 
ordenadas por el Tratado Provisional de paz. El Consejo 
de Indias pasó el asunto a informe del fiscal, y de la ave¬ 
riguación practicada súpose que los objetos y esclavos 
de Lobo habían sido vendidos en Buenos Aires, entre¬ 
gándose al prisionero una suma de $ 700 para sus gastos 
durante el cautiverio, y vertiéndose el resto en las cajas 
reales como indemnización por los gastos de la expedición 
contra Colonia. En total, los bienes avaluados en 50.000 
petacas se enajenaron en 23.000, destacándos^*rt9Z"WaTs^, 
tida de $ 15.000 que produjo la venta de 
esclavos del difunto gobernador. El inforna^^nsjíal no' 
iué favorable al principio de devolución, Jrg^clánd| 5 'éé' en 
que el Tratado de 1681 se refería a la plaz^i y sus per¬ 
trechos de guerra y no a los efectos pa|f 5 ciii ) aüi 0 »p petó 1 



46 


FIN DE LA ODISEA DE LOBO 


añadió un argumento político que debió pesar en la de¬ 
cisión del Consejo: el incumplimiento del pacto por una 
de las partes. El 28 de setiembre de 1696 la alta autoridad 
dictó su sentencia en tres palabras: «Visto por ahora». 
La fórmula dilatoria sirvió una vez más para colocar los 
intereses del Estado por encima de los privados. 

Más piadosa fué la acogida de los consejeros de Carlos 
el Hechizado al pedido de repatriación de los huesos del 
procónsul. Por real cédula dirigida al gobernador de Bue¬ 
nos Aires, don Agustín de Robles, se le ordenó acceder 
a los deseos de don Gonzalo da Costa Menezes. Había 
éste comenzado la gestión en 1688 y vió resuelto su 
pedido en 1693. 

Así terminó la odisea de Manuel Lobo en la historia 
del Río de la Plata. El tiempo y las transformaciones pro¬ 
fundas sobrevenidas se han encargado de atenuar un re¬ 
cuerdo que nunca fué vivo en la memoria de los hombres, 
y sólo la investigación histórica, llevada a cabo por es¬ 
píritus desinteresados, se encarga de reafirmar su perso¬ 
nalidad de soldado, fundador y héroe, acrecida por la 
magnitud de su calvario. Durante la época de formación 
y caos, generaciones enteras ignoraron en el Uruguay quién 
fué Lobo; hoy ya no se le ignora, y una calleja desolada 
lleva su nombre frente al estuario que le vió iniciar el 
proyecto colonizador y fundacional más considerable de 
su época; pero no se ha llegado aún a la etapa cultural 
de las consagraciones definitivas; y cuando suene esa hora, 
la piedra coloniense que guarda la huella de su empresa 
servirá de pedestal a la estatua del procónsul. 


* II 

La crónica de 1680 demuestra que Garro procedió des¬ 
de la primera hora del peligro inspirándose en el pro¬ 
pósito formal de quebrantar al enemigo si no obtenía un 
desalojo pacífico del territorio ocupado; tanto en la in¬ 
vestigación previa como en la tarea de organización de- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


47 


mostró cualidades de previsión y energía; supo elegir el 
jefe militar capaz de conducir los efectivos a la victoria; 
y cabe destacar la intervención que dió a los contingentes 
guaraníes, equivalente a una alianza cuyas proyecciones 
políticas sobrepasaban los límites del episodio militar. 

En lo que se refiere a la cooperación de los regulares 
de la Compañía de Jesús, el comentario histórico tiene 
que formularse ante la eficacia de su ayuda. 

Don José de Garro pidió el alistamiento de tres mil in¬ 
dios al P. Altamirano, con orden de incorporarlos a Vera 
Muxica en Santo Domingo Soriano, añadiendo «que pare¬ 
cíale acertado destacar con ellos dos religiosos para que 
no pierdan de vista a sus padres espirituales». El superior 
provincial no se limitó al cumplimiento de esas gestiones, 
y en carta circular que dirigió a los padres misioneros 
del Paraná y Uruguay, con fecha 28 de febrero, detalló 
el número exacto de soldados con que cada pueblo debía 
contribuir a la formación del ejército; la organización de 
las fuerzas a pie y a caballo; la distribución del arma¬ 
mento,' «con advertencia que los indios de a caballo han 
de ir armados de lanzas, adargas, macanas...; los de a 
pie, con flechas, arcos, piedras, macanas, machetes y ro- 
delones; los flecheros, de dos arcos, cuatro cuerdas y treinta 
flechas; los pedreros... han de tener cada uno, por lo 
menos, treinta piedras, una docena de hondas y una ma¬ 
cana y cuchillo». El reverendo especificaba luego la cons¬ 
titución de las formaciones y sus jefes: «De cada cien in¬ 
dios se ha de hacer una compañía de a pie, con su capitán, 
alférez, dos sargentos, caja de guerra, bandera... Las 
compañías de a caballo constarán cada una de cincuenta 
soldados, con su capitán y teniente, estandarte, clarín...; 
los oficiales de guerra han de llevar sus insignias... Todos 
los indios se lleven sus pingollos, pífanos o flautas, con 
que se animen a la guerra... En cada doctrina se escojan 
dieciséis indios que manejen los arcabuces enviados de 
Buenos Aires»... Las instrucciones se refieren después a 
las provisiones de boca y guerra, así como a las medicinas 
y cuidado de los heridos, encargándoles sobre todo de la 



48 


FIN DE LA ODISEA DE LOBO 


organización de las fuerzas armadas: «Todos los padres 
curas alistarán los soldados que les tocan... y al princi¬ 
pio de la lista pondrán el nombre de los cabos que han 
elegido». 

Las órdenes del superior provincial fueron acompa¬ 
ñadas de una propaganda bélica intensiva, tendiente a 
disponer el espíritu indígena a la campaña contra la ocu¬ 
pación lusitana. Así lo demuestran los términos de la in¬ 
formación que escribió cuatro años después el P. Diego 
Altamirano, procurador general de la Orden — a quien no 
debe confundirse con su homónimo el superior provincial 
— declarando «que había andado en persona de pueblo 
en pueblo hablando a todos los indios, para que tomasen 
con el ardor que convenía la empresa». 

Esta política de los regulares de la Compañía revela 
que temían ellos que, como consecuencia de un éxito ar¬ 
mado portugués, sus tierras de Misiones pasaran a ser 
dominio de la corona lusitana. Desde luego, era ésta tan 
católica como la española, pero era la corona española la 
que había permitido y consagrado la posesión de los te¬ 
rritorios de Misiones por los jesuítas, reservándose sólo 
una jurisdicción teórica, y admitiendo, en cambio, el ejer¬ 
cicio del poder pleno por la Orden. Había ésta fundado 
allí un verdadero imperio cuyo dominio le pertenecía sin 
disputa dentro del régimen hispano; pero ¿podía esperar 
un tratamiento igual en el caso de que las Misiones pasa¬ 
ran a poder de Portugal? Sin pronunciarnos al respecto, 
cabe señalar la presunción de que en esa duda o temor 
estuviese la causa de la resolución jesuítica de luchar 
contra las fuerzas portuguesas, aun cuando entre éstas 
venían también regulares de la Compañía. Uno de ellos, 
el P. Manuel Poderoso, fué hecho prisionero junto con el 
gobernador Lobo. Hermanos de la misma Orden militaban, 
pues, en los campos enemigos. 

Si aquella presunción fuese exacta, es decir, si los je¬ 
suítas de Misiones combatieron contra el invasor portu¬ 
gués impelidos por su deseo, sin duda legítimo, de con¬ 
servar en su poder el territorio y las tribus que habían 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


49 


civilizado y ganado a su causa, entonces puede colegirse 
que un motivo análogo le hizo resistir, setenta años más 
tarde, la entrega de sus dominios a la corona portuguesa, 
establecida por el Tratado de Madrid. Este asunto ha dado 
lugar a largas polémicas, y no es el caso de resolverlo aquí, 
pero estamos obligados a señalar los antecedentes que 
pueden contribuir a la aclaración futura del punto his¬ 
tórico que, como tal, debe encararse objetivamente y sin 
que ningún interés o pasión enturbie la imparcialidad de 
su estudio. 



CAPITULO CUARTO 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 

La noticia de la fundación en Madrid; órdenes de don 
Carlos II al gobernador de Buenos Aires; envío de una expe¬ 
dición de auxilio y conminación de desalojar al invasor «a 
sangre y fuego». — Carla de don Pedro de Portugal a don 
Manuel Lobo. — Antecedentes del príncipe regente; su inter¬ 
vención personal en la expansión lusitana hacia el Plata. — Im¬ 
presión causada por la toma de Colonia; ultimátum portugués. 

— El Tratado Provisional del 7 de mayo de 1681..— Debilidad 
de la diplomacia española. — La sanción contra Garro. — Con¬ 
ferencia de Badajoz; los negociadores; oposición de sus tesis 
geográficas. — Fracaso del arbitraje papal. — Devolución de 
la ciudadela a los portugueses. — El gobernador Duarte Tei- 
xeira Chaves. 

i 

EL rey don Carlos II y su Consejo de Indias fueron 
informados de la ocupación portuguesa de San Ga¬ 
briel por las comunicaciones enviadas desde Buenos Aires 
por don José de Garro en la primera quincena de abril. 
Contenían aquéllas una exposición detallada de los he¬ 
chos que conocemos hasta la citada fecha, así corno de Jas 
medidas tomadas para inducir a don Manuel Lobo a des¬ 
alojar el territorio que ocupaba. La impresión fué consi¬ 
derable en el seno del gobierno español, pues aunque su 
representante en Lisboa, abad de Maserati, había noticiado 
los proyectos del portugués, se estaba lejos de creer en- 
Madrid en una realización tan firme, y la celeridad con 
que el monarca tomó disposiciones sobre el asunto evi¬ 
dencia que éste constituyó una de las preocupaciones in¬ 
mediatas de los consejeros de la corona. Las cartas de 
Garro fueron contestadas por el rey Carlos el 24 de agosto, 
y la cédula informa de las providencias dictadas en el 
acto de conocerse la fundación de Colonia: aprobación de 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


51 


las medidas tomadas en Buenos Aires; envío de una ex¬ 
pedición de auxilio a Garro, compuesta de dos navios con 
infantería y pertrechos, que debía hacerse a la vela desde 
Cádiz a las órdenes de Juan Tomás Miluti; transmisión de 
instrucciones a la audiencia de Charcas para que contri¬ 
buyese con todos los elementos a su alcance a la evacua¬ 
ción lusitana, especificándose que, en caso de resistencia, 
debía aquélla efectuarse a sangre y fuego; y expedición 
de un correo expreso al embajador Maserati, disponiendo 
que reclamase por el atentado cometido y obtuviese la 
satisfacción correspondiente. 

El Consejo de Indias sesionó de inmediato, a su vez, 
y se expidió de conformidad con el pensamiento real, 
coincidiendo no sólo en la adopción de las decisiones in¬ 
dicadas, sino también en el procedimiento de arrojar al 
invasor «a sangre y fuego» en la eventualidad de que éste 
intentase fortificarse. Conviene tener presente este doble 
antecedente ante la abdicación que debía sobrevenir al 
final de las negociaciones entabladas. 

Estos dictámenes se produjeron precisamente en los 
momentos en que llegaban también a Lisboa las infor¬ 
maciones emanadas del gobernador Lobo dando cuenta de 
la fundación de Colonia. El regocijo lusitano fué sólo com¬ 
parable a la sorpresa española; y rápido igualmente en 
la ejecución de providencias de apoyo, el príncipe don 
Pedro dispuso el envío de refuerzos a la ciudadela, pre¬ 
parando al efecto trescientos infantes escogidos entre los 
tercios que guarnecían su capital. Debía el regente a Lobo 
y sus colaboradores una felicitación por el éxito inicial 
de la empresa, y al escribirla creyó deber insistir respecto 
del mantenimiento y ampliación de la colonización comen¬ 
zada; comunicaba al gobernador los esfuerzos del repre¬ 
sentante diplomático español tendientes a demostrar que 
la zona ocupada pertenecía a su país, y confesaba no ha¬ 
berle dado respuesta; y prometía honores y recompensas 
a los ejecutores de la lejana obra, informándoles respecto 
de los auxilios que no tardarían en recibir. La lentitud 
de las comunicaciones hacía que don Pedro ignorase que, 
al firmar el documento el 16 de octubre, hacía ya diez se- 



52 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 


manas que la atalaya platense estaba tomada y su fun¬ 
dador prisionero de sus enemigos. 

La discusión sobre el dominio de San Gabriel y su ex¬ 
tensión a toda la ribera izquierda del Plata estaba enta¬ 
blada entre, las cortes de Madrid y Lisboa. No era, con 
certeza, Carlos el Hechizado quien inspiraba a los nego¬ 
ciadores castellanos, pero sí el talento taimado y enérgico 
a la vez de Pedro de Portugal el que movía los resortes 
de la diplomacia lusitana. Llevaba este príncipe, por 
consiguiente, una ventaja apreciable a su contendiente, 
dentro de la estructura absolutista de aquellas monarquías 
en que el pensamiento del amo era la ley política. Es casi 
seguro que la idea de la marcha colonizadora hacia el 
estuario procediera del propió regente, como lo fué, sin 
duda, la dirección de las negociaciones que se iniciaron 
sobre la legitimidad de la posesión y culminaron en la 
firma del Tratado de 1681; de ahí que su figura aparezca 
estrechamente vinculada al proceso fundacional de la 
ciudadela y sus derivaciones, vale decir, a los orígenes de 
la historia del Uruguay. 

El príncipe don Pedro, hijo de don Juan IV de Portugal, 
había nacido el 26 de abril de 1648; su infancia transcurrió 
entre las alternativas y fragores de la guerra por la in¬ 
dependencia de su país; no estaba destinado al trono, 
que correspondía a su hermano don Alfonso VI; pero don 
Pedro, antes de cumplir los veinte años, promovió una 
conspiración, encerró al rey en un aposento de su palacio, 
enamoró a su mujer y asumió la regencia. Los grandes 
de la tierra consagraron el éxito del usurpador; España 
reconoció la independencia portuguesa y el pontífice ro¬ 
mano anuló el matrimonio de la esposa infiel y admitió 
el matrimonio con su cuñado. Don Pedro obtuvo la alianza 
con Inglaterra, intensificó la colonización del Brasil y fué 
proclamado rey el 12 de setiembre de 1683, a la muerte 
de su hermano. Debía terminar sus días a los cincuenta 
y ocho años de edad, en Coimbra. El plan fundacional de 
Colonia como avanzada de una vasta conquista es un 
reflejo de su carácter aventurero y emprendedor, pues 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 53 

le sobraban alientos para las empresas vastas y audaces. 
Debió heredar de sus antepasados medievales y feudales 
la fuerza voluntariosa, el desdén por las normas legales, 
el espíritu sagaz e intrigante, el heroísmo personal, la fe 
en su estrella y la ambición patriótica unida a incontes¬ 
tables calidades de estadista. 

Las primeras negociaciones, conducidas en Lisboa por el 
abad de Maserati y en Madrid por el embajador portugués 
Mendo do Foyos, versaron sobre el alcance territorial de 
los dominios de ambas coronas en América. Era una cues¬ 
tión de límites basada en la interpretación de tratados an¬ 
teriores que empezaban con la bula de Alejandro VI y 
el contrato de Tordesillas; sostuvieron la doctrina caste¬ 
llana don Antonio de Solís, cronista de Indias, y el na¬ 
vegante José Gómez Jurado; geógrafos y cosmógrafos 
emitieron por ambas partes informes contradictorios, que 
sirven hoy a la historia para evidenciar cómo las tesis 
más opuestas pueden sostenerse con antecedentes remotos 
y razones científicas, y conceden apariencia de verdad 
a la cínica afirmación que se atribuye a Federico el Gran¬ 
de: «Conquistemos primero; no faltarán luego profesores 
que demuestren la legitimidad de nuestro derecho». 

Proseguíase el debate en un ambiente pacífico en el cual 
sólo despuntaba la resolución portuguesa de no abandonar 
el territorio coloniense, cuando súpose, simultáneamente en 
Madrid y en Lisboa, la nueva sorprendente del asalto y 
toma de la ciudadela con el consiguiente aniquilamiento 
y presa de sus defensores. Si en la opinión dirigente es¬ 
pañola el hecho fué acogido con un gozo mal disimulado, 
en el ánimo del regente provocó una franca reacción de 
cólera. Era un acto de guerra acompañado de una total 
victoria castellana, que implicaba la ruina de un vasto 
plan político, la pérdida de vidas, elementos y dineros y 
la merma de un prestigio colonizador en pleno auge. Debe 
presumirse que el primer intimidado por la indignación 
de la corte ante la cual estaba acreditado, fué el embajador 
Maserati, quien vióse negar una audiencia que solicitara 
del príncipe don Pedro; afírmase también que buscó ate- 



54 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 


nuar la responsabilidad de su gobierno declarando que 
Garro había obrado por su sola cuenta y sin órdenes de 
la metrópoli al ejecutar el ataque; y debe creerse que la 
versión no carece de fundamento al comprobarse que en 
el convenio que meses después dió solución al conflicto, 
el gobernador de Buenos Aires sufrió un desplazamiento 
que equivalía a convertir en culpa el cumplimiento hon¬ 
roso de un deber. 

Portugal se dispuso a la guerra, y su regente hizo pre¬ 
sentar al gabinete de Madrid un ultimátum que acordaba 
veinte días de plazo para decidir la restitución de la ciu- 
dadela y de los prisioneros, así como el castigo del ejecutor 
aparentemente responsable de los sucesos. Es posible que 
esta reclamación conminatoria fuese secretamente apoya¬ 
da por la diplomacia francesa; pero lo notorio es que 
apareció sostenida por la fuerza mediante una concentra¬ 
ción de tropas portuguesas sobre la frontera española. 
Así, Colonia del Sacramento, desde sus orígenes, presionó 
de tal modo el ánimo de los estadistas peninsulares, que 
más que un lejano conflicto de ultramar se muestra en la 
historia como un problema capaz de conmover la paz 
europea. 

Maserati fué retirado de Lisboa. Reemplazóle don Do¬ 
mingo Judice, duque de Jovenazo y príncipe de Chelamar, 
miembro del Supremo Consejo de Guerra y tesorero gene¬ 
ral de España cuya misión debía quedar unida a uno de los 
tratados más lamentables ajustados por la corona castellana. 
No hubo discusión sino respecto dé los términos a em¬ 
plearse en la redacción del articulado, es decir, sobre la 
forma que debía revestir el documento, pues desde el pri¬ 
mer contacto de los negociadores quedó decidida la resti¬ 
tución de la ciudadela a sus fundadores, la devolución 
de los prisioneros, armas y pertrechos tomados, y la des¬ 
calificación del gobernador Garro. Obtuvo, sin embargo, el 
plenipotenciario español una ventaja aparente: la de que 
el convenio no se pronunciase sobre el fondo del asunto, 
es decir, acerca del derecho de dominio sobre el territorio 
disputado, punto que se convino someter al estudio y 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


55 


sentencia de una comisión que empezaría a sesionar dos 
meses después de efectuadas las ratificaciones; y en el 
caso de no arribar a un acuerdo someteríase la diferencia 
al arbitraje de la Santa Sede. Este tratado, que se llamó 
provisional, fué firmado en Lisboa el 7 de mayo de 1681 
por el precitado duque de Jovenazo, en nombre de don 
Carlos II, y. por don Ñuño Alvares Pereira, duque de 
Cadaval; don Joáo Mascarenhas, marqués de Frontera, 
y el obispo fray Manuel Pereira, secretario de Estado, 
en nombre del príncipe regente de Portugal. 

Este acto internacional fué una abdicación sólo expli¬ 
cable por el estado de decadencia a que habían conducido 
a la metrópoli múltiples causas conocidas, desde la in¬ 
capacidad de su monarca hasta la ruina de la hacienda 
pública. No puede juzgársele como un hecho aislado, sino 
dentro del cuadro general lamentable que ofrecían la na¬ 
ción y sus dirigentes; pero cumple destacar como ante¬ 
cedente para la mejor comprensión de la tenacidad por¬ 
tuguesa en mantenerse en el Plata y extender luego su 
colonización hasta Montevideo, que el Tratado de 1681 ad¬ 
mitió el debate sobre una jurisdicción que hasta aquella 
fecha España había considerado inobjetable; y prolongó 
la concesión hasta el punto de convenir en un arbitraje 
si sus derechos fuesen contestados en el seno de la co¬ 
misión prevista. La ventaja aparente conseguida por el 
duque de Jovenazo convertíase, pues, en una derrota a 
fondo, puesto que implicaba la admisión, en principio, 
de los derechos lusitanos sobre Colonia y su territorio ad¬ 
yacente. La solución indicada en el artículo XIII revelaba 
la existencia de una jurisdicción en litigio, denunciando 
el renunciamiento de la tesis inflexiblemente mantenida 
hasta entonces por los geógrafos y hombres de gobierno 
españoles. 

La expedición de Lobo había sido el primer paso de 
la conquista; el Tratado de 1681 consumó esa tentativa no 
sólo con la devolución material de la ciudadela, sino con 
el agregado del reconocimiento a discutir la legitimidad 
de la ocupación. La victoria de Vera Muxica quedaba do¬ 
blemente anulada y la puerta abierta a la consagración 



56 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 


del derecho portugués sobre Colonia. Tan lógica resul¬ 
taba esta perspectiva, que la diplomacia de don Pedro 
sólo debía tardar veinte años en obtener aquella con¬ 
sagración con la firma de un nuevo tratado. 

Por otra parte, si el regente de Portugal se solidarizó 
con Lobo, el rey Carlos desautorizó a Garro. Contenía el 
convenio, en efecto, una censura para el gobernador de 
Buenos Aires, tanto más odiosa cuanto que la real cédula 
del 24 de agosto había aprobado las medidas de guerra 
para realizar el desalojo de San Gabriel, previsto una 
expedición armada desde la metrópoli y ordenado el ata¬ 
que a sangre y fuego. Estampóse, pues, un embuste al 
declarar en el artículo primero que Garro había procedido 
con exceso; es fácil comprender que se buscaba atenuar 
la responsabilidad del gobierno de Madrid, descargándola 
sóbre el agente de ejecución; y esta debilidad llegó hasta 
el punto de decretar el cese del procónsul en sus funcio¬ 
nes del Río de la Plata y desterrarle a Córdoba del Tu- 
cumán durante dos meses. La comunicación que se le 
dirigió con este motivo le culpaba de haber sido la causa 
del conflicto... La injusticia era tan irritante que provocó 
un acto de generosidad de parte del príncipe don Pedro, 
quien encargó a su embajador en Madrid rogase al rey 
que no ejecutara la sanción, formulando, al mismo tiem¬ 
po, el elogio de Garro. Este fué trasladado a Chile en 
el ejercicio de la gobernación. 

II 

La conferencia prevista en el artículo XIII del pacto 
se reunió en Badajoz el 10 de noviembre del mismo año. 
Los comisarios españoles eran don Luis de Cerdeño y 
Monzón y don Juan Carlos Bazán; acompañábanles don 
Diego Holguín de Figueroa como secretario, y en calidad 
de geógrafos asesores el P. Juan Carlos de Andosilla, pro¬ 
fesor de matemáticas del Colegio Imperial de Madrid, y 
el capitán José Gómez Jurado, piloto de la cairera de las 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


57 


Indias. Los comisarios portugueses eran don Manuel Lopes 
de Oliveira y don Sebastiáo Cardoso de San Payo; como 
secretario, Avres Montéiro, y en el carácter de geógrafos 
el P. Joham Duarte, del hábito de San Pedro, y el doctor 
Manuel Pimentel Villasboas, cosmógrafo mayor del reino. 

Entre otros antecedentes, presentaron los comisarios lu¬ 
sitanos la bula de Nicolás V, expedida en Roma en 1454, 
y que, aun cuando fué bien anterior al descubrimiento 
de América, se refería a tierras teóricamente existentes 
en determinadas latitudes; la bula de Calixto III, de 1456, 
que ratificaba la anterior, y la de Sixto IV, de 1481, con¬ 
firmatoria de las precedentes. Los españoles hicieron ar¬ 
gumento de la bula de Alejandro VI, del 4 de mayo de 
1493, y de su confirmación por la subsiguiente del 24 de no¬ 
viembre del mismo año; pero ambas partes sólo enunciaron 
aquellos documentos a título de antecedentes remotos, y 
el debate se produjo alrededor de las interpretaciones que 
cabían acerca del Tratado del 7 de junio de 1494, firmado 
en Tordesillas. Si Colonia del Sacramento quedaba fuera 
del radio de las trescientas setenta leguas atribuidas a 
Portugal, su dominio correspondía a Castilla; y si quedaba 
dentro, la plaza correspondía al primero de esos países. 
El texto del célebre Tratado era simple y claro, pero lo 
fué mucho menos el criterio de los negociadores, pues 
mientras Cerdeño y Bazán, apoyados por los geógrafos 
españoles, afirmaban que las trescientas setenta leguas 
debían medirse «a partir del medio, así en latitud y en 
longitud, de las islas del Cabo Verde», Oliveira y San 
Payo manifestaban, sostenidos por sus asesores, que la 
medición debía hacerse desde la margen más occidental 
de la isla de San Antonio, más occidental de las de Cabo 
Verde». Trataron también los portugueses de demostrar téc¬ 
nicamente una superación de diecinueve leguas en la línea 
equinoccial sobre las medidas en el paralelo 18... La con¬ 
ferencia de Badajoz finalizó el 31 de diciembre de 1681 sin 
que se lograra un acuerdo; pero a ella debe la historia dos 
notables informes sustentadores de las doctrinas geográficas 



58 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 


en presencia. El hecho de que su redacción obedeciera a fina¬ 
lidades políticas contrarias no obsta a reconocer el peso de 
su argumentación científica. De ahí que resulte inmodesta 
la actitud de los cronistas que en el Río de la Plata han to¬ 
mado posición a favor o en contra de alguna de las potencias 
en litigio, sin conocer siquiera el texto de las tesis res¬ 
pectivas, ,ni observar que ambos puntos de vista eran 
sostenibles en razón de interpretaciones igualmente fun¬ 
dadas, ni comprobar que, al final de cuentas, una dife¬ 
rencia de trece leguas, resultante de la pequeña distancia 
que separaba los puntos iniciales de las medidas, bastaba 
para decidir, conforme al Tratado de Tordesillas, la atri¬ 
bución del territorio disputado. 

Terminadas las conversaciones en la frontera sin otro 
resultado que el planteamiento concreto del litigio y la 
enunciación de dos dialécticas inconciliables, apeló el ga¬ 
binete de Madrid a la decisión papal prevista en el con¬ 
venio. El embajador Jovenazo, que debía marchar a 
Nápoles en uso de licencia, fué encargado de detenerse 
en Roma y sostener los derechos españoles ante Inocencio 
XI; acompañóle el P. Andosilla y lleváronse a la corte 
pontificia las actas y dictámenes que podían servir de 
antecedentes ilustrativos. No pare ció el gobierno portugués 
inebriarse a_la_so lución a rbitral, preocupado ante todo de 
la ejecución de la cláusula del tratado que imponía la 
devolución de la ciudadela; el pleito quedó sin resolverse 
en su aspecto fundamental, y las experiencias sucesivas 
habían de demostrar la inutilidad de los procedimientos 
pacíficos en pueblos impregnados de espíritu guerrero y 
acostumbrados a dirimir sus contiendas con la espada. 

III 

Duarte Teixeira Chaves, nombrado gobernador de 
Río de Janeiro apenas celebrado el contrato del 7 de 
mayo, hízose a la vela en Lisboa al comenzar el año 
1682, en el navio Sao Carlos, llevando instrucciones con- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


59 


cretas para preparar en su sede una nueva expedición al 
Plata, hacerse cargo de la ciudadela y proceder a la re¬ 
construcción del poblado. Llegó a Río el 1 de junio y 
partió varios meses después para San Gabriel en compa¬ 
ñía de su segundo, el teniente de maestre de campo 
Christováo de Ornellas de Abreu, una tropa de cuatro¬ 
cientos infantes con su respectiva dotación de oficiales, y 
abundantes bastimentos de guerra y colonización. Ancló 
entre las islas y la costa firme en la segunda quincena 
de enero de 1683, exactamente tres años después de ha¬ 
berlo hecho su infortunado antecesor, y escribió desde la 
nave capitana al gobernador de Buenos Aires, don José 
de Herrera y Sotomayor, reclamando la entrega de la 
plaza conforme a lo pactado. El texto del Tratado Provi¬ 
sional, conteniendo aquella devolución y el castigo de don 
José de Garro, había desconcertado a las autoridades y la 
opinión, de ñianera que al recibir la intimación de Tei- 
xeira Chaves el goberriador Herrera creyó deber convo¬ 
car una junta de notables que formulase un consejo acerca 
de lo que debía hacerse. Reunióse aquélla con asistencia 
de personalidades oficiales y vecinos caracterizados, y co¬ 
mo era de preverse, la mayoría se inclinó por el acata¬ 
miento a lo prescripto. Delegó entonces Herrera al te¬ 
niente general Pacheco de Santa Cruz y a don Pedro 
Pacheco para trasladarse a la ciudadela y efectuar las 
formalidades de la entrega, en la cual debía incluirse la 
artillería y pertrechos tomados en la victoria de Vera 
Muxica; pero esta última condición dió lugar a una re¬ 
clamación por parte del gobernador portugués, que no 
recibió el número de piezas y municiones que esperaba. 
El acto de la restitución se realizó el 12 de febrero. 

Este episodio simplemente administrativo cerró el pro¬ 
ceso fundacional de Colonia del Sacramento, iniciado por 
Lobo, detenido bruscamente por Garro y sus tenientes, y 
afirmado de nuevo por un convenio político cuya ejecu¬ 
ción local correspondió a Teixeira Chaves; pero el re¬ 
torno de 1683 túvo sobre el arribo de 1680 la ventaja de 
efectuarse en razón de una tractación que alejaba la emer- 



60 


EL TRATADO PROVISIONAL DE 1681 


gencia de choques armados inmediatos, y permitía al co¬ 
lonizador lusitano extender su mirada sobre toda la ribera 
izquierda del estuario. Como se verá en las páginas si¬ 
guientes, la primera proyección del dominio de Colonia 
fué la idea de la fundación de Montevideo, concebida se¬ 
senta años antes por la visión española de Francisco de 
Céspedes y anulada, al enunciarse, por la esterilidad de 
gobernantes incapaces. 



CAPITULO QUINTO 


NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL 

SEGUNDA TOMA DE COLONIA 


La oposición al manlenimienio de Colonia y el proyecto fun¬ 
dacional de Montevideo; informes de Furtado de Mendonga y 
de Almeida e Oliveira. — El maestre de campo don Francisco 
Naper de Lencastre; sus antecedentes; sus ideas sobre el des¬ 
arrollo de la colonización portuguesa; fomento de Colonia bajo 
su administración. — El Tratado de Alianza de 1701; omisión 
de límites al dominio lusitano sobre el Río de la Plata; sus con¬ 
secuencias. — Decisión relativa a la población de Montevideo; 
sus fundamentos. — El desalojo de la guardia española de San 
Juan. — El gobernador Sebastiao de Veiga Cabral. — La gue¬ 
rra de Sucesión; sus derivaciones militares en el Plata. — Pre¬ 
parativos de la segunda campaña contra Colonia; Valdés Inclán 
y García Ros; organización del ejército hispanoguaraní en Santo 
Domingo Soriano. — Asedio de la ciudadela; su evacuación 
por Veiga Cabral. 


i 

T7 L pabellón portugués empezó a flotar sobre ruinas, 
pues al saqueo guaraní se unió el abandono del po¬ 
blado durante treinta meses bajo la acción destructora de 
vientos y lluvias. La tarea de reconstrucción de las vi¬ 
viendas lleVóse a cabo paralelamente a la erección de 
fortificaciones y a la división en solares de las tierras 
inmediatas. Entre los autores clásicos se admite el hecho 
de que Teixeira Chaves fué el segundo fundador de Co¬ 
lonia, y sin contestar la afirmación cabe señalar que su 
permanencia en la fortaleza renaciente no se prolongó, 
dejando aquélla a cargo del teniente de maestre de cam¬ 
po Christováo de Ornellas Abreu, quien se mantuvo en 
sus funciones durante cinco años. Las noticias reveladas 
sobre este funcionario le acusan de mala administración, 
insumiendo cantidades considerables a la hacienda real 
y efectuando un comercio ilícito en connivencia con el 
gobernador de Buenos Aires, que sólo redundaba en be- 



62 


NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL 


neficio de ambos. Estas intrigas, trasmitidas a Lisboa, 
coincidieron con un mensaje del gobernador de Río de 
Janeiro, Furtado de Mendonga, opuesto a la conservación 
de la atalaya platense, «de la cual no resultaba la menor 
utilidad, porque los castellanos de Buenos Aires en nin¬ 
guna forma permiten el más leve comercio, ni dan es¬ 
peranzas de que se pueda obtener en ningún tiempo, y 
así ni aquel pueblo ni la hacienda real sacan del pre¬ 
sidio conveniencia alguna, antes cuestan todos los años 
6:300$000»... El Consejo Ultramarino creyó deber ase¬ 
sorarse sobre el punto y solicitó el parecer del oidor ge¬ 
neral en Río, Thomé de Almeida e Oliveira, quien elevó 
su informe el 15 de junio de 1687, sosteniendo la con¬ 
veniencia de abandonar Colonia, cuya proximidad a Bue¬ 
nos Aires constituía una desventaja para los intereses lu¬ 
sitanos, y fundar un núcleo fortificado en Montevideo 
o Maldonado, llevando a uno de esos puntos a los elementos 
desocupados que pululaban en la ciudad carioca. Crono¬ 
lógicamente, es éste el primer documento de fuente lu¬ 
sitana que la investigación, lejos aun de terminarse, ha 
producido hasta la fecha sobre los orígenes de la capital 
uruguaya; él confirma, en primer término, el error inicial 
de la corona portuguesa al hacer de San Gabriel la base 
de su conquista cisplatina; pero revela también la ex¬ 
tensión del proceso preliminar de la fundación monte vi- 
dense, preconizada en pleno siglo XVII por los consejeros 
de los dos gobiernos peninsulares. 

Al comenzar el año de 1689, dos candidatos distingui¬ 
dos fueron propuestos por el Consejo Ultramarino a don 
Pedro II, ya coronado rey, para la jefatura de Colonia: 
don Sebastiáo de Castro e Caldas y don Francisco Naper 
de Lencastre. Optó el monarca por el segundo, reservando 
al primero la gobernación , de Río de Janeiro. Estaba Naper 
de Lencastre vinculado al linaje de los duques de Aveiro, 
y era un veterano de las empresas coloniales, habiendo 
asistido con Lobo a la derrota heroica de 1680 y acompa¬ 
ñándole en la^ primer etapa de su cautiverio, hasta que 
fué desterrado a Chile con Soares de Macedo y Farto; de 
retorno a Lisboa, desempeñó primero funciones militares 



63 


HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 

y realizó luego un viaje a las Indias mandando el buque 
San Francisco Xavier; convoyó al gobernador de Mazagán 
hasta su sede, y fue capitán del galeón Santiago; su nom¬ 
bramiento para el gobierno de la ciudadela platense le 
tomó sirviendo en la metrópoli a órdenes de don Gonzalo 
da Costa de Meneses, hermano de Manuel Lobo, que años 
más tarde debía ser gobernador general de Angola. Na- 
per de Lencastre obtuvo el título de «mestre de campo 
geral- da Nova Colonia do Sacramento» por carta regia 
del 15 de enero del año 1689 y partió sin demora para su 
sede donde había de permanecer diez años. 

Debe la historia a este procónsul varias informaciones 
y proyectos sobre la política de expansión portuguesa y 
la colonización del Plata, que revelan la audacia de sus 
concepciones y la seguridad de su pensamiento de esta¬ 
dista. En un extenso documento dirigido a su rey se con¬ 
vierte en franco sostenedor de la idea de fundar importan¬ 
tes poblaciones en Montevideo y Maldonado, describiendo 
la zona geográfica desde Colonia hasta Castillos, la fecun¬ 
didad de sus tierras, su riqueza de ganados y posibilidades 
futuras. «Esta tierra es mucho mejor todavía que la de la 
otra parte de Buenos Aires, porque a seis leguas de esta 
fortaleza está el río del Rosario y más adelante el de la 
Arboleda, así llamado por los muchos árboles que tiene, al 
cual sigue el río de Santa Lucía, navegable ocho o diez le¬ 
guas; cinco leguas más adelante se encuentra el de Monte 
Yidio, junto al monte del mismo nombre, con una ensenada 
e isla en la desembocadura capaz de dar entrada a los ma¬ 
yores navios y abrigada contra todos los vientos; el río es 
poco navegable y tiene menos leña que los demás, pero aun 
así entra también en él la fragata de V. M. Entre Monte 
Vidio y Maldonado hay otro río, cuyo nombre ignoro, 
de la misma capacidad que los demás; en todos ellos se 
podrán hacer de aquí en adelante grandes poblaciones..., 
principalmente el de Monte Vidio por el abrigo que ofre¬ 
ce a las grandes embarcaciones, sin obstáculo del paso 
del banco...» Don Francisco Naper de Lencastre se ade¬ 
lantaba a su tiempo y al desierto que se extendía ante 



64 


NAPER DE LENCASTRE Y V 


sus ojos de profeta; pero lejos de \nvvoni¿ar esta' .-.olv 
ciones civilizadoras sobre la base del abandono de Colonia 
afirmábase en el propósito de mantenerla, a condición 
de transformarla en un centro eficaz de cultivo, indus¬ 
tria y comercio, sin descuidar por ello su carácter de 
avanzada guerrera frente a las posesiones hispánicas:' En 
un nuevo informe que sometió al trono en 1694, noticiaba 
que remitía 6.000 cueros obtenidos del ganado muerto a 
escopeta solamente por catorce cazadores, lo que repre¬ 
sentaba un beneficio de 2.600 cruzados a la hacienda real, 
añadiendo que si contase con bastantes caballos y carros 
para conducirlos, la faena anual se elevaría a 25.000 cueros, 
cuyo flete bastaría para pagar el presupuesto de la plaza. 
Le habían bastado diez caballos para introducir en aqué¬ 
lla setecientas reses cogidas a lazo, lo qüe dejaba presu¬ 
mir la cantidad considerable que sería factible reunir con 
más elementos de movilidad. Señalaba el hecho de que 
los cultivos de trigo y legumbres bastaban ya al consumo 
de la población, y reclamaba la incorporación de familias 
de agricultores que intensificarían la producción para ex¬ 
portar harinas al Brasil, abaratando su coste. Sus elogios 
de la región merecen reproducirse textualmente: «El clima 
es tan sano que nunca hubo aquí fiebre maligna y rara 
vez muere algún hombre, no habiendo médico y casi nin¬ 
gún medicamento; la tierra es fértilísima en todas las 
frutas de España, muy capaz para vinos, porque a los dos 
años empiezan las viñas a dar fruto; el trigo renta este 
año de cuarenta a cincuenta fanegas por hanegada y no 
faltan las legumbres correspondientes; el ganado está tan 
cerca que la carne se trae en carros, sin que los ríos 
ofrezcan el menor obstáculo para el transporte» - Los da¬ 
tos sobre edificación muestran el estado de la ciudad en 
el citado año: se había ampliado la fortaleza, construídose 
almacenes, cuerpos de guardia, cuarteles, casas para ha¬ 
bitación y locales de labranza; pero solicitaba un aumento 
de la guarnición a cuatro compañías de infantería y un 
escuadrón de caballería; pedía cincuenta labradores ca¬ 
nsados, doscientos caballos y cincuenta yeguas, prometien¬ 
do rendimientos considerábles 'por el gasto que iba & 
efectuarse. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


65 


Una moral singular animaba a este prohombre de la 
conquista portuguesa, pues Lencastre no vacilaba en es¬ 
tampar en uno de sus escritos afirmaciones como la 
siguiente: 

Bastaría aue hubiera en esta Colonia siete u ocho lanchas para ha¬ 
cernos señores de este río y para no dejarlos nunca tranquilos (a los y 
españoles), principalmente en estos lugares que sin defensa alguna tienen 4 
en las márgenes de este río, en. el curso de sesenta leguas que hay 
hasta la ciudad de Santa Fe, con excelentes islas muy arborizadas donde 
esconderse y robar la plata que suele bajar del Perú y demás provincias 
por el camino de Córdoba. 


Sin embargo, a pesar de estos concretos propósitos de 
despojo, el gobernador supo dar a sus relaciones con los 
españoles una apariencia de cordialidad que favoreció su 
política de penetración. Obtuvo aue los navios mercantes 
portugueses llegasen a Buenos Aires y comerciasen con 
sus habitantes, aun contra la voluntad del Cabildo, que 
elevó al rey quejas insistentes y señaló el contrabando de 
productos que, desembarcados y expedidos sin ocultación 
alguna gracias a la cooperación del vecindario, permitían 
a éste abastecerse a menos coste. Tan ilegal como franco, 
el intercambio de mercadería atacaba el sistema prohi¬ 
bitivo de España v obligaba a reconocer las ventajas de 
la libertad deL tráfico para ambas poblaciones. 

Bajo la administración de Naper de Lencastre, Colonia 
dejó de ser un rancherío primitivo para adquirir el as¬ 
pecto de una ciudad progresista con plaza, iglesia y vi¬ 
viendas de piedra y ladrillo coronadas de teja; poseía 
mil habitantes ya en 1692, número que aumentaba anual¬ 
mente, contándose un centenar de familias de agricul¬ 
tores establecidas eñ las huertas de extramuros. Las 


fortificaciones tenían como cubierta una pared de tierra 
que circundaba el ejido, alta de quince pies y gruesa de 
veinte; la guarnición alcanzaba a cuatrocientos hombres 
de tropa regular; un buen servicio de policía, ejecutado 
por moradores y soldados, alejó a las indiadas adversas, 
y el fomento de la ciudad y las chacras se hizo tan evi¬ 
dente que el Cabildo bonaerense expresó al soberano es¬ 
pañol su temor de que la plaza vecina llegase a adquirir 
la importancia de una urbe europea. 


) 


3 



66 NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL 

En el seno del gabinete portugués llegó a apreciarse 
también de modo tan favorable la importancia de la ciu¬ 
dad platense, que el Consejo Ultramarino, al someter a 
don Pedro II los tres candidatos de práctica para la reno¬ 
vación del gobierno de Río de Janeiro, precedió la pro¬ 
posición de los siguientes fundamentos: 

Considerando que a ese gobierno (Río de Janeiro) le está subordinada 
la plaza de Nueva Colonia del Sacramento a la cual debe acudir no 
sólo con todos los medios para su defensa sino previniendo todas aquellas 
disposiciones que tiendan a su aumento; que podrán ofrecerse' muchas 
oportunidades para el servicio de V. M. en aquella capitanía, y cuyas 
consecuencias no lo serán menos en beneficio de los vasallos de V. M. 
que en el fomento de la hacienda real; .y acordándose por estas razones 
suma importancia a la elección de la persona que V. M. designará para 
ejercer aquél, etc.». 

Como queda dicho, la gestión de don Francisco Naper 
de Lencastre duró diez años en la fortaleza lusitana, y 
al vigor con que concurrió a gobernarla deben atribuirse 
los actos de autoritarismo de que se le acusó. El gober¬ 
nador de Río, Sebastiáo de Castro e Caldas, formuló 
quejas contra él; varios oficiales de la guarnición acudie¬ 
ron al Consejo Ultramarino en demanda de justicia; ios 
religiosos no fueron mejor tratados, y uno de ellos, per¬ 
teneciente a la Compañía de Jesús, se retiró de Colonia: 
y entre los documentos del Archivo de Lisboa hay una 
representación constituida por el sargento mayor Francis¬ 
co Ribeiro, en nombre de los vecinos de la plaza, contra 
el gobernador. Este elevó su dimisión y solicitó la forma¬ 
ción de su juicio de residencia, pero el rey don Pedro 
le mantuvo en el ejercicio de sus funciones hasta 1699. 
en que fué sustituido por Sebastiáo da Veiga Cabral. 

II 

El siglo XVIII abrió para la metrópoli española con 
la proclamación del rey don Felipe V, cuyo primer acto 
internacional favoreció de manera decisiva la política co¬ 
lonial lusitana. En efecto, el 18 de junio de 1701 se fir¬ 
mó en Lisboa un Tratado de Alianza entre España y Por¬ 
tugal, uno de cuyos artículos, el 14, reproducimos aquí para 
la mejor comprensión de sus derivaciones inmediatas 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


67 


Y para conservar la firme amistad y alianza que se procura con¬ 
seguir con. este Tratado, y quitar todos los motivos que pueden ser 
contrarios a este efecto. Su Majestad Católica cede y renuncia todo y cual¬ 
quier derecho que pueda tener en las tierras sobre que se hizo el Tratado 
Provisional entre ambas coronas el 7 de mayo de 1681, y que se halla 
situada la Colonia del Sacramento: el cual Tratado quedará sin efecto, 
y el dominio de la dicha Colonia y uso del campo a la corona de Portugal, 
como al presente lo tiene. 

Dos observaciones surgen de la lectura de esta cláusula: 
la primera, el renunciamiento total y definitivo que im¬ 
plicaba la posesión de tierras que España había conside¬ 
rado inobjetablemente suyas desde su descubrimiento, y 
acerca de las cuales el Tratado Provisional de 1681 no 
significó una abdicación de derechos; y la segunda, la 
omisión de límites al dominio portugués sobre la costa 
oriental del Plata y su correspondiente «hinterland». En 
efecto, la renuncia se refiere «a las tierras sobre que se 
hizo el Tratado Provisional», sin especificar su térmipo; 
y la vaguedad aumenta al comprender en la cesión «el 
dominio de la dicha Colonia y uso del campo». Pero ¿dónde 
empezaba y dónde concluía ese campo, o campaña, o te¬ 
rritorio? Ni el convenio lo dice ni cabe atribuir a igno¬ 
rancia o negligencia de los negociadores esta ausencia de 
lindes o fronteras en un pacto que debía precisamente 
fijar la jurisdicción de las dos potencias coloniales. La 
interpretación más lógica a aplicar a ese texto sin limi¬ 
taciones es la de que la cesión comprendía toda la banda 
de tierra y costa que caía bajo la influencia militar de la 
plaza de Colonia, único centro civilizado y fortificado de 
una región en la cual no había un caserío, ni una enseña, 
ni un cañón hispano. El silencio del convenio fué, con’ 
certeza, intencional, a fin de disimular el ensanche con¬ 
siderable que adquirían las posesiones lusitanas, y que 
el rey Felipe acordaba, conjuntamente con los demás be¬ 
neficios del Tratado, como de obtener el reconocimiento 
de Portugal a su elevación al trono de España. Así, una 
vez más, se sacrificaban intereses vitales y territorios vas¬ 
tos en razón de una conveniencia personal; tristes conse¬ 
cuencias del poder absoluto, que no vaciló nunca en co¬ 
locar sus abusos por encima de los destinos de los pueblos. 

Aqúella interpretación de que, según el texto el Tra¬ 
tado, o mejor dicho, de la falta de un texto concreto, 



68 


NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL 


dilataba la jurisdicción lusitana desde la boca del Uruguay 
hasta el Atlántico, fué la que los hombres de Estado, los 
colonizadores y los soldados de Portugal acordaron al 
contrato del 18 de junio, pues apenas éste se revistió* de 
las firmas y sellos se produjo un hecho que la historia ha 
parecido ignorar hasta hoy: la resolución del gabinete de 
Lisboa de proceder sin demora a la fundación de Monte¬ 
video, sugerida por sus consejeros desde 1687. En la pro-, 
posición que el Consejo Ultramarino elevó al rey don Pe¬ 
dro con fecha 29 de octubre de 1701, se expone con toda 
claridad el fundamento de la decisión. 

Fué servida V. M. mandar declarar que por el Tratado de nueva alianza 
que hiciera con el rey católico le cediera el derecho y uso de la campaña 
de la Nueva Colonia del Sacramento, y por ser conveniente para una y otra 
corona que éstas se fortifiquen en los sitios más a propósito para su de¬ 
fensa, a fin de que no sean ocupados por enemigos de ambas; que se tra¬ 
taría luego de la fortificación de la Nueva Colonia del Sacramento, para 
que quede con la defensa de que necesita, y se mandaría también hacer una 
fortificación en Montevideo, poblándolo, como también después un fuerte 
en la isla de Maldonado, según lo permitan el terreno y la buena elección 
de ingeniero para la defensa de las embarcaciones que surquen aquel punto; 
y que este Consejo consulte los cargos que deben crearse, quedando con¬ 
venido que el gobernador de Montevideo no ha de estar bajo la dependencia 
del gobernador de la Nueva Colonia del Sacramento. Y satisfaciendo lo 
que V. M. ordena, representa a V. M. que los puestos que deben crearse 
para guarnición de Montevideo son un gobernador, un sargento mayor, 
cinco capitanes, etc. 

Aquella interpretación tendiente a afirmar que toda la 
margen oriental del estuario quedaba bajo la soberanía 
de Portugal, se encuentra igualmente documentada en una 
nota que el nuevo gobernador de Río de Janeiro, don Al¬ 
varo da Silveira da Albuquerque, envió a su soberano el 
30 de agosto de 1703, confirmando otra análoga emanada 
del maestre de campo Francisco de Castro e Moraes. Se 
trataba de obtener la evacuación del destacamento de cin¬ 
cuenta hombres de caballería que los españoles mante¬ 
nían permanentemente en la costa del arroyo San Juan, 
próximo a la ciudadela, desde la toma de ésta, en 1680; 
y el argumento del gobernador citado se basa concreta¬ 
mente en las disposiciones del Tratado del 18 de junio. 

por el nuevo Tratado que se hizo entre esta corona y la de Castilla se 
declara en el tercer capítulo (1) que V. M. sería señor absoluto de dicha 

(1) Se incurre en error al citar el capítulo tercero: la cesión está 
contenida en el artículo XIV del Tratado. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


69 


isla de San Gabriel y Nueva Colonia, en la forma que lo pretendió el añ(K 
que vino a esa corte el duque de Jovenazo a tratar de esa materia, paré- 
cerne que no debe detenerse en la ejecución de esta posesión solamente 
en la dicha Colonia, porque por las noticias que me dió el proveedor 
de real hacienda Luiz López Pegado... hallo que dicha posesión debe 
extenderse a todas las demás tierras que se siguen y que quedan en 
la parte de la margen del Río de la Plata oriental, como bien se declara 
en el capítulo fojas 27 de un papel impreso que dicho proveedor me 
enseñó, en que se dan las verdaderas noticias de todo lo que se propone 
esta corona, pues el rey católico ha cedido del todo el derecho que podía 
corresponderle a dichas tierras, y en estos términos entiendo que debe 
luego desocupar el arroyo de San Juan, que está a cinco leguas de 
nuestra Colonia, donde está una guardia de cincuenta caballos castellanos. 

Sin embargo, poco habían de tardar en desvanecerse 
estas opiniones, demasiado halagüeñas, si se tiene en cuen¬ 
ta que sólo se fundaban en contratos de circunstancias. 
Una mutua desconfianza minó en las cortes signatarias el 
de 1701, y apenas había transcurrido un año desde la fe¬ 
cha de su sello, el rey Felipe V encaraba la emergencia 
de su falta de cumplimiento y daba instruciones de repre¬ 
salia a su representante en Lisboa. Fundados motivos de¬ 
jaban creer al monarca que el Tratado de Alianza con¬ 
venido no sería ejecutado por la potencia limítrofe; había 
obtenido ya de ésta el difícil reconocimiento de su ascen¬ 
ción al trono; y un indudable arrepentimiento le sugería 
el propósito de reitegrar a su corona el dominio de Colonia, 
que dejaba ya de ser un punto aislado y fácilmente ata¬ 
cable, para extenderse hacia todas las tierras bañadas por 
el Plata. Por carta que dirigió a su embajador, marqués 
de Capecelatro, el 11 de julio de 1702, ordenábale que en 
el caso de incumplimiento del'pacto «procuréis con toda 
la destreza y maña que os dictarán vuestra prudencia, y 
celo a mi servicio restringir y anular los puntos del Tra¬ 
tado con que se costeó la alianza, siendo el primero que 
debéis disputar el de Colonia del Sacramento, en que se 
anula el Tratado Provisional de 1681, y se deja el dominio 
de la Colonia y el uso de la campaña a la de Portugal». 

Estas disposiciones del supremo poder público español, 
al amenazar la existencia del Tratado, no solamente obsta¬ 
culizaban los proyectos portugueses de erigir nuevas po¬ 
blaciones, sino que comprometían la existencia en sus ma- 
nos del baluarte platense, base de las ejecuciones planea¬ 
das. El peligro llegó a conocimiento del rey don Pedro al 



70 


NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL, 


mismo tiempo que los fundamentos de la oposición decla¬ 
rada por el gobernador de Colonia, Sebastiáo da Veiga 
Cabral, al propósito de fundar Montevideo. Dicho magis¬ 
trado hubo de ser sustituido en su cargo por el maestre 
de campo Francisco de Castro e Moraes, citado más arribad 
y hermano político del ex gobernador Duarte Teixeira 
Chaves; su nombramiento llegó a efectuarse, pero diver¬ 
sas circunstancias decidieron la continuación en el mando 
de Veiga Cabral, cuyo criterio, adverso a la idea de dis¬ 
traer elementos pobladores fuera de la plaza coloniense, 
encontró apoyo en el seno del Consejo Ultramarino. En una 
carta al soberano expuso los motivos de oposición, y sus 
términos sorprenden por su firme concisión tan diferente 
del estilo administrativo de la época, repetidor y difuso. 
«La colonia de Montevidio — decía textualmente — no 
debe edificarse para perderse: debe hacerse para conser¬ 
varse. Esta conservación de Montevidio no sólo es difícil, 
sino imposible, porque hay dificultad invencible en con¬ 
servar poblaciones sin leña, y hay imposibilidad rigurosa 
de mantener poblaciones sin agua. Esta dista de Monte¬ 
vidio cinco leguas, y la leña siete. Edificar junto al agua 
dulce, metiendo la población tierra adentro, es apartar a 
los moradores de la playa... No hay necesidad alguna de 
fundación en aquel paraje, pero la hay en estas tierras, 
en que una fundación puede hacerse sin los referidos in¬ 
convenientes». El gobernador insistía en acumular pobla¬ 
dores y fuerzas en Colonia; pero admitiendo la convenien¬ 
cia de no desamparar la extensa banda desde esta ciudad 
hasta el Atlántico, sugería la solución de establecer pun¬ 
tos defensivos. «Para seguridad y guarda de la costa debe 
hacerse una fortaleza en Maldonado, con buena artillería 
y doscientos hombres de presidio; (1) en Montevidio otra 
con cien hombres; y entre ésta y aquélla una atalaya con 
treinta». 

Las observaciones de Veiga Cabral llegaron a Lisboa 
en momentos en que se incubaba en Europa la guerra 


(1) El vocablo presidio no se empleaba antiguamente en su única 
acepción actual como sinónimo de cárcel o colonia penitenciaría, sino 
también como equivalencia de guarnición de un castillo, fortaleza o 
plaza fuerte. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


71 


de Sucesión, que puso frente a. la coalición formada por 
Inglaterra, Alemania y Holanda a la constituida por Es¬ 
paña, Francia y Baviera. La diplomacia inglesa maniobró 
en el sentido de incorporar a Portugal a su alianza, y al 
obtenerlo se produjo el consiguiente rompimiento de esta 
nación con su vecina; pero una previsión elemental ante 
los acontecimientos en gestación había decidido al rey don 
Pedro II a aplazar la ejecución del proyecto de fundar 
Montevideo; las razones expuestas por el gobernador de 
la ciudadela platense llegaron en una hora oportuna, y 
el 1 de marzo de 1703 el Consejo Ultramarino elevaba 
a la firma del monarca la resolución expuesta, y destinaba 
a reforzar la guarnición mandada por Veiga Cabral las 
fuerzas alistadas en Río de Janeiro pra establecerse en 
Montevideo. 


III 

Si Colonia del Sacramento fué ajena esta vez a las 
complicaciones que originaron la guerra europea, no pudo 
serlo de sus derivaciones militares. Ya tres semanas antes 
de darse en Madrid los pasaportes al embajador de Por¬ 
tugal, don Felipe V había escrito al virrey de Lima, conde 
de la Moncloa, disponiendo la conducción de medidas para 
desalojar a los ocupantes de la ciudadela; ello prueba que, 
aunque solicitado por graves preocupaciones en Europa, 
el ánimo del monarca seguía acordando esencial interés 
a la reintegración urgente de Colonia a sus dominios. El 
virrey trasmitió las órdenes al gobernador de Buenos Ai¬ 
res, don Alonso de Valdés Inclán, que habíase hecho car¬ 
go de su puesto un año antes, y que se apresuró a proceder 
de manera semejante a su antecesor, don José de Garro, 
en la organización de la campaña de 1680. Repitióse la 
historia de veinticinco años atrás; y solicitados contingentes 
armados de Santa Fe y Corrientes, uniéronse a los de la 
capital y vadearon el Uruguay para incorporarse en Santo 
Domingo Soriano a las fuerzas guaraníes que bajaron de 
Misiones con sus caciques y capellanes, en número de 
cuatro mil hombres. Dirigió la concentración el capitán 



72 


NAPER DE LENCASTRE Y VEIGA CABRAL 


Andrés Gómez de la Quintana, que permaneció en Soriano 
desde fines de julio hasta comienzos de octubre de 1704, 
preparando la organización de esa campaña. 

Constituido el ejército más numeroso y mejor pertre¬ 
chado que había operado hasta entonces en la cuenca del 
estuario, tomó su mando el sargento mayor don Baltasar 
García Ros, personalidad que acreditó más tarde relevan¬ 
tes calidades en el ejercicio de las gobernaciones del Pa¬ 
raguay y el Plata, y uno de los pocos hombres capaces 
de dirigirse a la corona con independencia en los asuntos 
de su jurisdicción. La marcha hacia el sur se realizó sin 
incidencias, y el 18 de octubre las tropas establecieron el 
asedio de la plaza. Había tenido ésta tiempo suficiente para 
recibir a sus enemigos, y al perfeccionamiento de las for¬ 
tificaciones se unieron refuerzos de hombres y víveres pro¬ 
cedentes del Brasil, lo que aumentó la guarnición a sete¬ 
cientos soldados. Aun así su número era considerablemen¬ 
te inferior al de los atacantes, fuertes en seis mil plazas, 
de las cuales un tercio eran españoles y mestizos. 

La conducta de los indios fué esta vez satisfactoria, 
según el testimonio de Gómez de la Quintana, y tanto en 
la construcción de reductos, fosos y baterías, como en los 
combates que siguieron, demostraron excelentes aptitudes. 
Actuaron en el sitio bajo la jefatura de sus caudillos, cua¬ 
tro de los cuales eran graduados maestres de campo; acom¬ 
pañáronles cuatro padres jesuítas y tres cirujanos de la 
misma Orden. 

En este nuevo episodio de su existencia guerrera no 
era ya Colonia la débil ciudadela con baluartes de tierra 
y ranchos diseminados que Manuel Lobo había opuesto 
al ataque de Vera Muxica: durante los veinte años corridos 
desde su devolución al lusitano, habíase convertido en una 
plaza fuerte capaz de sostener un sitio en regla; y a pesar 
de la diferencia numérica con sus contrarios, Veiga Cabral 
no cejó en su resolución de defenderla. Dividiéronse las 
opiniones en el campo sitiador acerca de los procedimien¬ 
tos a emplearse para apoderarse de ella; y mientras unos 
jefes se inclinaban por la solución del asalto, basándose en 
un precedente feliz, otros preconizaban la rendición por 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


73 


el hambre, persuadidos de la eficacia de los medios de 
defensa con que iban a chocar, al mismo tiempo que de 
la limitación forzosa de los víveres que la fortaleza estaba 
en la imposibilidad de renovar. En efecto, una pequeña 
flota cooperaba al bloqueo e impedía todo abastecimiento 
por el frente marítimo. 

Prevaleció, por último, este temperamento en una jun¬ 
ta de guerra que se celebró bajo la presidencia del go¬ 
bernador Valdés Inclán, quien se trasladó al efecto desde 
Buenos Aires; y no dejó de influir en la determinación el 
fracaso de un ataque parcial tentado por fuerzas misioneras, 
rechazadas con fuertes pérdidas al pretender el escala¬ 
miento de las murallas. 

Entretanto, temían justificadamente las altas autori¬ 
dades del Brasil por la suerte de la ciudadela, librada a 
sus solos recursos; nunca como entonces se verificó su 
peligrosa situación de avanzada sin contacto con sus ba¬ 
ses, y cuyo aprovisionamiento en municiones y víveres 
exigía una semana de viaje y un combate naval victorioso 
antes de entrar en el puerto. El gobernador general del 
Brasil, don Rodrigo da Costa, y el de Río de Janeiro, don 
Alvaro de Sequeira, de acuerdo con sus asesores militares, 
adoptaron la decisión de enviar a las aguas de Colonia una 
armada capaz de forzar el bloqueo y proceder a la eva¬ 
cuación de los vecinos y las tropas. Esta medida había 
sido ya insinuada desde Lisboa al declararse la guerra 
con España, y fué aprobada después de su ejecución. En 
su virtud, partieron cuatro navios al mando del capitán 
de mar y guerra Amaro José de Mendonga, que sostuvieron 
a mediados de marzo de 1705 la batalla prevista con la 
división naval española que dirigía el capitán José de 
Ibarra y Lazcano; la inferioridad de sus buques obligó 
a este marino a retirarse, operándose entonces libremente 
el embarque de la guarnición y familias de la plaza, que 
arribaron a Río el 23 de abril. Antes de partir, Veiga 
Cabral ordenó el incendio de algunos edificios y abandonó 
parte de la artillería ante la imposibilidad de transpor¬ 
tarla. 

El ejército hispanoguaraní entró en Colonia y la ruina 
de la población lusitana consumóse por segunda vez. 



CAPITULO SEXTO 


EL TRATADO DE UTRECHT 

LA REPOBLACION BAJO GOMES BARBOSA 

El lelargo de 1705 a 1715; error español del abandono de la 
ciudadela. — El Consejo de Indias contrario a una nueva cesión. 
—Tratado de Utrecht; cláusulas categóricas sobre Colonia y su 
territorio. — La oposición del gobernador García Ros; sus fun¬ 
damentos. — El proyecto fundacional de Montevideo, conse¬ 
cuencia de la devolución de Colonia. — El maestre de campo 
Manuel Gomes Barbosa. — Medidas para la reconstrucción del 
poblado; llegada de familias de Tras-os-Montes; erección de 
nuevas fortificaciones; el empréstito de 1717. — Juicio de Pe- 
reira de Sá sobre el gobierno de Gomes Barbosa. 


i 

XX UBO un letargo de diez años en la historia de Colonia 
del Sacramento, desde 1705 hasta 1715. Poseída por 
los españoles, no utilizaron éstos aquella década para re¬ 
poblarla con elementos propios e imprimirle carácter na¬ 
cional, factor que hubiera pesado en las disputas poste¬ 
riores. Las fuentes portuguesas también guardan silencio 
acerca de aquel lapso, durante cuya mayor parte el país 
guerreó en Europa, vió a Río de Janeiro tomado por los 
franceses y asistió a la muerte de don Pedro II, promotor 
de sus vastas empresas coloniales. Sólo al finalizar la 
guerra de Sucesión y firmarse en Utrecht la paz general, 
volvió a plantearse el problema del dominio de la forta¬ 
leza del Plata. 

Este asunto, que desde hacía treinta y cinco años tenía 
carácter colonial, tornóse europeo al intervenir varias po¬ 
tencias en su discusión; y aunque el ajuste que le dió 
solución fué firmado sólo por plenipotencia 1 os españoles 
y portugueses, tomaron parte en las negoc ciones repre¬ 
sentantes de otras cortes, especialmente Ls de la reina 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


75 


Ana de Inglaterra. Advirtióse desde el primer contacto 
que Portugar reivindicaría su posición en el Plata, y en 
el interés de mantenerla y proporcionar una base com¬ 
pleta a la diplomacia española, el Consejo de Indias pro¬ 
nunció un extenso informe contrario a la idea de un nue¬ 
vo renunciamiento; historiaba en él el conflicto desde sus 
orígenes; hacía argumento de la declinación portuguesa 
de someter al arbitraje papal el asunto, a pesar de haber 
convenido en ello; y exponía los perjuicios de un esta¬ 
blecimiento extranjero en el seno de la jurisdicción his¬ 
pánica. El documento fué elevado a tiempo al rey Felipe, 
pero sus efectos resultaron nulos, y llegada la hora de las 
decisiones definitivas el duque de Osuna selló en Utrecht, 
con los representantes lusitanos conde de Tauroca y don 
Luiz de Acunha, el Tratado del 6 de febrero de 1715, que 
contenía una nueva y formal abdicación de los derechos 
españoles sobre Colonia y su territorio en favor de la 
corona portuguesa. 

En realidad, hubiera bastado una declaración mediante 
la cual volvía a entrar en vigor la cláusula 14 del anterior 
convenio de 1701, que cedía «Colonia y su campo» a 
Portugal; pero dicha fórmula pareció insuficiente a los 
comisarios del rey don Juan V, quienes desearon forma¬ 
lizar el traspaso de modo tan claro, categórico y defi¬ 
nitivo, que exigieron una redacción que sorprende por 
lo absoluto de sus términos y que imposibilitaba toda ter¬ 
giversación, reserva o interpretación de futuro escape, aun 
ientro de la más hábil mala fe. El artículo VI expresaba 
«que su Majestad Católica no solamente volverá a su 
Majestad portuguesa el territorio y Colonia del Sacramen¬ 
to... sino también cederá en su nombre y en el de todos 
sus descendientes, sucesores y herederos, toda acción y de¬ 
recho que pretendía tener sobre el dicho territorio y Co- 
onia, haciendo la dicha cesión en los términos más firmes y 
mas auténticos... a fin que el dicho territorio y Colonia que¬ 
den comprendidos en los dominios de la corona de Por- 

a i»oV ; 61 Tratado Provisional concluido el 7 de mayo 
e 781 quedará sin efecto ni vigor alguno». Los pleni¬ 
potenciarios portugueses llevaron su previsión hasta el 



76 el tratado de utrecht 

punto de incluir una disposición en el artículo 8 9 , desti¬ 
nada a presionar a los funcionarios españoles encargados 
de ejecutar la entrega: «No solamente enviará Su Majestad 
Católica sus órdenes en derechura al gobernador de Bue¬ 
nos Aires para hacer la entrega, sino que dará también 
un duplicado de dichas órdenes, con una prevención tan 
precisa al dicho gobernador, que no pueda bajo pretexto 
alguno, o caso no previsto, diferir la ejecución, aunque no 
haya recibido todavía las primeras». Hay que reconocer 
que se trataba de una cláusula humillante, pues ella sig¬ 
nificaba que se consideraba al gobierno español como ca¬ 
paz de no enviar instrucciones conformes al Tratado al 
gobernador del Río de la Plata; de ahí la exigencia del du¬ 
plicado, que sería exhibido por el comisionado portugués 
para la devolución de la ciudadela, que la obtendría aun¬ 
que el gobernador no hubiera recibido todavía las órdenes 
pactadas... 

El duque de Osuna intentó salvar la faz de esta penosa 
convención, obteniendo una disposición que decía «que aun¬ 
que Su Majestad Católica cede desde ahora el territorio 
y Colonia del Sacramento... podrá, no obstante, ofrecer 
un equivalente por la dicha Colonia, que sea a gusto y 
satisfacción de Su Majestad portuguesa». Es innecesario 
añadir que no había compensación aceptable, como los 
hechos lo demostraron. 

Era gobernador interino de Buenos Aires el coronel 
don Baltasar García Ros, que había mandado en jefe el 
ejército de operaciones contra Colonia durante la última 
campaña. Antes de recibir el texto del Tratado, conociólo 
por la lectura de una gaceta inglesa, lo que dió motivo 
a que dirigiera al rey don Felipe V un extenso documento 
que era la expresión de las ideas y sentimientos dominan¬ 
tes en la jurisdicción. A pesar de lo claro y terminante 
de la cesión, García Ros demuestra su perplejidad ante 
los términos «Colonia del Sacramento y su territorio», 
hallándoles una triple interpretación, una de las cuales 
era exacta en el sentido de aplicarse a toda la campaña 
septentrional del Río de la Plata, es decir, que reiteraba 
lo establecido tácitamente en el Tratado de Alianza de 



HISTORIA DÉ COLONIA DEL SACRAMENTO 


77 


1701. Tampoco en el de Utrecht se imponían limitaciones 
al dominio lusitano, ni se concretaba dónde terminaba la 
jurisdicción de la jplaza; pero aquí aparece esta vez una 
muestra de la habilidad del gobierno español, que fun¬ 
dándose precisamente en la falta de límites, dió por sen¬ 
tado que ellos se definían por sí solos en los confínes 
del territorio inmediato a Colonia, o como decía García Ros 
«donde estaba la fortaleza y su circunvalación, a distancia 
de tiro de cañón». Esta interpretación, tan contraría a 
la portuguesa, prueba que ambas partes realizaban pactos 
bajo la presión de circunstancias críticas, pero con la re¬ 
serva mental de modificar su sentido a la conveniencia 
de cada una; y es necesario consignar que aquella medida 
de previsión que llevó a los comisarios lusitanos a exigir 
«órdenes en derechura al gobernador de Buenos Aíres», 
y que ellas le fuesen expedidas en duplicado, demostró 
tener completa justificación, pues García Ros expresó ai 
rey en el último párrafo de su carta, que aunque le llegara 
el duplicado de las órdenes, juzgaba que no debería cum¬ 
plirlas hasta que S. M. lo mandase nuevamente, y esto 
después que hubiese leído el dictamen que le dirigía... 
Como puede verse, el celo de algunos representantes de la 
corona española llegaba hasta el punto de negar obe¬ 
diencia a un solemne Tratado y acatamiento a las ins¬ 
trucciones de ejecución. 

Pues bien, sí el convenio de 1701 decidió al gobierno 
portug ués, al día siguiente de su firma, a decretar la fun¬ 
dación de Montevideo, cuya ejecución se víó obligado a 
aplazar desde sus prolegómenos, el Tratado de 1715 tuvo 
una proyección idéntica por parte del gobierno españoL 
Puede decirse que los sellos de Utrecht se imprimieron 
luego sobre las reales cédulas que Felipe V dirigió a 
García Ros y a su sucesor compeliéndoles a erigir forti¬ 
ficaciones en Montevideo y Maldonado. Desde 1715 hasta 
1724 las instrucciones se reiteran, y ante su incumplimiento 
surge para Zabala la amenaza del proceso. La necesidad 
de oponer un obstáculo armado sobre la ruta del Brasil 
a Colonia llegó a obsesionar a Felipe Y, que después de 
la abdicación territorial de Utrecht experimentó grandes 




78 


EL TRATADO DE UTRECHT 


sobresaltos de conciencia; de ahí las consultas que dirigió 
a su confesor, el padre jesuíta Guillermo Daubenton, cu¬ 
yas respuestas denotan la sutileza de su argumentación; 
y quienes hayan seguido las vicisitudes del proceso his¬ 
tórico de la ciudadela lusitana desde sus orígenes, tienen 
que estar persuadidos que la actual capital uruguaya de¬ 
bió su origen a la encarnizada pugna coloniense. 

II 

Volvamos a esa plaza, con sus fortificaciones demolidas, 
sus viviendas abandonadas y semidestruídas, y sus vías 
de tránsito cubiertas de cardales... El 20 de setiembre 
de 1715 don Juan V firmó la provisión del puesto de go¬ 
bernador, que recayó en el maestre de campo Manuel Go¬ 
mes Barbosa, a la sazón en el ejercicio del mismo 
cargo en la fortaleza y villa de Santos; y dos semanas 
después fuéronle expedidas las instrucciones que debían 
regir .la toma de posesión de Colonia. 

Gomes Barbosa había comenzado su carrera como sim¬ 
ple soldado de la armada, a bordo de la fragata Nuestra 
Señora de la Gloria, en 1692; trasladado a las fuerzas de 
tierra, tomó parte en la pacificación de la ciudad de Braga, 
sublevada contra su arzobispo; en 1696 pasó a Argel, y 
luego a Oporto, donde fué ascendido a alférez; prestó 
servicios en la India, y promovido a capitán se le halla 
más tarde de guarnición en la provincia de Tras-os-Mon- 
tes, embarcando luego para las islas Azores; con el grado 
de sargento mayor asistió a la campaña de 1703, durante 
la guerra de Sucesión, tomando parte en la reconquista 
de la villa y castillo de Monsanto; al año siguiente se le 
encuentra en los sitios de Valencia de Alcántara, Badajoz 
y Monzón; distinguióse en los combates de Murcia, y las 
comisiones recibidas le condujeron luego a Madrid, donde 
prestó homenaje al archiduque Carlos. Hecho prisionero 
en la batalla de Almanza, fué llevado a Francia, y al re¬ 
cobrar su libertad ascendido a teniente coronel de in¬ 
fantería; su nombramiento de gobernador de Santos y pro- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 79 

moción al grado de maestre de campo tienen la fecha del 
20 de noviembre de 1709; llevaba, pues, casi siete años 
en el ejercicio de aquel alto cargo al confiársele la difícil 
misión de reconstruir y repoblar Colonia. 

Inició su cometido trasladándose a. Río de Janeiro, don¬ 
de el gobernador cooperó activamente a los preparativos 
de la nueva expedición, cuya base militar se constituyó 
con dos compañías de infantería d\l tercio mandado por 
Manuel de Almeida. Al arribar al Piala halló mal dispuesto, 
como era de preverse, al gobernador García Ros, pero 
las profundas diferencias de criterio de los dos comisarios 
reales hubieron de ceder ante la claridad del texto relativo 
a Colonia. Cronistas mal documentados han presentado 
como intolerable la actitud de Gomes Barbosa, al preten¬ 
der éste que se le reconociera el derecho de ocupar doscien¬ 
tas leguas de costa y otras tantas tierras hacia el interior, 
con el consiguiente desalojo de la guardia establecida por 
los españoles en el arroyo San Juan. Pero la verdad es 
que aquel soldado procedió ajustándose a' las instrucciones 
rigurosas que había recibido de su rey, y de acuerdo con 
ellas supo inclinarse ante la resistencia de García Ros y 
recibirse únicamente del punto geográfico de San Gabriel, 
elevando la protesta ordenada a título de antecedente para 
futuras negociaciones. Tomó posesión de su sede el 16 de 
noviembre de 1716. 


III 

GaQjes Barbosa está considerado a justo título como 
el nueve^^&ada ^or de CoIom a_agl Sacramento. Su adfrTh> 
mstra eión co ñlgidio con superíodode actividad del Con¬ 
sejo Ultramarino, vivamente interesado en acrecer la im¬ 
portancia de aquella plaza; los documentos de 1716 a 1718 
revelan los numerosos asuntos que fueron despachados, 
todos tendientes al mismo fin; y entre ellos el más esencial, 
relativo a la repoblación de la ciudad aniquilada^ El sar¬ 
gento mayor Antonio Rodrigues Carneiro, a la sázón en 
Portugal, fué designado para ejercer la subjefatura, con 
la misión previa de reunir elementos colonizadores; sus 



80 


EL TRATADO DE UTRECHT 


gestiones obtuvieron éxito, y un núcleo de sesenta familias 
de agricultores, originarios de la provincia de Tras-os- 
Montes, embarcóse en Oporto con destino a Río de Janeiro, 
instituyéndose una matrícula cuyo conocimiento hubiera 
sido interesante; ante la posibilidad de nuevas emergencias 
hostiles los hombres fueron provistos de armas y municio¬ 
nes; y llegadas a la ciudad carioca reembarcáronse las 
familias en varias sumacas, que convoyadas por un navio 
de guerra zarparon para Colonia. Allí se las dotó de ins¬ 
trumentos de labranza; dispúsose el envío de medicinas 
y provisiones de boca para seis meses, a la espera de las 
primeras cosechas, para cuyo efecto se les acordó una 
cantidad de granos; expidiéronse instrucciones acerca del 
reparto de tierras, bueyes y caballos, y designóse un al¬ 
mojarife para atender los detalles de la administración. 

Una manifestación del espíritu de la época se encuen¬ 
tra en la cooperación financiera excepcional que se dió 
a varios linajes aristocráticos que manifestaron deseos de 
incorporarse a la población, Moraes. Mesquita, Araujo, entre 
otros, expresándose por decreto gubernativo que el privi¬ 
legio se fundaba «por ser personas de las principales 
familias y convenir al servicio de S. M. que se dé principio 
a la Nova Colonia con tan nobles pobladores, que en 
tiempos futuros contribuirán a distinguirla». 

Respecto de las fortificaciones, resolvióse su erección 
en los mismos puntos donde habían estado ubicadas las an¬ 
teriores, demolidas por García Ros en 1705; construyéronse 
cuatro baluartes bajo la dirección de un ingeniero militar 
que se hizo venir de Río de Janeiro; treinta y dos piezas 
de artillería fueron transportadas desde Portugal, y la 
guarnición se constituyó con quinientos hombres de in¬ 
fantería y dos escuadrones de caballería. El gobernador 
organizó, además, compañías de ordenanza con los vecinos 
de la plaza y colonos de las chacras. 

El 1 de octubre de 1717 se emitió en Río un emprés¬ 
tito de 50.000 cruzados destinado a la reconstrucción de 
Colonia. 

Las reparaciones de la iglesia fueron hechas bajo la 
vigilancia del párroco, P. Manuel Soeiro de Moraes, natural 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 81 

de la villa de Mogadouro, que fué luego sustituido por el 
P. José de Pinna. Desempeñó el cargo de escribano de 
hacienda y matrícula don José Pereira da Silva Falcao, 
hasta su reemplazo por Domingos de Sequeira de Araujo; 
y las funciones de cirujano mayor por Balthazar dos ReiS 
Perevra. Bajo la administración competente y enérgica 
del maestre de campo Gomes Barbosa, la ciudad resurgió, 
al fin, tan próspera como lo estaba al producirse la rup¬ 
tura de 1704; y la Lusitania entrevista en los sueños de 
Lobo el Fundador, aparecía animada y viviente a la vista 
de los bajeles portugueses que llegaban a su puerto como 
a una meta feliz y promisora... Refiriéndose a la gestión 
del gobernador, Pereira de Sá, en su Historia iopographicá 
e bellica da Nova Colonia, dice «que al mismo tiempo que 
de las fortificaciones preocupóse del bien público, civili¬ 
zando a los moradores; dió impulso al trabajo de las cha¬ 
cras, dividiéndolas en dos partes, las chacras del barrio 
norte y las del barrio sur, por medio de bellas avenidas». 
Gomes Barbosa se ausentó de la ciudadela después de 
cinco años de fecundo gobierno. 



CAPITULO SEPTIMO 


LA DEFENSA DE VASCONCELLOS 


La ciudad en 1722; dalos estadísticos; progresos edilicios. _ 

La fundación de Montevideo, factor decisivo en la lucha secular 
contra , Colonia. — Misión del gobernador don Miguel de Sal¬ 
cedo; reanudación de la guerra contra la posesión portuguesa; 
la expedición de 1735. — Defensas y organización de la plaza; 
documentación de Ferreira da Silva. —- Veintidós meses de 
asedio. — Características de la tercera campaña de San Ga¬ 
briel. — La personalidad de Vasconcellos. 


I 

T^L 14 de marzo de 1722 tomó posesión dei gobierno 

de Colonia el brigadier don Antonio Pedro de Vas¬ 
concellos, cuyo nombramiento tuvo lugar, por lo menos, 
un año antes de la citada fecha. Su administración du¬ 
ró mucho más tiempo que la de los demás gobernadores, 
pues alcanzó a más de veinte años; y durante su trans¬ 
curso no sólo contribuyó a hacer de su sede una ciudad 
de verdadera importancia en todos los sentidos, sino que 
vinculó su nombre al asedio más prolongado y cruento 
de la serie sufrida por la plaza, logrando mantenerla in¬ 
violada y victoriosa contra los ataques de un adversario 
valeroso. 

Al hacerse cargo de la gobernación de Colonia con¬ 
taba esta ciudad con 350 vecinos civiles dentro de su 
recinto amurallado; pero la población de las chacras ad¬ 
yacentes era mayor. El número total de hombres válidos 
en estado de tomar las armas ascendía a 527, y con ellos or¬ 
ganizáronse cuatro compañías de ordenanza; la. primera, 
de caballería, compuesta de mozos solteros, al mando del 
capitán Manoel do Couto; la segunda, de mercaderes, al 
del capitán José Ferreira de Brito, y las tercera y cuarta, 
formadas por hombres casados, mandadas respectivamen- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


83 


te por los capitanes Joáo de Meirelles y Jeronymo de 
Ceuta. 

El fervor religioso de la época explica el número de 
hermandades: la del Santísimo Sacramento, la de nuestra 
Señora del Pilar, la de Santa Ana, la de Nuestra Señora 
del Rosario, la de San Antonio y la de las Almas. 

Los emolumentos que percibían los funcionarios per¬ 
miten apreciar el coste bajo de la vida. El presupuesto 
del año 1722 asignaba al gobernador 100$000 mensuales; 
al sargento mayor de la plaza, Antonio Rodrigues Car- 
neiro, 26$000, también mensuales; al vicario, P. José de 
Pinna, 6.160 reis; aí almojarife de hacienda, Manoel de 
Souza Pereira, 6.666 reis; al escribano de hacienda, Domin¬ 
gos de Siqueira de Araujo, 5.000 reis; al cirujano mayor, 
Balthazar dos Reis Pereira, 15$000, y al sacristán, Francisco 
dos Reis, 1.200. 

Desde enero hasta octubre del citado año de 1722 nacie¬ 
ron en la ciudad 41 niños de ambos sexos, falleciendo 11; y 
murieron 12 adultos, entre blancos y esclavos. 

En el mismo plazo entraron al puerto 11 embarca¬ 
ciones, que volvieron a salir con cargamentos de cueros. 

La fundación de una enfermería destinada a los mili¬ 
tares y la designación de un médico especialmente encar¬ 
gado de ella, fueron sugeridas por Vasconcellos al go¬ 
bierno de Lisboa y la petición se amplió por el procurador 
de Colonia en la capital portuguesa en el sentido de que 
se estableciera un hospital para enfermos pobres. 

El plan de urbanización iniciado por Gomes Bartiosa 
fué activamente continuado por Vasconcellos, y desde 1722 
a 1735, las obras edilicias recibieron un evidente impulso, 
comenzándose la iglesia parroquial, el palacio del go¬ 
bernador, varios cuarteles, el hospicio de San Antonio y 
el parque. Con excepción del último, los edificios cita¬ 
dos se levantaron en el centro del poblado y estuvieron 
terminados antes de 1735. El parque, inconcluso aun, con¬ 
taba en dicho año con once vastos almacenes y seis salas; 
construido de piedra, sobre la ensenada, sus dimensiones 
eran considerables y sus ruinas históricas subsisten hoy 
en un lamentable abandono. 



84 


LA DEFENSA DE VASCONCELLOS 


II 

Fué en esa hora que se produjo la tentativa de esta¬ 
blecimiento de los portugueses en Montevideo. Esta ocu¬ 
pación, resuelta desde'1701, se había venido postergando 
por los motivos que conocemos; pero nunca por una mo¬ 
dificación del criterio lusitano que juzgaba comprendida 
en la cesión de los Tratados toda la costa oriental del 
Plata y su «hinterland». Creyendo propicio el momento, 
llegó bajo la sombra del Cerro la expedición mandada 
por el maestre de campo Freitas da Fonseca, que des¬ 
embarcó y alzó sus tiendas sobre la península desierta 
el 22 de noviembre de 1723. Hemos examinado en otra 
obra la pasividad de don Bruno de Zabala frente a las rei¬ 
teradas instrucciones del rey Felipe, que desde hacía siete 
años venían urgiéndole la ejecución de la doble obra de 
población y fortificación de Montevideo; pero ante la ini¬ 
ciativa lusitana el gobernador reaccionó a fondo y, re¬ 
dactando su testamento, púsose al frente de las tropas 
de Buenos Aires y desalojó al adversario. La fundación 
hispánica quedó virtualmente comenzada, y treinta y tres 
meses después la primera expedición de don Francisco de 
Alzaybar afirmó una colonización definitiva. 

Más aun que los ataques de Vera Muxica y de García 
Ros, la erección de Montevideo fué el golpe decisivo para 
la posesión portuguesa de Colonia y tornó quiméricos ios 
proyectos de expansión sobre el estuario y sus feraces tie¬ 
rras. Las victorias españolas de 1680 y 1705 fueron anuladas 
por los tratados subsiguientes, y la diplomacia se encargó 
dos veces de corregir la suerte de las armas; pero la im¬ 
plantación de un jalón hispano, fortificado y poblado, in¬ 
terpuesto entre la ciudadela platense y sus bases del 
Atlántico, redujo el dominio lusitano a una jurisdicción 
aislada y breve, capaz de resistir, como lo hizo, asedios 
renovados y ser carta eficaz a jugarse en la mesa de 
negociaciones, pero destinada a sumergirse, a semejanza 
de un escollo, bajo la marea creciente de las poblaciones 
españolas que la avecindaban y que recibieron un impulso 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


85 


considerable en el transcurso del siglo XVIII. Con doscien¬ 
tos años de perspectiva, la historia comprueba hoy que el 
dominio de Montevideo era el factor capaz de decidir la 
pugna secular entre las dos potencias conquistadoras; de¬ 
bía quedar en el Plata la nación que erigiese primero en 
la pequeña península baluartes inconmovibles y la po¬ 
blase con elementos étnicos propios y resueltos a arraigar 
en la tierra, haciéndola cosa suya; y la ocupación de 
Freitas da Fonseca, para consolidarse, debió contar con 
fuerzas superiores a las que podía oponerle la goberna¬ 
ción de Buenos Aires. 

Pero la visión de los acontecimientos, clara a través 
del tiempo, suele ser corta o falsa en el instante en que 
los hechos se-producen, y mal podía Portugal, con sus 
recios bríos de potencia en marcha, renunciar a su vasta 
política de colonización por lo que juzgó en la hora una 
simple circunstancia adversa. La lucha continuó, y sólo 
cincuenta años más tarde debía quedar resuelto el pleito 
cisplatino y asentada la hegemonía de Montevideo, des¬ 
tinada a prevalecer desde que se echaron sus cimientos. 

La situación de recíproca desconfianza que distinguía, 
aun en la paz, las relaciones entre España y Portugal, 
se volvió amenazante al afirmarse los planes de don José 
Patiño, consejero y ministro general de Felipe V, discípulo 
del cardenal Alberoni y estadista tan genial como ejecutor 
enérgico. Su dirección en los asuntos europeos de la corona 
es perfectamente conocida y admirada; pero lo es mucho 
menos su influencia y participación en los problemas co¬ 
loniales del Plata. Podemos, sin embargo, creer que aque¬ 
llas se ejercieron de tal modo, que desde la ejecución del 
plan fundacional de Montevideo hasta la determinación 
de desalojar de Colonia al adversario tradicional fueron 
inspiraciones suyas. La investigación a realizarse en los 
papeles de ese hombre de gobierno dará, con certeza, 
las probanzas documentales que confirmarán estas fun¬ 
dadas presunciones. 

Inclinóse esta influencia en el sentido de dar solución 
definitiva a la situación ya insostenible que creaba el 
foco portugués en el estuario; pero si este criterio era 



86 


LA DEFENSA DE VASCONCELLOS 


plausible desde el punto de vista de la defensa de grandes 
intereses lesionados, no lo fué en cuanto a la elección del 
hombre encargado de aplicarlo. El gobernador de Buenos " 
Aires era a la sazón don Bruno de Zabala, y se cometió 
el error de sustituirlo por otro soldado, vizcaíno como él, 
pero falto de las aptitudes que habían consagrado la per¬ 
sonalidad del manco de Lérida. Vino don Miguel de Sal¬ 
cedo con instrucciones precisas contra los ocupantes de 
Colonia, y una semana después de haber tomado posesión 
del gobierno despachó un comisionado portador de una 
nota en la cual intimaba al gobernador Vasconcellos una 
demarcación de límites que se ajustara al Tratado de 
Utrecht, según la tesis española. La carencia de demar¬ 
cación de las respectivas posesiones, que revelan los con¬ 
venios de 1701 y 1715, producía nuevos frutos de desastre 
para la paz del Río de la Plata. 

La misión esencial que trajo Salcedo fué, pues, la re¬ 
anudación del pleito coloniense, lo que significaba una 
misión de guerra. A la discusión escrita sucedieron los 
preparativos de ataque y defensa por ambas partes; y 
hay indicios de que cupo a don Francisco de Alzaybar 
iniciar un bloqueo disimulado o franco de la plaza con las 
naves de su mando, entre las cuales figuraba una proa 
histórica, el aviso Nuestra Señora de la Encina, que varios 
años antes condujera a la fundación de Montevideo el 
primer núcleo de linajes canarios. Cronológicamente, fué 
el 2 de julio de 1735 que se rompieron las - hostilidades por 
parte de Salcedo, con la presa de un navio lusitano que 
zarpaba para Bahía. 

El ejército expedicionario contra la ciudadela se cons¬ 
tituyó con un millar de tropas blancas y cuatro mil indios 
de las reducciones jesuíticas, cuya intervención en los 
cercos de Colonia era, ya obligada. El gobernador embarcó 
en el Riachuelo el 3 de octubre, acompañado del inge¬ 
niero Domingo Petrarca, que había dejado su nombre en 
los sillares de Montevideo. La presencia de este técnico 
militar era indispensable para organizar el asedio y oponer 
baluartes, fosos y trincheras a la organización portuguesa, 
tan firmemente establecida y dotada que convertía en 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


87 


demencia toda tentativa de dominarla por asalto. Una 
armada de doce buques, entre los que figuraban las fra¬ 
gatas Armiena y San Esteban, aseguraba el bloqueo marí¬ 
timo bajo la dirección del capitán don Nicolás Giraldín. 

El plano y la descripción detallada de las defensas de 
la plaza se encuentran en la obra del alférez Silvestre 
Ferreira da Silva, primer historiador de Colonia a la vez 
que testigo y actor de los acontecimientos que relata. 
La línea amurallada ocupaba toda la parte de la ciudad 
que miraba hacia tierra, dividiendo la pequeña península 
en dos zonas: la edificada y encerrada, y la que quedaba 
libre entre ésta y el campo sitiador, o sea el espacio donde 
el ingeniero militar José da Silva Paes proyectaba construir 
nuevas fortificaciones. La citada línea amurallada estaba 
tendida en recta; pero presentaba hacia su centro dos án¬ 
gulos salientes: en el de la izquierda se levantaba el baluarte 
de San Juan, artillado con nueve piezas, y en el de la 
derecha el baluarte de San Antonio, con el .mismo número 
de cañones. La muralla se prolongaba hacia ambos flancos 
hasta tocar, al norte, con las aguas de la ensenada, y al 
sur con las del río libre. La línea gruesa del dibujo, que 
presenta en el centro de la ciudad una forma análoga 
a la de los baluartes citados, es decir, don ángulos sa¬ 
lientes, no indica el límite de las fortificaciones, sino el 
recinto exterior de la ciudadela, pues aquéllas se extendían 
por toda la costa de la península, en cuyos dos extremos 
se alzaban las baterías de Santa Rita y San Pedro de 
Alcántara. 

En total, el número de piezas de artillería, de hierro 
y bronce, ascendía a ochenta, y el de hombres de pelea 
a novecientos treinta y cinco al comenzar las operaciones. 
En los suburbios, y por consiguiente fuera del .recinto 
amurallado, extendíanse dos poblados denominados ba¬ 
rrios del Norte y del Sur. El ejército sitiador situó su 
ala izquierda en los confines del último, haciendo acampar 
su caballería en los bajos de Nazareth, que le servía de 
abrigo; construyó una extensa trinchera que corría en 
recta primero y semicírculo después, pasando por detrás 



88 


LA DEFENSA DE VASCONCELLOS 


del barrio del norte hasta los fondos de la ensenada de 
Colonia, y sostenida hacia este flanco por dos baterías, 
una de cuatro piezas, situada en la cuchilla de Concepción, 
y la otra de diez, en un molino de viento. A retaguardia 
de la pequeña bahía fijóse una tercera batería, quedando 
aquélla dominada por el fuego de sus seis cañones. Estas 
fueron las disposiciones iniciales del ingeniero Petrarca, 
que no alcanzaron a prevalecer, pues al ser conocida en 
el Brasil la noticia del asedio organizóse una fuerte ex¬ 
pedición compuesta de mil hombres de tropa, municiones 
y víveres, que logró incorporarse a la plaza a pesar del 
bloqueo. Las fuerzas de Vasconcellos doblaron, pues, el 
número de los contingentes españoles de Salcedo; y en 
cuanto a los indios, su manifiesta inferioridad militar no 
podía constituir un aporte apreciable. -Estas circunstancias 
contrarias decidieron al general sitiador a evacuar las 
posiciones antedichas en el curso de enero de 1736, reti¬ 
rándose a la parte opuesta de la ensenada y estableciendo 
el grueso de sus tropas desde el Real de Vera hasta el 
punto en que se llamó más tarde Real de San Carlos. 

En esas condiciones el sitio se debilitó, y aunque lo¬ 
gró mantener el aislamiento de Colonia las operaciones 
carecieron del vigor necesario para arribar a una decisión 
militar. En cambio, sufrieron en extremo la guarnición 
y los habitantes de dos inviernos crueles, particularmente 
las fuerzas procedentes de Bahía y Pernambuco, que es¬ 
taban habituadas al áfdiente clima tropical; escasearor. 
los alimentos en forma alarmante, llegando a comerse 
carne de caballo y de animales domésticos; pero se re¬ 
cibieron dos nuevos auxilios de bastimentos y víveres que 
reconfortaron a los defensores y a la población civil. El 
4 de octubre se llevó a cabo una vigorosa ofensiva por 
parte *de los sitiados, que debió coincidir con un ataque 
a Montevideo, cuya dirección fué confiada al brigadier 
Silva Paes, ya citado. Llegó éste, en efecto, por la vía 
marítima, con su expedición organizada en Santa Cata¬ 
lina; pero recibido con un vivo fuego desde las fortifica¬ 
ciones montevidenses, renunció al asalto y se dirigió a 
Río Grande. La salida de la guarnición coloniense no tuvo 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


89 


los efectos esperados dado el fracaso de la maniobra 
concurrente. 

Duró el cerco veintidós meses, terminándose al arribo 
de la fragata Boa Viagem, al mando del capitán Duarte 
Pereira, al comenzar setiembre de 1737. Traía el marino 
portugués el texto del armisticio firmado el 16 de marzo 
en. París gracias a la intervención de las potencias; pasó 
con él a Buenos Aires un comisionado de la plaza, que 
lo comunicó a Salcedo, finalizando sobre ruinas esta nueva 
etapa de la dilatada pugna. Destruyéronse en ella dos¬ 
cientas cuarenta y ocho casas, se perdieron miles de t arrobas 
de trigos y legumbres, desaparecieron los viñedos y pe¬ 
recieron dieciocho mil cuatrocientas cuarenta y tres ca- 
, balgaduras y noventa mil cabezas de ganado vacuno y 
ovejuno. 

Ferreira da Silva destaca la figura de Vasconcellos, 
concretando en un párrafo su obra y calidades. 

... Y fueron tan relevantes los años de este gobierno que siendo 
esta una tierra nueva que antes de los estragos del sitio contaba aperias 
dieciocho años de poblada, (1) hallábase ya tan populosa y opulenta que 
parecía tener siglos de establecida, lo que sin duda se debe a las acer¬ 
tadas máximas y sabia prudencia de este gran soldado, en quien se 
admiraron todas las cualidades de un perfecto y digno gobernante, pro¬ 
duciendo con acciones tan puras y políticas en el servicio de S. M. 
ardiente celo; en la administración de justicia, rectitud; en el castigo 
de los delincuentes, piedad; en la razón de los beneméritos, atenta re¬ 
muneración; para los enemigos, terror; como jefe, veterano y experi¬ 
mentado en la milicia, en tal grado que si eh Europa, revestido con 
espíritu guerrero supo desempeñar con aplauso los honrosos cargos 
que rectamente ejerció, en América, para gloria de la nación, realizó 
la capacidad de su valer en la destreza y vigilancia con que se halló en un 
cerco tan estrecho, asediado por mar y tierra, que puede competir con los 
más rigurosos de que tratan las historias; y al verse hoy la plaza triun¬ 
fante, sólo debe atribuirse a los dictámenes de prudencia y meditados 
arbitrios de sus sabias y seguras disposiciones. 


Dos características singularizaron la tercera campaña 
de San Gabriel. La primera de ellas está constituida por 
el hecho de que la guerra se localizó en aquel territorio, 
sin proyectar una extensión a la península, como hubo 
dé suceder en 1680 en que sólo pudo detenerse mediante 
la desautorización a Garro y la devolución de la plaza; 


^Q 0 mes F Bartfo S * n ^ u< ^ a ’ a ^ a bercera población, efectuada en 1716 



90 


LA DEFENSA DE VASCONCELLOS 


o como una consecuencia de la guerra de Sucesión, como 
aconteció en 1704. Cuando Salcedo intimó a Vasconcellos 
la rendición, el 10 de diciembre de 1735, el gobernador 
portugués respondióle con una interrogación, de si sus 
dos países habían roto las hostilidades. Tuvo el español 
que contestar con una evasiva, ya que, en efecto, no había 
estado de guerra entre aquéllos. La pregunta de Vascon¬ 
cellos definía una situación curiosa, pues los gobiernos 
peninsulares admitían y estimulaban el choque armado 
y sangriento entre sus fuerzas de ultramar, mientras sus 
tropas metropolitanas permanecían inactivas. A nuestro 
juicio esta situación se encargó de revelar que, a pesar 
de su dependencia de la corora portuguesa, Colonia del 
Sacramento había adquirido una personalidad histórica 
enteramente propia. 

La segunda característica de aquella campaña fué la 
victoria de la plaza sitiada, que formó excepción en la 
serie de cinco cercos que sufrió desde 1680 hasta 1777. 
Esta excepción sólo debía repetirse 'noventa años más 
tarde, cuando las fuerzas navales del almirante Brown 
y terrestres del coronel Juan Arenas fracasaron ante la 
resistencia del brigadier Manuel Jorge Rodrigues. En el 
éxito lusitano de 1737 influyeron varios factores: el pri¬ 
mero, sin duda, la organización defensiva de la plaza, 
que en relación con los medios bélicos del siglo XVIII, 
era una máquina de guerra de primer orden; pero deben 
añadirse dos más, seguramente opuestos, pero contribu¬ 
yentes al mismo resultado: la energía a toda prueba y las 
facultades de organización de Vasconcellos, eficazmente 
secundado por el núcleo de oficiales veteranos que servía 
a sus órdenes; y la notoria incapacidad de Salcedo, com¬ 
pletada por la ineptitud de Giraldín. Resulta probado el 
hecho de que, en plena lucha, ambos personajes se man¬ 
tuvieron apartados por querellas derivadas de cuestiones 
de rango y precedencia. A pesar del legendario valor de 
sus tropas, el gobernador español no dejó en los anales 
del asedio la huella de una iniciativa hábil o feliz, ni el 
marino fué capaz de impedir el reabastecimiento en hom- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


91 


bres y elementos de la fortaleza, efectuado ante la pa¬ 
sividad de su flota. 

El armisticio dé París sólo se hizo efectivo en Colonia, 
donde dominaba ya un cansancio recíproco y las opera¬ 
ciones habían llegado a un punto muerto; pero de ningún 
modo alteró el espíritu hostil que movía a ambos bandos. 
Hemos señalado la acción conquistadora y fundacional de 
Silva Paes en Río Grande del Sur; Salcedo, por su parte, 
escribió el 29 de enero una carta al P. Bernardo Nusdorffer, 
provincial de las Misiones del Uruguay, requiriendo una 
nueva ayuda militar, que le fué negada; y el rey don 
Felipe V, al nombrar a don Domingo Ortiz de Rozas 
para desempeñar la gobernación del Río de la Plata, ex¬ 
tendióle instrucciones especiales acerca de la actitud rí¬ 
gida que debía observar con los portugueses, precedién¬ 
dolas de un capítulo de cargos. Debía aqueí procónsul 
mantener la plaza dentro de un bloqueo sin batallas, 
y aun privarla, dentro de lo posible, de los abastecimien¬ 
tos necesarios a su vida. La guardia española de San 
Juan se convirtió en un centro activo de policía que im¬ 
pedía las comunicaciones, el paso de los ganados y el 
acopio de leña. El gobernador Vasconcellos, que veía 
amenazada de aniquilamiento su obra civilizadora de 
veinte años y anulado casi su esfuerzo militar, expresaba 
al Consejo Ultramarino, en nota del 29 de febrero de 1743, 
«la miseria irremediable que se experimentaba en la plaza 
por causa del nuevo comandante que se nombró para el 
bloqueo de parte de Castilla». Fué bajo esa impresión 
desoladora que retornó a su patria, donde había de cons¬ 
tituirse, años más tarde, en el jefe del movimiento de 
opinión que se opuso al canje de la ciudad -platense, 
según el Tratado de Madrid. Los derechos de la causa 
que defendió podrán ser discutidos, pero no sus vigorosas 
calidades y la consagración puesta al servicio de su país 
y de Colonia, que dan a su personalidad relieves de procer. 



CAPITULO OCTAVO 


ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS 

COLONIENSES 

Reproducción del espírilu medieval en Indias; la inslilución 
de la encomienda; su trasunto en el feudalismo de los cau¬ 
dillos — Manuel de Frías, primer encomendero de la tribu 
charrúa. — Cesión de las tierras de San Gabriel a Frías Martel 
en 1635. *— La fundación jesuítica del río de las Vacas; su or¬ 
ganización, riqueza y transacciones comerciales; dimensiones 
del latifundio. — Su transferencia al Colegio de las Huérfanas 
de Buenos Aires; real cédula de don Carlos III. — La venta por 
el gobierno de Dorrego y su adquisición por Roguin Meyer 
& Cía.; división del latifundio en treinta y dos estancias. — 
Establecimientos ganaderos del Riachuelo y el Sauce en 1775. — 
Los campos realengos de San Pedro, San Juan y Tarariras en 
1789; sus pobladores; su mensura y su venta. — La estancia 
de Jaime Badell; impuestos y formulismos de la época. 


T A necesidad de introducir en esta crónica algunas men- 
ciones relativas a los orígenes y evolución de la pro¬ 
piedad rural en la jurisdicción de Colonia del Sacramento, 
nos obliga a interrumpir momentáneamente la hilación 
de los acontecimientos militares y diplomáticos, con tanto 
mayor motivo cuanto que la posesión de la tierra aparece 
allí vinculada a la historia de algunas instituciones fun¬ 
damentales de la época. 


I 

Cabe observar que el espíritu medieval, agotado o 
sustituido en Europa durante la transición al Renaci¬ 
miento, tuvo en Indias una resurrección que. se explica 
por el contacto que tuvieron con el medio bárbaro los 
elementos primitivos que realizaron la conquista y el 
ciclo inicial de la colonización. El gentío armado que 
cruzó el Nuevó Mundo durante las centurias décimasexta y 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


93 


décimaséptima, buscando oro, domeñando las indiadas y eri¬ 
giendo poblados fortificados, pertenecía a las capas filo¬ 
sóficamente inferiores de España y Portugal, aunque po¬ 
seyera las calidades combativas indispensables a la vasta 
empresa y fuera dirigido por capitanes de alientos so¬ 
brehumanos. El alma de aquellas raleas batalladoras no 
había sido movida aún sino superficialmente por la evo¬ 
lución que había transformado ya a las clases superiores; 
y al trasladarse a América para ahincar en el seno de una 
naturaleza opulenta y virgen, y vivir en pugna perma¬ 
nente con los dueños del suelo, el atavismo de las gene¬ 
raciones progenitoras renació y se impuso con las ca¬ 
racterísticas de los tiempos de las cruzadas. El elemento 
heroico fué calidad indispensable para dominar la hos¬ 
tilidad salvaje de los indios, como para levantar la casa 
en el desierto y poblar soledades apenas animadas por 
fieras y ganados chúcaros; reprodujéronse las fuerzas an¬ 
cestrales de* la Reconquista; y gracias a la resurrección 
de aquel espíritu, mezcla de valores, defectos, creencias 
y prejuicios, las potencias conquistadoras afianzaron su 
dominio y fundaron dos imperios que la historia contem¬ 
pla como la hazaña más grande de los tiempos. 

Aquel espíritu medieval no podía limitarse a la rea¬ 
lización material de la conquista, y lógicamente debía 
trasuntarse en las costumbres y las instituciones que se 
impusieron en América. Las leyes de Indias están llenas 
de reminiscencias de aquella índole. El feudalismo, ex¬ 
tinguido en Europa, renació en el Nuevo Mundo bajo 
formas análogos de señorío hereditario, y no como ma¬ 
nifestación contraria a la legalidad, sino como institución 
social y política definida y amparada por la legislación. 
Fué una de las bases del régimen. Nada más feudal, en 
efecto, que la institución de la «encomienda»; era el ejer¬ 
cicio del señorío sobre una tribu o fracción de indios, la 
cual estaba obligada a servir tributos a su «encomendero», 
quien, a su vez, tomaba a su cargo la representación y 
defensa de aquélla, así como su conversión a la doctrina 
cristiana. Las encomiendas eran atribuidas a personajes 



94. ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 

regionales, en nombre del rey, por sus gobernadores en 
Indias. 

Cuando se trataba de una tribu sometida, su enco¬ 
mienda representaba beneficios morales y materiales apre¬ 
ciables, pues el prestigio de su señor aumentaba en razón 
directa de la importancia de aquélla, como las rentas que 
cobraba sobre el trabajo de los indios. En esa institución 
se halla el origen de uno de los factores que contribuyeron 
más tarde a la existencia del feudalismo en América. De¬ 
signamos así,- por su analogía histórica con el señorío que 
caracterizó la Edad Media europea, a la influencia per¬ 
sonal y decisiva que rigió la vida comenzante de los 
países del Nuevo Mundo; influencia desempeñada por 
hombres que por su fortuna rural, su valor físico, su 
compenetración con la plebe campesina, o su familia- 
rización con el territorio primitivo y montaraz, se cons¬ 
tituyeron en señores regionales y ejercieron una auto¬ 
ridad ilimitada sobre una masa tan iletrada como ellos, 
pero que les acompañó en la paz y especialmente en la 
guerra, consagrándoles árbitros de la cosa pública. La in¬ 
dependencia produjo el caudillaje, pues en las sociedades 
inorgánicas del siglo XIX las constituciones avanzadas 
sólo fueron etiquetas teóricas, falseadas en la práctica 
por las fuerzas sociales inferiores y los elementos polí¬ 
ticos inadaptables a los principios institucionales. Las sen¬ 
tencias del sufragio fueron reemplazadas por las impo¬ 
siciones de la lanza, y en lugar de la influencia del pen¬ 
sador predominó la garra del caudillo, encomendero de la 
independencia y sustituto histórico del encomendero co¬ 
lonial. El último lo era de los indios en virtud de una 
legislación arcaica; el primero lo fué de los gauchos en 
razón de la hora medieval y feudal. 

II 

Los dos primeros encomenderos de la tribu charrúa 
parecen haber sido don Manuel de Frías y su hijo, don 
Manuel de Frías Martel, quienes se vieron conferir un 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 95 

señorío puramente nominal en el primer tercio del siglo 
XVII, pues la independencia bravia de los indios hizo 
impracticable en Cualquier forma la merced recibida por 
aquéllos. 

El capitán don Manuel de Frías era personaje de des¬ 
taque por su alcurnia noble, su actuación como goberna¬ 
dor y sus campañas coptra los salvajes, especialmente los 
calchaquíes; debió poseer una cultura superior a la del 
medio y la época, pues cuando se planteó en América la 
cuestión política y administrativa fundamental de'„dividir 
en dos jurisdicciones independientes la gobernación del 
Paraguay y el Plata, fué Frías enviado a la corte del rey 
don Felipe III, como procurador general, para gestionar 
aquella finalidad. En el desempeño de su cometido redac¬ 
tó un memorial e intervino personalmente en los trámites, 
logrando del Consejo de Indias un dictamen afirmativo y 
del soberano la sanción correspondiente. De ahí la crea¬ 
ción de la nueva gobernación y capitanía general en 1618, 
cuyo primer titular fué el hijodalgo navarro don Diego de 
Góngora, y que invistió a la ciudad de Garay del título 
y preeminencias de capital. 

En razón de su jerarquía y servicios, obtuvo el perso¬ 
naje nombrado la citada encomienda de los charrúas, quie¬ 
nes no tuvieron jamás, muy probablemente, oportunidad 
de conocer el rostro de su señor nominal. Al deceso de éste 
sucedióle su hijo, don Manuel de Frías Martel, alcalde de 
Buenos Aires; y es gracias a un documento emanado del 
último, y fechado en 1635 (1), que logramos aclarar dos 
puntos interesantes de nuestra historia colonial: la ten¬ 
tativa española de reducir a los charrúas mediante la con¬ 
cesión de su encomienda, y la primera merced de tierras 
efectuada en la costa oriental del Plata, hacia la zona que 
cuarenta y cinco años más tarde debía ilustrar su histo¬ 
ricidad con la fundación lusitana de Colonia del Sacramento. 

Dicho documento es la petición formulada por el al¬ 
calde Frías Martel ante el gobernador de Buenos Aires, 
don Pedro Estevan Dávila, para obtener el dominio de 


(1) Registro Estadístico de Buenos Aires, año 1860, tomo 1, página 19. 



96 ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COI.ONIENSES 

San Gabriel, no de la isla, sino de la tierra firme; y aduce, 
entre otras razones, la de que habiendo sucedido a su pa¬ 
dre en la encomienda de los indios charrúas, «nunca ha¬ 
bía recibido beneficio ni ayuda alguna de ellos, por estar 
falto de tierras cerca de las de su habitación». La verdad 
es que, aunque las hubiera poseído, tampoco habría ob¬ 
tenido de la tribu bravia el menor acatamiento, como no 
hay constancia alguna de que lo consiguiera después que 
se vió atribuir el territorio de San Gabriel. 

¿Fué don Manuel de Frías Martel el primer propie¬ 
tario de tierras sobre la margen izquierda del Río de la 
Plata? No puede ello afirmarse de una manera' absoluta, 
pues a medida que las investigaciones descubren legajos 
y papeles, siempre más borrosos cuanto más antiguos, 
van surgiendo antecedentes Cada vez más remotos. Es 
así como nos hemos complacido en revelar en crónicas 
anteriores que la idea de la fundación de Montevideo, 
cuyo proceso inicial se creía hasta hace diez años que 
tenía por punto de partida una real cédula fechada en 
1690, remontaba en realidad a un siglo antes de la lle¬ 
gada de las familias canarias conducidas en el aviso 
Nuestra Señora de la Encina. La cesión de tierras a Frías 
Martel está documentada en 1635; sabemos que once años 
antes se había efectuado un reparto de solares a los po¬ 
bladores de Santo Domingo Soriano; pero sobre la costa 
del estuario, en su ribera oriental, ¿hubo pobladores cuyo 
dominio quedase legalizado y delimitado antes de aquella 
fecha? Cualquier respuesta, afirmativa o negativa, co¬ 
rrería riesgo de ser rectificada por el hallazgo de an¬ 
tecedentes aun no conocidos; pero lo-que resulta indu¬ 
dable es que la merced que comentamos constituye uno 
de los jalones documentales iniciales en la historia de 
la propiedad en el Uruguay; un acto de posesión legí¬ 
tima sobre un territorio que la corona portuguesa había 
de reivindicar como suyo nueve lustros más tarde, sin 
tener en cuenta, entre otros, aquel antecedente hispánico, 
y una aclaración de los procedimientos y el criterio que 
inspiraban el esfuerzo colonizador en el siglo XVII. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 97 

En su solicitud, don Manuel de Frías Martel decla¬ 
raba: «Porque tengo noticia que con vecindad con los 
dichos mis indios (sic), hay tierras vacas (vacantes o 
libres), de la otra banda de este río, en la tierra firme, 
en que se pueden conseguir mis intentos, como son desde 
el río que se llama de San Juan hasta el segundo que está 
abajo de la isla de San Gabriel, hasta seis leguas la tierra 
adentro, y en este río una isla que tiene por nombre las 
Dos Cruces»... El pretendiente se refería probablemen¬ 
te al arroyo Rosario, que desagua, en efecto, al este de San 
Gabriel, y que por su importancia se tomaba por punto de 
referencia en los papeles de la época; pero juzgando de 
interés limitado la extensión de tierra contenida entre 
el San Juan y el Rosario, solicitaba también una frac¬ 
ción situada entre los dos brazos terminales del Paraná, 
«con sus montes, aguadas, pescaderos y servidumbre». 
Expresaba su propósito de poblar ambas regiones, y se¬ 
ñalaba como razón de la merced pedida los servicios 
prestados a la corona por sus antepasados. 

Esta circunstancia es digna de retenerse: tanto las ce¬ 
siones de tierras como las encomiendas de indios solían 
fundarse en méritos contraídos, no por los solicitantes, 
sino por sus progenitores. En muchos expedientes segui¬ 
dos con tales motivos se establece por hijos y nietos de 
conquistadores y pobladores la actuación de éstos, basan¬ 
do en ella sus derechos. Aparte, pues, de constituir esos 
documentos fuentes de informaciones biográficas e. his¬ 
tóricas, confirman el criterio reciamente tradicionalista 
y hereditario de la época, la firmeza de los vínculos fa¬ 
miliares, que presentaba a las generaciones como esla¬ 
bones inseparables, y la enunciación de servicios públicos 
como valores inalienables que recaían en los vástagos 
tan legítimamente como los bienes materiales. 

Es así como por auto fechado en Buenos Aires el 8 
de agosto de 1635, el gobernador don Pedro Estevan Dá- 
vila concedió la posesión de las tierras de San Gabriel y 
desembocadura del Paraná al alcalde Frías Martel, en¬ 
comendero de los charrúas, «por ser hijo y nieto de per¬ 
sonas beneméritas». El dominio situado en la costa orien- 



98 


ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 

tal medía unas sesenta leguas cuadradas de superficie 
y fué evaluado en doscientos pesos... Pero si la tierra 
nada valía, era porque faltaban hombres que fuesen a 
habitarla. No hay constancia de que Frías Martel cum¬ 
pliera su promesa de poblar los campos que obtuviera; 
y no los pobló por carecer de elementos dispuestos a ra¬ 
dicarse en ellos. El problema del desierto era aún inso¬ 
luble. Y en los dominios deshabitados de San Gabriel 
plantóse luego la enseña conquistadora de don Manuel 
Lobo, que no hubiera logrado abordar la ribera si la 
soledad no hubiera sido su eficaz aliada y la cómplice 
muda de su empresa. 


III 

Las tierras situadas a una veintena de leguas de Co¬ 
lonia, en las proximidades del actual Carmelo y bañadas 
por el arroyo de las Vacas, fueron pobladas por los re¬ 
gulares de la Compañía de Jesús hacia los años de 1745, 
bajo el provincialato del P. Bernardo Nusdorffer. Más 
que sede de una misión con fines religiosos, el estable¬ 
cimiento tuvo carácter ganadero y comercial desde sus 
orígenes, y los papeles publicados se refieren especial¬ 
mente a las transacciones de aquel género cuyo producto 
se vertía en las cajas del Colegio de Belén, en Buenos 
Aires. Llamóse a la fundación «estancia del río de las 
Vacas», y más tarde «estancia de la Calera», por haberse 
establecido allí grandes hornos para materiales de cons¬ 
trucción, y por último Calera de las Huérfanas, cuando 
la propiedad pasó a manos del colegio y asilo de Huér¬ 
fanas en la capital del virreinato. 

La labor y disciplina jesuíticas dieron impulso con¬ 
siderable al establecimiento, cuyos campos pobláronse de 
ganado vacuno, caballar y mular; edificáronse una capilla 
que aún subsiste en ruinas y varias construcciones ad¬ 
yacentes, la primera sobre los planos del H. Andrés Bian- 
chi, que reveló también sus aptitudes arquitectónicas en 
la fábrica de varias iglesias argentinas; artísticos ornatos 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


99 


fueron ejecutados por el escultor José Schmidt, que per¬ 
tenecía igualmente a la orden; convirtióse el punto en lugar 
de posta, con el consiguiente tráfico de gentes y merca¬ 
derías; y fué al mediar el siglo XVIII centro capital de 
trabajo, amparo de indios amigos y núcleo notorio de 
civilización. 

En efecto, el inventario de los bienes y existencias 
llevado a cabo en el año 1767, al procederse al extraña¬ 
miento de los jesuítas, revela que la fundación poseía, 
además de la bella capilla, extensas habitaciones y patios 
contiguos, un plantel de veintidós ranchos, otras vivien¬ 
das diseminadas y seis puestos de ganado, hornos, co¬ 
rrales y galpones, almacén y despensa, establecimientos 
de herrería, carpintería, molino, telar, panadería y jabo¬ 
nería, una huerta con viñedo de mil quinientas cepas, mil 
durazneros, doscientos membrillos, quinientos cincuenta 
manzanos, sesenta y cuatro albarillos, sesenta y siete gra¬ 
nados, ciento veinticuatro olivos, cuarenta y cinco higue¬ 
ras y diferentes hortalizas; el número de esclavos as¬ 
cendía a ciento sesenta y nueve, entre los cuales había 
numerosos hogares constituidos; y en cuanto al ganado, 
señalóse su cifra en veinte mil cabezas, que un inventario 
de 1774 hizo subir a sesenta y seis mil, siendo admisible 
que la diferencia proviniera de la estimación del ganado 
alzado o de una reproducción no mermada por las ven¬ 
tas entre 1767 y 1774. 

Consta que las fuerzas guaraníes que cooperaron a la 
campaña de 1762 contra los portugueses, se detuvieron 
en los campos de las Vacas; pero desde la fecha de su es¬ 
tablecimiento los jesuítas mantuvieron relaciones cordiales 
con los ocupantes de Colonia; sus superiores visitaban a 
los gobernadores militares, y hay menciones de que la 
Compañía realizó con ellos importantes ventas de ganado. 
Hubo igualmente suministro de productos al ejército de 
Cevallos y las exportaciones de aquéllos alcanzaron hasta 
los pueblos de Misiones. En 1770 se registró una operación 
con la plaza de Montevideo, consistente en la venta de 
cinco mil ciento cincuenta y una cabezas de ganado y 



100 ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 


dos mil ciento dieciocho fanegas de cal, destinadas estas 
últimas a las fortificaciones. 

Respecto de las dimensiones de la estancia no hay- 
datos que las fijen antes de 1779, aunque debe juzgarse 
absurda el área de seis leguas y media calculada en esa 
fecha por la Junta de Temporalidades; algunos de los 
seis puestos hallábanse a larga distancia del estableci¬ 
miento principal; denominábanse Las Tunas, Las Tam¬ 
beras, Juan González, El Rincón, Las Yeguas y San Fran¬ 
cisco, debiendo probablemente este último llamarse así 
por su ubicación en las proximidades del arroyo de este 
nombre, más tarde Conchillas, situado a ocho leguas de 
La Calera; pero las haciendas salvaban estos lindes que 
confinaban con tierras realengas sin más señales que los 
cerros y cursos de agua. Ya en esa fecha los pilotos de 
la armada empezaron a llenar el papel de agrimensores, 
utilizando planchetas náuticas y delimitando los campos, 
con la fijación de mojones; pero no fuá este el caso de la 
estancia de las Vacas, cuya mensura se practicó recién 
en el año 1827, al ser vendida por el gobierno de Dorrego; 
la operación estableció una zona que se extendía desde 
el arroyo de las Vacas hasta los de Miguelete y San 
Juan, y cuya superficie ascendió a treinta y cuatro leguas 
y cuarenta y cinco centímetros de legua, debiendo agre¬ 
garse una fracción que había pertenecido también a los 
antiguos dueños y qué pasó luego a ser propiedad de 
los hacendados don Teodosio de la Quintana y don José 
Serra, dando un total de cuarenta y dos leguas cuadradas. 

La expulsión de los jesuítas de la fundación de las 
Vacas llevóse a cabo entre el 3 y el 24 de julio de 1767, 
con intervención de los comisionados don Juan de San 
Martín y don Bartolomé Pereda, quienes detallaron el 
inventario de los bienes y efectos; y por cédula fechada 
en El Pardo el 17 de marzo 1777, don Carlos III cedió el 
dominio al Colegio y Asilo de Huérfanas de Buenos Ai¬ 
res. Desde entonces el establecimiento tomó la denomi¬ 
nación de los nuevos poseedores, o sea Calera de las 
Huérfanas; pero la institución bonaerense no logró man¬ 
tener el latifundio y sus poblaciones en el estado pros- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


101 


pero a que les habían llevado sus primitivos dueños; una 
decadencia notoria se refleja en los papeles que les con¬ 
ciernen; las guerras de la independencia agravaron la si¬ 
tuación de la dilatada estancia, y la merma de su histórica 
capilla no halló desde entonces manos piadosas que se en¬ 
cargaran de detenerla. La situación difícil que atravesó el 
Colegio de las Huérfanas durante la guerra contra el Impe¬ 
rio determinó al gobernador don Manuel Dorrego a aceptar 
la propuesta de compra sugerida por la firma Roguín 
Meyer & Cía.; y por decreto de 18 de abril de 1827 se au¬ 
torizó la escritura que enajenaba la antigua fundación 
jesuítica, extensa de cuarenta y dos leguas y un cuarto, 
por la suma de $ 101.400, o sea a razón de $ 2.400 la 
legua cuadrada. 

La historicidad de la ^estancia y Calera de las Huérfanas 
termina con el acto de su venta; pero no su interés como 
elemento de información en la división de los latifundios 
coloniales, vinculándolo a las primeras medidas dictadas 
por el nuevo régimen para asentar la propiedad. 

En efecto, uno de los problemas de mayor importancia 
que se esforzaron en solucionar las administraciones y 
legislaturas iniciales fué el relativo a la posesión de la 
tierra. No solamente se hizo necesaria una organización 
que pusiera fin al caos originado por dieciocho años de 
guerras, durante las cuales la fortuna cambió de manos, 
sino a las posesiones de hecho se añadía la carencia 
de señales que delimitaran los dominios. El 17 de marzo 
de 1831 el Parlamento autorizó la venta de las tierras 
públicas conocidas por el nombre de «propios» y ubicadas 
en el ejido de Montevideo; la ley del 14 de mayo de 1833 
cedió en enfiteusis, por el plazo de cinco años, los cam¬ 
pos de pastoreo que, siendo propiedad fiscal, no estuvie¬ 
sen poseídos por más de veinte años, imponiendo un canon 
correspondiente al dos por ciento anual sobre el valor de 
su avaluación; el 3 de agosto del mismo año el gobierno 
reglamentó ■ aquella ley, disponiendo que las tierras po¬ 
seídas por más de veinte años hasta cuarenta podrían 
ser objeto de denuncia para ser obtenidas por moderada 



102 ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 


composición; y por sanción legislativa de 27 de abril de 
1853 se estableció que no eran denunciables las fraccio¬ 
nes de campo dentro de los límites naturales, ciertos y 
conocidos bajo los que hubiese sido hecha la donación o 
admitida la denuncia; y si los ocupantes de hecho durante 
más de veinte años no hubieran abonado su valor al Es¬ 
tado, serían admitidos a moderada composición dentro de 
un año a contar de la promulgación de la ley, acordándose 
también la preferencia sobre cualquier otro denunciante 
a los ocupantes con más de diez años de radicación. 

La liberalidad de las disposiciones precedentes explica 
la necesidad de facilitar el derecho de posesión, de sanear 
los títulos y poner término a las continuas disputas entre 
colindantes. Designóse una Comisión de Tierras, cuyo pre¬ 
sidente, don Isidoro Rodríguez, procedió en abril de 1837 
a la mensura de la estancia de la Calera de las Huérfanas, 
con la cooperación del agrimensor, don Zacarías Aizpurúa. 
Era la segunda operación de aquel género que se llevaba 
a cabo en el plazo de diez años; pero la primera había 
sido motivo de controversias, sin que la razón social com¬ 
pradora de la Calera y sus pertenencias hubiera logrado 
afirmar sus derechos a la posesión de las fracciones con¬ 
testadas- 

Uno de los miembros de la firma Roguín Mever & Cía, 
don Domingo Roguín, aparece interviniendo como único 
dueño en 1837; citóse a los hacendados vecinos y se les 
invitó a presentar sus títulos, sin que algunos de ellos 
pudieran hacerlo; pero los derechos que concedían las 
ocupaciones prolongadas y la amplitud de la legislación 
vigente, obligaron a reconocimientos que mermaron la 
estancia de Roguín, reduciéndola de cuarenta y dos leguas 
y un cuarto, a treinta y nueve leguas y un cuarto, o 
sean mil cuatrocientos quince millones seiscientos cuatro 
mil ochocientas cincuenta varas cuadradas (1.415.304.850). 

La vasta extensión fué dividida en treinta y dos es¬ 
tancias, que quedaron dentro de la zona limitada al norte 
por el arroyo de las Vacas hasta su desembocadura pró¬ 
xima al Carmelo; ai este, por el arroyo del Miguelete, una 
línea recta desde éste hasta el arroyo de San Juan y este 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 103 

curso de agua hasta sus caídas en el Plata; al sur, el 
estuario, y al oeste, el Uruguay. Los planos definitivos 
fueron levantados en 1839 por el agrimensor Aizpurúa, 
y contienen los nombres de los treinta y dos sucesores 
en el dominio del latifundio jesuítico. 

IV 

Durante el coloniaje, el precio de los campos rea¬ 
lengos no dependía únicamente de la extensión de éstos: 
cuando la estimación de la propiedad seguía a la toma 
de posesión en vez de precederla, o mejor dicho, cuando 
el ocupante demostraba su condición de poblador, los 
precios no tenían relación con la importancia del dominio. 
Se establecían ios llamados «precios de moderada com¬ 
posición». 

Este fué el caso de don Alejandro de los Reyes, que le¬ 
gitimó su ocupación hasta 1776, siguiendo expediente ante 
don Manuel de Basavilbaso, administrador de Correos 
de Buenos Aires «y juez subdelegado para la venta y 
composición de tierras realengas y baldías». Probó aquel 
estanciero que hacía veintisiete años que había poblado 
una extensa zona en el partido del Riachuelo; comisionó 
el juez de tierras al piloto de la Real Armada, don José 
de Hermida, para proceder a la mensura; y realizada 
ésta, dos tasadores jurados, que fueron en la emergencia 
dos estancieros limítrofes, Juan José de Meló y Juan Je 
Marmolejo, establecieron el precio de la vasta estancia 
en $ 240... Y, sin embargo, consta en el plano levantado 
por el piloto Hermida que la propiedad medía una legua 
y media más ochocientas cuarenta y cinco varas caste¬ 
llanas por cada frente. Fué pues, un precio de «composi¬ 
ción» basado en un avecindamiento antiguo- 

La calidad de pobladores del desierto acordaba dere¬ 
chos inobjetables. Era el amparo de una ley sabia, dictada 
como compensación al esfuerzo tenaz y valiente. Aquel 
don Alejandro de los Reyes, como tantos otros varones 
de su tiempo, fué, sin duda, sillar de una civilización 



104 ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 

naciente y de una riqueza en embrión; y lo fué sin sa¬ 
berlo, siendo con certeza hombre iletrado y rudo; tocóle 
actuar entre dos rivalidades seculares, cuyos núcleos ar¬ 
mados debieron chocar más de una vez en los lindes de 
su hacienda y mermar los ganados a su paso. Constituyó 
su hogar en unión legítima de doña Petrona Naranjo y 
dejó cinco hijos. Su sucesión vendió los campos, al ini¬ 
ciarse la guerra de la independencia, en pesos dos mil... 
Como se ve, el precio de las estancias, aun precario, se 
había multiplicado ocho veces en el espacio de medio 
siglo. 

En 1775, el capitán de milicias don Juan José de Meló 
acreditó ante el juez de tierras don Manuel de Basavilbaso 
que estaba en posesión de una estancia situada en el partido 
del Rosario, entre los arroyos del Sauce y del Riachuelo, 
desde el año 1754. Adujo pruebas de que la había po¬ 
blado; verificó le mensura el piloto Pablo Franco, y fi¬ 
jóse el precio de «moderada composición en $ 250». El 
área de los campos alcanzaba a tres leguas y tres cuartos 
de legua. 


V 

La vasta extensión de tierras situada entre los arro¬ 
yos San Pedro y San Juan hallábase hacia los años de 
1789 en posesión de hecho de varios hombres animosos 
que, establecidos con sus familias en la entraña de aquella 
naturaleza casi virgen, llevaban la vida primitiva de los 
estancieros del siglo XVIII, morando en ranchos de barro 
y techo pajizo, provistos apenas de un moblaje indis¬ 
pensable y rústico, y sin conocer con exactitud los lí¬ 
mites de su dominio, salvados con frecuencia por el ga¬ 
nado chúcaro- Un viejo expediente que se siguió con 
motivo de la primera .mensura de aquellas tierras, revela 
los nombres de sus pobladores. Fueron éstos Bonifacio 
de la Canal, Mateo Visillac, Francisco Maurino, Mariano 
Díaz, Ignacio Acosta, José Morinigo, Fernando Hernández, 
Silvestre Castillo, Pedro Antonio de Arroyo, Andrés de 
la Quintana y Frutos Pagalday. 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


105 


El primero de los citados formuló en aquel año de 
1789, ante la Superintendencia general de Real Hacienda, 
en Buenos Aires, la denuncia de los campos que ocupaba, 
a fin de obtener su dominio por derecho, previas las 
formalidades ordinarias de «calificación de realengo, men¬ 
sura, avalo y pregones». Pasóse la postulación a informe 
del comandante militar de Colonia y del fiscal de lo 
civil de Buenos Aires; por auto fechado el 7 de setiembre 
de 1790, hízose lugar a la solicitud de Canal, designándose 
por la Real Hacienda a don Felipe Tejada para presidir 
las diligencias ordenadas por las leyes de Indias. Con 
este motivo, otro de los pobladores citados, don Mateo 
Visillac, presentóse en Colonia pidiendo se realizaran 
análogas formalidades respecto de los campos que ocu¬ 
paba. La resolución se hizo entonces extensiva a todos 
los pobladores de la zona. 

El comisionado don Felipe Tejada comprobó, en pri¬ 
mer término, la calidad de realengo de los campos, exi¬ 
giendo para ello la prestación de juramento de cuatro 
vecinos del partido; y nombró luego, para realizar la 
mensura, al piloto don Manuel Osores; como adjunto, a 
don Jorge Mediza; y como «contadores de cuerda» a don 
Juan Lanuza y don Andrés de la Quintana. El informe 
elevado a la Superintendencia de Real Hacienda abunda 
en detalles acerca de las operaciones de mensura y deli¬ 
mitación; colocáronse «planchetas náuticas» y mojones 
de piedra; y realizadas las mediciones fueron tasadas las 
tierras en cuarenta y seis pesos y cuatro reales... Lo 
curioso del caso fué que, conforme a las reglas del de¬ 
recho vigente, se publicaron treinta pregones en ja plaza 
de Colonia del Sacramento, sin que resultase mayor' pos¬ 
tor ni aspirante de mejor precio a la posesión de los do¬ 
minios. Como se ve, aun en la última década del siglo 
XVIII, las tierras nada valían ante el número exiguo de 
varones animosos y capaces de enfrentarse al desierto. 

Por espacio de catorce años quedaron los pobladores 
en el tranquilo usufructo de las posesiones realengas, y 
algunos de ellos mucho más; pero en julio de 1805 el 
precitado don Mateo Visillac presentóse a la autoridad 



106 ORIGEN Y EVOLUCION DE LOS LATIFUNDIOS COLONIENSES 

virreinal solicitando se pasara su expediente a la Junta 
de Almoneda, a los efectos de una subasta pública. Llevóse 
ésta a cabo el 27 de aquel mes y año, y la estancia de 
San Pedro fué adquirida en la suma de setecientos pesos 
por don Jaime Badell, quien abonó además otros ciento 
cuarenta y tres pesos por derechos e impuestos. 

La enunciación del detalle de estos impuestos revela 
su exorbitancia. Don Jaime Badell pagó $ 35, correspon¬ 
dientes al 5 por 100 sobre el valor de la transacción; 
$ 70, o sea 10 por 100 de un llamado «servicio pecu¬ 
niario»; $ 14 por otro servicio pecuniario establecido por 
real cédula, y $ 21 más tres reales y medio, correspon¬ 
dientes al 18 por 100 con que se gravaba la conducción 
a España de los $ 119 que anteceden... 

Munido de su título, que llevaba la firma del virrey 
marqués de Sobremonte, presentóse el propietario ante 
el jefe de la plaza de Colonia, que lo era a la sazón el 
teniente coronel don Ramón del Pino, quien dióle pose¬ 
sión con las formalidades de la ley, previa citación de 
cuatro estancieros colindantes, Pedro Antonio de Arroyo, 
Francisco Antonio de Souza, Bonifacio de la Canal y 
Frutos Pagalday. El acta respectiva conserva el estilo de 
los documentos análogos del siglo XVI: «Di posesión cor¬ 
poral real, mandándole que, en señal de verdadero do¬ 
minio, arrancase hierbas, tirase piedras al aire y mandase 
salir a los que se hallaban dentro de dichos terrenos...; 
y arrancó hierbas que tiró al aire, tiró piedras y >en 
alta voz mandó que todos los que estuviesen en sus terre¬ 
nos sin su expreso permiso saliesen inmediatamente...» 

La literatura relativa a la propiedad colonial es pro¬ 
saica y pesada; pero en sus folios amarillentos y entre 
sus fórmulas ingenuas perduran los nombres de los que 
dieron base a una civilización hoy difundida en las an¬ 
tiguas comarcas primitivas y forjaron los pilares robustos 
de nuestra democracia rural. 



CAPITULO NOVENO 


EL TRATADO DE MADRID Y LAS 
CAMPAÑAS DE DON PEDRO DE CEVALLOS 


Alianzas dinásticas entre España y Portugal. — Celebración 
del Tratado de Madrid; sus cláusulas y compensaciones; fracaso 
de su aplicación. — El Cpnvenio de El Pardo. — Don Pedro de 
Cevallos; su primera compaña contra Colonia. — Capitulación 
del gobernador Silva da Fonseca. — Ataque frustrado de la 
ficta lusobritánica. — Los Tratados de Fonlainebleau y de París; 
reintegración de Colonia ai dominio portugués. — La grande ex¬ 
pedición de Cevallos; su composición y objetivos geográficos. — 
Instrucciones secretas del marqués de Pombal sobre la entrega 
de Colonia. — Su cumplimiento por el gobernador da Rocha. — 
La demolición de la ciudad. — Tratado de San Ildefonso. 


"P L lapso histórico de 1750 a 1777, que comprende va¬ 
rios tratados diplomáticos, una extensa demarcación 
de límites y tres ¿campañas militares, ha • sido amplia¬ 
mente divulgado por los tratadistas de historia en el 
Río de la Plata. Nos limitamos, pues, a formular algunas 
menciones generales de aquellos acontecimientos, a fin 
de mantener la unidad de esta crónica. 


I 

La administración de Luiz García de Vivar sucedió 
en Colonia del Sacramento a la de Vasconcellos, y el 
gobierno de don José de Andonaegui al de don Domingo 
Ortiz de Rozas en Buenos Aires; pero no fué el cambio 
de hombres en el Plata lo que modificó los rigóres del 
asedio sin batallas que sufría el poblado coloniense, sino 
la renovación del alto escenario político de la metrópoli, 
con motivo del fallecimiento del rey Felipe. .Su hijo, que 
heredó la corona con el título de Fernando VI, había 
contraído matrimonio con doña Bárbara de Braganza, 



108 


TRATADO DE MADRID. CAMPAÑAS DE CEVALLOS 


hija del rey de Portugal; y el príncipe José, hermano 
de aquélla, había casado con la infanta doña María Vic¬ 
toria, hija de Felipe V. Esta doble alianza de las familias 
reinantes en la península estaba destinada a influir en la 
política interior y exterior de las dos potencias y a pre¬ 
parar actos internacionales capaces de afectar los inte¬ 
reses más vitales de ambos pueblos. Predominaba el ab¬ 
solutismo de las monarquías, que encaraba y solucionaba 
los problemas de sus gobernados desde el punto de vista 
de las conveniencias dinásticas. Lógicamente, la elevación 
al trono de Fernando VI permitió la participación de su 
mujer en los negocios del Estado;'y la princesa portugue¬ 
sa, dotada de talento, maniobró en el sentido de conciliar 
a su manera las aspiraciones de su país de nacimiento 
con las de su patria de adopción. Este fué el origen del 
Tratado de Madrid, firmado el 13 de enero de 1750, en 
cuya redacción y ajuste fué principal negociador don José 
de Carvajal y Lancaster, ministro de Estado, uno de cuyos 
más acentuados deseos consistía en dar solución española al 
pleito de Colonia, alejando definitivamente a los portu¬ 
gueses del Río de la Plata, aun cuando la realización de 
este objetivo estuviese supeditada a compensaciones im¬ 
portantes. 

Estas compensaciones tenían que dar al tratado una 
extensión considerable, y convertirlo, por lo dilatado y 
valioso de las comarcas que abarcaba, en uno de los actos 
internacionales de mayor relieve del siglo XVIII. Contenía 
en su prefacio una exposición de las doctrinas geográficas 
sustentadas por España y Portugal y sus respectivos fun¬ 
damentos; un breve examen de los convenios efectuados 
para delimitar sus posesiones, desde el Tratado de Torde- 
sillas, y determinaba las jurisdicciones coloniales de am¬ 
bas potencias «para que en ningún tiempo se confundan 
ni den origen a disputas». Al formular esta declaración, 
las. altas partes contratantes caían en la ideología... El 
texto del ajuste reconocía la soberanía de España sobre 
Filipinas, la de Portugal en el territorio del Matto-Grosso, 
las riberas del Amazonas y las Misiones jesuíticas, y esta¬ 
blecía la línea divisoria de los dominios en el Monte de 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 109 

Castillos Grandes, siguiendo el filo de las cumbres hasta 
las cabeceras del Río Negro, y continuando el curso del 
Ibicuy hasta su desagüe en el Uruguay. La cláusula re¬ 
lativa a Colonia del Sacramento cedía definitivamente a 
España la plaza y sus tierras sobre el Río de la Plata, sin 
sacarse de -la primera otra cosa que la artillería, armas, 
municiones, pólvora y embarcaciones de servicio, acordán¬ 
dose a los moradores la facultad de permanecer o reti¬ 
rarse con sus efectos; y daba solución a todas las demar¬ 
caciones en disputa, definiendo las respectivas jurisdic¬ 
ciones y fijando las garantías recíprocas. Este contrato 
fué seguido de seis tratados interpretativos o ejecutorios 
de la decisión capital: cuatro selláronse el 17 de enero 
de 1751, otro el 17 de abril y el último el 12 de julio del 
mismo año. 

Pero todo este considerable trabajo de diplomáticos 
y técnicos estaba destinado al fracaso ante una conjura¬ 
ción de circunstancias adversas y obstáculos complejos. 
A la magnitud de las proyecciones del convenio de Ma¬ 
drid, que implicaba mudanzas de soberanía sobre terri¬ 
torios y choque de intereses seculares, se unieron sucesos 
ajenos a la voluntad de los hombres- La muerte del rey 
don Juan V de Portugal alejó del gobierno a su ministro, 
Alejandro de Gusmáo, inspirador del tratado por el lado 
portugués; sucedió a aquél su hijo don José I, que llevó 
a la dirección de la política portuguesa al futuro mar¬ 
qués de Pombal, quien se dejó ganar por las influencias 
adversas a la ejecución del pacto, entre las cuales figu¬ 
raba el ex gobernador Vasconcellos. Sobrevino la guerra 
guaranítica, tolerada por la Compañía de Jesús ante 
la cesión de su imperio al dominio lusitano; y las inter¬ 
pretaciones opuestas de los comisarios de ambas coronas 
complicaron una realización de suyo dificultosa. En 
comparación de las compensaciones atribuidas a Portugal, 
Colonia del Sacramento era un punto geográfico de mu¬ 
cho menor cuantía; pero tales eran el valor de su situa¬ 
ción y los beneficios que representaba su conservación, 
que su cesión a España originó un formal movimiento 



110 


TRATADO DE MADRID. CAMPAÑAS DE CEVALLOS 


dé oposición a su entrega. A pesar de los esfuerzos del 
comisario español, marqués de Valdelirios, peruano de 
nacimiento, las soluciones políticas de 1750 resultaron 
inaplicables. 

El fracaso de la delimitación de jurisdicciones ha sido 
descrito y discutido en América, Portugal y España, aun 
cuando los documentos capitales sobre el asunto no eran 
sino parcialmente conocidos. No debemos nosotros ale¬ 
jarnos del teatro local que nos interesa: a pesar del Tra¬ 
tado de Madrid, Colonia permaneció ocupada por los 
portugueses; transcurrió así una década entera sin solu¬ 
ción legal; y ésta se produjo cuando a la muerte de 
Bárbara de Braganza siguió la del rey Fernando, a quien 
reemplazó en el trono su hermano Carlos III, cuya pri¬ 
mera medida consistió en la anulación del ambiciosa con¬ 
venio que había pretendido repartir un mundo por medio 
de trazados ideológicos y sin contar con los factores ét¬ 
nicos y los intereses arraigados que militaban en su contra. 

El 12 de febrero de 1761 los plenipotenciarios españo¬ 
les y portugueses sellaron en El Pardo el contrato que 
declaraba la caducidad del anterior, y nuevamente en 
vigor las antiguas convenciones sobre límites. Ello equi¬ 
valía a finalizar una disputa para recomenzar las pre¬ 
cedentes; pero meses después una nueva guerra ponía a 
España frente a Portugal, aliado de Inglaterra, con sus 
proyecciones inevitables en las posesiones de Indias. 

II 

Fué en esa hora que surgió el hombre de capacidad 
y de carácter que había de abarcar con vista de águila 
el vasto escenario colonial en disputa, y lograr imponer, 
tres lustros más tarde, la solución militar e histórica de¬ 
finitiva. Hemos nombrado a don Pedro de Cevallos. Go¬ 
bernador de las provincias del Plata desde 1756, había 
estado en contacto con los portugueses durante cinco años 
cuando llegó a su conocimiento la nueva de la anulación 
del Tratado de Madrid, y en cumplimiento de las ins- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 111 

trucciones que le fueron expedidas desde la corte, re¬ 
clamó la devolución de los territorios ya demarcados se¬ 
gún el pacto caducado, y que ocupaban fuerzas y familias 
lusitanas. Las negociaciones al respecto fueron vanas, y 
conocida la ruptura que sobrevino en Europa, Cevallos 
hizo sus aprestos bélicos y puso cerco a Colonia desde 
el 1 de octubre de 1762. 

Mandaba la plaza el brigadier de infantería Vicente 
da Silva da Fonseca, hombre de probado valor personal, 
pero que debía revelarse incapaz de utilizar en la defensa, 
hasta el agotamiento, todos los recursos de que disponía. 
Sus fuerzas no alcanzaban a mil soldados; pero las for¬ 
tificaciones eran recias y la artillería suficiente. Frente 
a ellas opuso Cevallos dos mil setecientos hombres de 
tropas blancas, un millar de indios y varios centenares 
de peones aptos para los trabajos de aproximación ofen¬ 
siva. Una flota al mando del teniente de navio Carlos 
Sarriá debía cooperar al asedio; pero este sostén no se 
hizo efectivo por el abandono inexplicable que hicieron 
los buques y su jefe de las aguas colonienses, permitiendo 
el arribo de navios adversarios. La táctica del general 
sitiador consistió en levantar baterías y trincheras frente 
a los puntos estratégicos 1 del recinto amurallado, y batir 
éstos y la plaza, con gruesa artillería, noche y día, sin 
excluir siquiera los lugares que servían de refugio a las 
familias. Las piezas de la ciudadela contestaron vigorosa¬ 
mente; pero no impidieron la apertura de dos brechas 
que, aunque se hicieron el 7 y el 16 de octubre, no fueron 
utilizadas para el esperado asalto. Este sitio de Colonia 
fué sólo un largo duelo de artillería sin más incidencia 
que una pausa obligada por negociaciones sin resultado. 
Un manuscrito obrante en el Instituto Histórico y Geogrᬠ
fico Brasilero, citado por Río Branco, afirma que Silva 
da Fonseca buscó la muerte exponiéndose en los sitios 
de mayor peligro; pero su capacidad para el mando apa¬ 
rece disminuida ante la capitulación que llevó a cabo el 
30 del mes citado, y en la cual obtuvo los honores de la 
guerra. Consignó Cevallos, en efecto, en el acta corres¬ 
pondiente: «Por la honrosa defensa que ha hecho se le 



112 


TRATADO DE MADRID. CAMPAÑAS DE CEVALLOS 


concede salir a embarcarse por la puerta del Colegio, 
con sus armas, banderas desplegadas, cañones cargados, 
mecha lista y tambor batiente; cada soldado con doce 
tiros de fusil, cada granadero con una granada, dos piezas 
de campaña con doce tiros, aunque ningún mortero, todo 
lo cual podrá ejecutarse hasta el día 2 de noviembre, a 
más tardar». 

El jefe y la guarnición se embarcaron para el Brasil 
al mismo tiempo que los vencedores entraban en la ciu¬ 
dad y solemnizaban el triunfo con un tedeum. Silva da 
Fonseca fué remitido preso a Lisboa, muriendo años des¬ 
pués en la cárcel, bajo la acusación de no haber prolon¬ 
gado la resistencia hasta la llegada de refuerzos. 

Esta acusación era fundada, pues el virrey del Brasil, 
al informarse de la ofensiva de Cevallos, había preparado 
un vasto plan de operaciones militares y navales destinado 
a liberar a los sitiados y realizar la ocupación de toda la 
costa oriental del estuario. Con este objetivo llevó a cabo 
una concentración de fuerzas lusobrasileras sobre el 
Chuy, las cuales debían atacar Maldonado y avanzar sobre 
Montevideo en cooperación de una escuadra formada por 
unidades británicas y portuguesas al mando del almirante 
John Mac-Namara. Tropas de desembarco, a órdenes del 
teniente coronel Vasco Alpoin, eran conducidas a bordo 
de aquella flota y destinadas a incorporarse a la guarnición 
de Colonia, dar batalla al ejército de Cevallos y marchar 
luego hasta Montevideo, uniéndose frente a esta plaza con 
la división’ que venía del este. 

Esta expedición zarpó de Río de Janeiro al mediar 
noviembre, cuan se ignoraba todavía allí la capitulación 
de Silva da Fonseca. Informado del suceso al llegar al 
Plata, el almirante inglés juzgó más honroso atacar Colo¬ 
nia, a pesar de la modificación de las circunstancias, que 
volver la proa a los puertos del Brasil. Internóse en el 
río, y dejando a retaguardia los transportes con la gente 
de desembarco, hizo avanzar el navio insignia Lord Clive, 
flanqueado de la fragata de la misma nacionalidad Ambus- 
cade, y de la portuguesa Gloria, iniciando el 6 de enero 
a mediodía el bombardeo de la plaza, que contestó vigo- 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


113 


rosamente, sosteniéndose por ambas partes un vivo fuego 
de artillería durante cuatro horas. La versión brasilera 
informa que a las cuatro de la tarde los cañones espa¬ 
ñoles empezaban a ceder, lo cual es posible si se tiene en 
cuenta que los tres buques de línea que atacaban suma¬ 
ban ciento cincuenta piezas, cifra superior a la que le 
oponía Cevallos; pero a dicha hora el navio almirante 
fué incendiado, retirándose del combate y hundiéndose 
poco después, con la mayor parte de sus tripulantes. Mac- 
Namara pereció gloriosamente, y las fragatas Gloria y 
Ambuscade abandonaron el combate, la última haciendo 
agua, pues había recibido cuarenta balas de cañón en sus 
flancos. 


III 

Este episodio victorioso de las armas españolas acaeció 
exactamente dos meses después de firmarse en Fontai- 
nebleau el Tratado preliminar que ponía fin a la guerra de 
Siete Años, y que no pudo ser conocido a tiempo en Amé¬ 
rica en razón de la lentitud de las comunicaciones. Resta¬ 
blecía el convenio, siquiera aparentemente, la concordia 
entre las dos potencias rivales; y el Tratado de París, fir¬ 
mado el 10 de enero de 1763, reintegró Colonia a sus anti¬ 
guos poseedores cuando ya don Pedro de Cevallos había 
llevado las operaciones al este del país, ocupado las forta¬ 
lezas de Santa Teresa y San Miguel y dominado la región 
de la laguna de los Patos. Fué en su margen que los dele¬ 
gados de los comandos hispánico y lusitano convinieron 
en la línea de demarcación entre las posesiones de sus 
respectivos países. 

Al finalizar aquel año de 1763, la víspera de Navidad, 
se realizó la restitución de la ciudadela platense, ha¬ 
ciéndose cargo de ella su nuevo gobernador, coronel Pe¬ 
dro José Soares de Figueiredo, a quien acompañó en el 
acto el general José Pinto de Alpoin. Desde el instante 
de la entrega surgió la inevitable disputa acerca de los 
alcances e interpretación del convenio diplomático, cuyo 
artículo XXI disponía que los territorios coloniales que¬ 
daban en las condiciones anteriores a la guerra. En su 



114 


TRATADO DE MADRID. CAMPAÑAS DE CEVALLOS 


virtud, reclamaron los portugueses la restitución de Río 
Grande, de las islas de Martín García y Dos Hermanas 
y del «hinterland» de Colonia e isla de San Gabriel. Es¬ 
tos dos últimos puntos les fueron acordados, pero no los 
anteriores, que los españoles sostuvieron pertenecerles de 
hecho y de derecho. 

Presentóse, pues, el caso paradójico de un nuevo con¬ 
flicto suscitado como consecuencia de un pacto destinado 
a poner fin a los conflictos... En la historia de las pug¬ 
nas entre las dos potencias peninsulares, revélanse dos 
hechos, entre otros, con toda claridad: el uno, que desde 
la lucha por la independencia portuguesa hasta el Tra¬ 
tado de San Ildefonso no tuvieron lugar varias guerras, 
sino que existió una sola, dilatada por espacio de casi 
un siglo y medio, con una renovación de episodios 
apenas interrumpidos por treguas momentáneas que en 
el caso estaban legitimadas por tratados, que sólo servían 
para que ambas naciones intensificaran sus preparativos 
bélicos a fin de reanudar sus hostilidades. Y el otro, que 
ese estado de cronicidad guerrera debía subsistir hasta 
que una de las sociedades presentara los primeros sín¬ 
tomas de la decadencia, que por ley histórica debía tra¬ 
ducirse en un debilitamiento de su energía expansiva. 

La reclamación interpuesta por el embajador de Por¬ 
tugal en Madrid, Ayres de Sáa, fué contestada por el 
gobierno de don Carlos III con una negativa fundada en 
la tesis española acerca de sus derechos sobre las comarcas 
en litigio. La paz no se alteró momentáneamente en la 
península, pero sí en Río Grande, donde las armas rivales 
se midieron sin previa declaración de guerra, mantenién¬ 
dose un período de hostilidades intermitentes que culminó 
en abril de 1776 con un ataque llevado por los lusitanos 
a las villas y poblados de la región citada. Estos episodios 
precipitaron por parte del gabinete de Madrid una deter¬ 
minación política y militar que se venía estudiando desde 
hacía tres años: la creación del virreinato del Río de 1^ 
Plata y el envío de una expedición armada cuya eficacia 
fuera bastante poderosa para asentar de manera definitiva 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 115 

la soberanía de España en los puntos donde su historia 
había quedado suspendida durante Un siglo. 

Rompióse la guerra entre los dos países. Por cédula del 
1 de agosto de 1776 don Carlos III designó primer virrey- 
de las provincias de Buenos Aires, Paraguay y Tucumán 
a don Pedro de Cevallos, a la sazón gobernador de Madrid, 
que tomó a la vez la dirección militar de la empresa. 
Los preparativos de ésta fueron largos y costosos; con¬ 
centráronse en Cádiz nueve mil hombres de tropas regu¬ 
lares y un centenar de transportes para conducirlos; aco¬ 
piáronse víveres para seis meses y abundantes pertrechos 
de guerra; se formó una escuadra de seis navios y nueve 
fragatas, cuyo mando se dió al marqués de Casa Tilly; 
y mientras las autoridades de Buenos Aires y Montevideo 
recibían instrucciones para disponer cuarteles, hospitales 
y medios de transporte, la diplomacia española llevó a cabo 
una ofensiva contra el gobierno portugués, y especialmen¬ 
te contra el marqués de Pombal, acusándole ante las 
cancillerías y la opinión mundial de provocar una con¬ 
flagración general. La emoción en Europa y América fué 
considerable, y la cuestión de Colonia del Sacramento 
ocupó en la fecha el primer plano de las preocupaciones 
internacionales. 

La isla de Santa Catalina, primer objetivo de la em¬ 
presa, fué atacada el 20 de febrero y ocupada cinco días 
después. Mientras algunas de sus fuerzas se unían a las 
mandadas en la zona nordeste de la Banda Oriental por 
el mariscal de campo don Juan José Vértiz, Cevallos 
desembarcó en Maldonado y se trasladó a Montevideo, 
donde procedo a organizar la expedición que debía res¬ 
catar Colonia del Sacramento. En el curso del mes de 
mayo el ejército español ocupó toda la jurisdicción vecina 
a la plaza, cuyo quinto asedio comenzó el 27 con la llegada 
del virrey, quien tomó la dirección personal de las ope¬ 
raciones. 

Pero estas operaciones no tuvieron lugar. Hasta hoy, 
los cronistas de esta guerra se han inclinado a atribuir 
la capitulación inmediata de la plaza a la falta de decisión 
de su gobernador, el coronel Francisco José da Rocha. 
Cúmplenos rectificar documentalmente esa presunción. El 



116 


TRATADO DE MADRID. CAMPAÑAS DE CEVALLOS 


jefe lusitano entregó Colonia, después de llenar las for¬ 
mas, en razón de instrucciones concretas recibidks del mar¬ 
qués de Pombal. La visión clara del estadista portugués 
había previsto toda la inutilidad de una resistencia, no 
sólo ante las fuerza superiores de Cevallos, sino también 
ante las emergencias del porvenir, dada la situación de 
aislamiento de Colonia, avanzada lusitana enclavada en 
los dominios españoles, alejada de todo sostén y amena¬ 
zada de continuo por mar y tierra. El error geográfico 
y militar cometido por los inspiradores de la fundación de 
Colonia, y al cual nos hemos referido en el capítulo I, - 
fué verificado por el marqués de Pombal. Había que tomar 
la responsabilidad política e histórica de abandonar de¬ 
finitivamente la ciudad de Lobo, y el jefe del gobierno 
portugués no vaciló en decretarla. El documento revelador 
consigna precisamente las razones desde sus primeras lí¬ 
neas: «Es quimérica e imposible la idea de conservar nues¬ 
tras fuerzas navales én el Río de la Plata y mantenernos 
en aquella plaza de Colonia a esa distancia, cuando en ella 
y en el territorio de ella tienen hoy los castellanos el 
centro de unión de todas sus fuerzas, y cuando, por el 
contrario, se halla allí la mayor debilidad de nuestras 
fuerzas del Brasil...» Pombal se dirigía al virrey, marqués 
de Lavradio, para que éste trasmitiera al gobernador de 
Colonia las instrucciones que debían regir la evacuación 
de las tropas y la rendición de la plaza, «que será atacada 
en cuanto los castellanos la vean desamparada de tropa 
regular». Y añadía también textualmente: «cuando se le 
proponga una capitulación, debe aceptar». Este documento 
es un exponente de habilidad diplomática y define la re¬ 
nunciación de Pombal a una política lusitana en el Río 
de la Plata. 

El coronel da Rocha rindió Colonia el 3 de junio de 
1777. De acuerdo con las cláusulas de la entrega, las 
armas y municiones quedaron en poder del nuevo ocu¬ 
pante; los oficiales y clases, con sus mujeres y esclavos, 
regresaron al Brasil, y los soldados y gran parte de la 
población civil fueron dispersados en las provincias ar¬ 
gentinas. La orden de demoler la ciudad y las fortifi¬ 
caciones siguió inmediatamente a la toma de posesión: 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


117 


baluartes y murallas fueron volados; pero, como se esta¬ 
blece en el capítulo siguiente, las iglesias fueron respe¬ 
tadas y se procedió respecto de las casas con un método 
que permitiera utilizar más tarde todos los materiales de 
construcción. Ello no impidió un deterioro general vecino 
de la ruina, dado el abandono de la plaza por su población 
civil; y prácticamente la ciudad del Sacramento dejó de 
existir como urbe colonial de primera importancia. De 
haberla conservado y aprecido, hubiera quizá disputado a 
Montevideo, cuarenta años más tarde, la capitalidad de la 
provincia cisplatina. 

Cupo a don Carlos III la misión histórica de poner fin 
a la contienda de un siglo trabada sobre la posesión de 
Colonia. En primer lugar, determinando el envío de la ex¬ 
pedición militar y naval más poderosa que conocieron 
los pueblos del Plata bajo el antiguo régimen; y después, 
auxiliado por circunstancias providenciales, afirmando la 
paz sobre el renunciamiento obtenido del adversario a una 
reconquista eventual. En efecto, precisamente el mismo 
día en que don Pedro de Cevallos se apoderaba de Santa 
Catalina, el 24 de febrero, moría en Lisboa el rey José I; 
desaparecía del escenario político europeo la figura de su 
primer ministro, el marqués de Pombal, y la reina viuda, 
doña María Victoria, que asumió el poder en Portugal, 
facilitó desde la primera hora la reconciliación de su pueblo 
con el gobernado por su hermano, don Carlos III. Como 
en tantos casos anteriores, una razón de orden dinástico 
coadyuvó al éxito de las negociaciones que entablaron el 
conde de Floridablanca, en nombre de España, y don 
Francisco Inocencio de Souza Coutinho, en representación 
de Portugal, y que culminaron en el Tratado de San Il¬ 
defonso, firmado en el palacio real de La Granja el 1 de 
octubre de 1777. 

Este convenio de demarcación de límites en la América 
meridional es ampliamente conocido, pues todos los his¬ 
toriadores se han encargado de glosar sus cláusulas. Basta 
a nuestro objeto recordar que una de aquéllas asignaba 
a España Colonia del Sacramento y la isla de San Gabriel, 
restableciendo la unidad de su dominio en el Río de la 
Plata. 



CAPITULO DECIMO 


LA REPOBLACION ESPAÑOLA 


Falsa visión de los inspiradores de la destrucción de Colonia; 
su responsabilidad histórica. — Utilización de los materiales 
de la demolición. — Disposiciones del virrey Vértiz para la re¬ 
población de la plaza. — Los comandantes de armas Sebastián 
de Palomar, Pedro Amores, Vicente Jiménez y Domingo Chair- 
ri * — Fundación de la primera escuela en 1798. Las invasiones 
inglesas; ocupación de Colonia por la división Pack; asalto 
y rechazo del coronel Elío. — Concesión del título de villa y 
constitución del primer Ayuntamiento. — Reconocimiento oficial 
de la villa del Rosario. — El Real de San Carlos. 


I 

Tj 1 UE el acto del arrasamiento una iniciativa del soldado 

vencedor, cansado de victorias anteriores inútiles, de 
tomas y dacas sucesivas, y temeroso de la debilidad di¬ 
plomática de su país, capaz de reintegrar una vez más 
el debatido dominio a su competidor? ¿O fué una orden 
emanada de la metrópoli, inspirada en la idea de anular 
la ambición portuguesa, suprimiendo su objetivo platense? 
Hasta hoy la investigación no ha logrado aclarar el punto 
de la triste iniciativa; pero que la orden haya procedido 
de Cevallos, del Consejo de Indias o. de la corona, es evi¬ 
dente que su promotor desconocía las lecciones de la 
historia, a la vez que ignoraba las razones decisivas que 
obligaban a los portugueses a no insistir en la disputa 
coloniense. 

Los precedentes históricos establecen, en efecto, que 
la fortaleza había sido arrasada dos veces antes de que 
lo fuera por Cevallos: la una en 1680 y la otra en 1705, 
y ello no impidió que ambas veces se la reclamase por el 
vencido, que obtuvo la devolución de las ruinas porque 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


119 


lo que interesaba a Portugal no eian las viviendas, sino 
el punto geográfico y estratégico fundamental. 

En cuanto a los motivos poderosos que indujeron al 
director de la política lusitana a no .insistir en el pleito 
secular, se hallan netamente establecidos en la nota se¬ 
creta del marqués de Pombal, fechada en 1775 y aludida 
en el capítulo anterior. En realidad, el estadista portu¬ 
gués había renunciado a la posesión de Colonia antes 
que la expedición de Cevallos partiese de Cádiz. Como 
lo dice en el documento, era la debilidad notoria de la 
avanzada colonizadora en el Plata lo que le inducía a 
juzgar perdida la batalla. Pombal sabía que Colonia es¬ 
taba aislada y que vivía bloqueada sin remedio entre dos 
núcleos hispánicos. En 1680 y en 1716 Montevideo no 
existía y los proyectos de don Pedro II y de sus sucesores 
pudieron basarse en la factibilidad de una expansión en 
toda la margen izquierda del estuario, hasta reunirla con 
el territorio de Río Grande; de ahí la resolución de 1701 
de poblar y fortificar la península montevidense, que tuvo 
recién un comienzo de ejecución en 1723 y que culminó 
en un fracaso; pero desde la hora en que la fundación 
se realizó por España, y contó ésta con un jalón armado 
entre la ciudadela portuguesa y sus bases del Brasil, la 
primera estuvo irremediablemente condenada y su pérdida 
debió acaecer en 1735. La salvaron entonces transitoria¬ 
mente la tenacidad romana de Vasconcellos y la notoria 
ineptitud de Salcedo. 

Por otra parte, la situación de Buenos Aires y de los 
territorios vecinos había cambiado fundamentalmente en 
el último cuarto del siglo XVIII; su población y fuerzas 
habían aumentado e intensificádose las comunicaciones con 
la metrópoli, y la aspiración robusta de Manuel Lobo, 
que juzgó posible erigir una urbe rival frente a la ciudad 
de Garay, resultaba una quimera en 1777. Así lo compren¬ 
dió Pombal, y es lastimoso que no lo hubieran compren¬ 
dido también Cevallos o sus inspiradores, pues se habría 
evitado una destrucción inútil y conservádose intacta y 
floreciente la ciudad más importante de la Banda Oriental. 



120 


LA REPOBLACION ESPAÑOLA 


II 

Hay un lapso inédito en la historia de Colonia: el 
comprendido entre los años 1778 y 1810, es decir, desde 
la hora de la demolición hasta el término del gobierno 
colonial. Los cronistas no se refieren en sus textos a ese 
período sin gloria en que el vencedor hispano asentó 
su planta entre las ruinas y se cruzó aparentemente de 
brazos, juzgando suficiente resultado de su esfuerzo el 
alejamiento de su adversario de cien años. 

Cumple, sin embargo, a la fidelidad de un estudio 
cronológico consignar los pequeños episodios y los mo¬ 
destos nombres que se inscribieron en los anales de Co¬ 
lonia en aquel lapso sin batallas, durante el cual se cons¬ 
tituyó precaria y lentamente un nuevo embrión social, 
y la vida de villorrio y la labor oscura del campesino 
sustituyeron a los hechos trascendentales. 

Don Pedro de Cevallos se mantuvo en su tienda de cam¬ 
paña, en la Banda Oriental, hasta el 15 de octubre de 
1777, fecha en que regresó a Buenos Aires; pero varias 
semanas antes designó comandante de la fuerza de ocu¬ 
pación' de Colonia al teniente coronel del regimiento de 
Toledo, don Sebastián de Palomar, a quien entregó ins¬ 
trucciones el 3 de agosto acerca del destino a darse a 
los materiales de demolición de la plaza. 

Hase creído con bastante generalidad que la orden del 
jefe vencedor consistió en que se llevase a cabo el ani¬ 
quilamiento total de lo existente. Esta opinión es errónea, 
pues la disposición sólo debía alcanzar a los muros y techos 
de las casas; en cuanto a los enseres, moblajes, puertas, 
ventanas, hierros y otros materiales utilizables, procedió¬ 
se con riguroso método de conservación, ordenándose su 
transporte por lanchas a Buenos Aires, debiendo acom¬ 
pañarse los envíos de guías detalladas. Las iglesias fue¬ 
ron respetadas, y habría que atribuir sus deterioros 
subsiguientes o destrucción parcial al mero abandono; 
varias casas quedaron intactas, y los registros parroquia¬ 
les depositados hasta 1781 en sus respectivos templos. 
Hay menciones en el Archivo de Indias respecto a la 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 121 

remisión, de elementos de construcción a Maldonado y 
otros pueblos uruguayos. 

El 22 de noviembre de 1777 el comandante Palomar 
entregó la jefatura del puesto militar al capitán del re¬ 
gimiento de infantería de Buenos Aires don Pedro Amo¬ 
res, quien permaneció un año en el cargo, siendo reem¬ 
plazado el 30 de noviembre de 1778 por el capitán don 
Vicente Jiménez. 

Fué en el curso de aquel año y del siguiente que 
el sucesor de Cevallos en el gobierno virreinal, don 
Juan José de Vértiz, favoreció la repoblación de la ciudad 
destruida. No pudo escapar, en efecto, a la penetración 
de aquel ilustre hombre de Estado el error cometido 
por su antecesor, y buscó repararle con los medios que 
las circunstancias pusieron a su alcance. Como se sabe, 
había fracasado una expedición colonizadora a Patago- 
nia, y Vértiz concibió y realizó el proyecto de erigir 
poblados en la Banda Oriental con los elementos que 
retornaron de aquellas costas inhospitalarias. La ejecución 
de la idea permitió la fundación de Guadalupe, Pando y 
San Juan Bautista en el primer lustro del virreinato, y un 
núcleo de linajes fué destinado a Colonia del Sacramento, 
adonde había sido precedido de las familias de los oficiales 
y soldados que se hallaban de guarnición. 

Desde Buenos Aires impartió el virrey instrucciones pa¬ 
ra que se adjudicasen a los nuevos pobladores las antiguas 
chacras de los portugueses; utilizáronse los escombros y 
otros materiales para construir viviendas; procedióse a la 
restauración del palacio del gobernador; los alrededores del 
poblado florecieron con el labradío, cuyos frutos basta¬ 
ron para el consumo local; el capitán Jiménez, jefe de 
Colonia, llevó a cabo la formación de compañías de mili¬ 
cianos en la plaza y los partidos de su dependencia, con 
fines de policía y de eventual defensa; y ya el 4 de no¬ 
viembre de 1778 pudo aquel militar elevar a Vértiz las 
listas de los elementos movilizables y de los pertrechos 
de que disponían. 

En marzo de 1780, Jiménez trasmitió la comandancia 
de Colonia al capitán don Domingo Chauri, quien perma- 



122 


LA REPOBLACION ESPAÑOLA 


necio varios años en el cargo, recibiendo allí su ascenso 
a teniente coronel en 1782. (1) 

La organización administrativa de la plaza dió lugar 
al establecimiento de un servicio de correos, expidiéndose 
los sacos postales desde Buenos Aires por lanchones hasta 
Colonia, de donde se les dirigía a Montevideo por vehículos, 
y las comunicaciones oficiales por medio de chasques. 

Cundió el esfuerzo ganadero, estimulado por la venta 
de los cueros; se subastaron extensos campos realengos, 
y los pilotos de la armada desempeñaron el papel de agri¬ 
mensores, delimitando posesiones en las cuales se alzaron 
los ranchos primitivos y hospitalarios. 

Al finalizar el año 1783 el comandante Miguel Fermín 
de Riglos, que había sucedido a Chauri, procedió a levan¬ 
tar el padrón de las familias repobladoras de Colonia, y 
a cuyo pie figura el resumen siguiente: 


w 

O 

3 

•1 



U1 

o 


'<l> 

ó 


U1 

o 


71 



o 

71 


2 

51 • 

71 


(TI 

71 

c 

3 

ro 

3 


Matrimonios españo¬ 
les . 31 31 

Familias de los que 
sirven al rey. 

Viudas y sus familias 

Españoles solteros .. 

Matrimonios de par¬ 
dos y solteros libres 

Matrimonios de es¬ 
clavos y solteros . 

TOTAL . 

Colonia del Sacramento y 


6 

9 

24 

16 

117 

4 

6 

26 

17 

74 

2 

2 

10 

4 

31 

23 

0 

0 

0 

23 

3 

2 

2 

6 

15 

6 

12 

4 

4 

30 

44 

31 

66 

47 

290 


1783 . — Miguel Fermín de Riglos. 


0 21 

1 12 

0 0 

1 1 

2 2 

35 67 

diciembre 30 de 


(1) Entre los oficiales que formaron parte de la guarnición, de 
Colonia hubo algunos que pertenecían a preclaros hnajes porteños, 
en 1757 aparece desempeñando las funciones de comandante de P 

español'de bloqueo el capitán don Marcos José de Larrazabal mas tai de 
caballero de Santiago, gobernador del Paraguay y suegro del vl " ey a Tq 
Sobremonte; y durante los años de 1780 y 1781 estuvo en la plaza el 
capitán del Regimiento de Dragones de Buenos Aires don Miguel Fermín 
de Riglos, quien regresó a Colonia en 1783 en calidad de comandante d 
ella. i 






HIS TORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


123 


III 

El primer tomo del protocolo del Cabildo inicióse el 
año 1793, y sus escrituras registran un movimiento rela¬ 
tivamente importante de adquisiciones y ventas, poderes, 
testamentos y tráfico de esclavos. Aunque precaria, Co¬ 
lonia adquiría vida propia; pero debe consignarse el hecho 
de que la mayor parte de las transacciones se refería a 
su dilatada jurisdicción rural, cuyo desarrollo se acrecía 
bajo el esfuerzo de las familias estancieras, aunque los 
medios de existencia, costumbres y método de trabajo 
eran notoriamente primitivos. 

El atraso era total en lo relativo a la instrucción pú¬ 
blica, pues durante los veinte años iniciales de su repo¬ 
blación la plaza careció de escuela. En 1798 fundóse la 
primera por iniciativa de dos vecinos destacados, don Ma¬ 
nuel Delgado y don Francisco de Andújar, y varias per¬ 
sonas pudientes se cotizaron para sostenerla y abonar un 
reducido sueldo a su preceptor, don Mariano de Ipárraga, 
quien ejerció sus nobles funciones durante más de treinta 
años, siendo su clase la única que existió hasta después 
de la independencia. Se habilitó para local la capilla de 
Santa Rita, a la sazón sin culto; pero apenas transcurridos 
dos años debió trasladarse la escuela a una habitación es¬ 
trecha, por haberse destinado la citada capilla a suplir 
la Iglesia mayor o parroquial, destruida por un incendio 
en 1800. El 16 de abril de ese mismo año Ipárraga redactó 
un programa de educación primaria y gratuita que abar¬ 
caba la enseñanza religiosa y los modales sociales, y que 
a pesar de su ingenuidad es un bello modelo de su gé¬ 
nero. (1) 

El letargo de aquella vida aldeana y sin estímulos vióse 
sacudido por los acontecimientos políticos y nylitares que 
provocaron las invasiones inglesas; y después de tres dé¬ 
cadas de estancamiento y de silencio la plaza recobró 


(1) El programa de referencia, obrante en el Archivo General de 
la Nación, Montevideo, se halla reproducido en la obra de don Fernando 
Capurro, La Colonia del Sacramento, pág. 256. 



124 


LA REPOBLACION ESPAÑOLA 


momentáneamente sus viejos aires marciales y sus arres¬ 
tos de fortaleza de mar y tierra. La escuadra británica 
se aproximó a la playa, y a pesar de su presencia y elu¬ 
diendo su vigilancia, el 28 de julio de 1806 fondeó en el 
puerto la flota de veintidós zumacas y lanchones que 
conducía desde Montevideo la expedición reconquistadora 
de Buenos Aires. Don Santiago de Liniers, que había mar¬ 
chado por tierra, entró en Colonia el mismo día con su 
estado mayor, constituyendo allí su cuartel general; y 
el 3 de agosto las fuerzas se hicieron a la vela hacia la 
costa argentina, aumentadas de cien milicianos colonien- 
ses que tomaron parte en la reconquista de la ciudad 
sometida. 

Ocupado Montevideo al empezar febrero del año si¬ 
guiente, el comando inglés destacó una división hacia la 
zona estratégica, a órdenes del coronel Pack, que tomó 
San José y luego Colonia, objetivo principal. Precisamen¬ 
te en esos días llegó al Río de la Plata el coronel don 
Francisco Javier de Elío, quien se puso en Buenos Aires 
ál frente de una fuerza de seiscientos hombres, cruzó el 
estuario en la noche del 21 de abril y condujo el ataque 
contra Pack, cuyas tropas resistieron el asalto y derro¬ 
taron a Elío, a pesar de haber logrado este jefe y los 
suyos introducirse hasta las calles. 

Resuelto el ataque a Buenos Aires, el general White- 
locke dispuso que la división que ocupaba Colonia se in¬ 
corporase al grueso del ejército, lo que se efectuó me¬ 
diante el embarco de los mil seiscientos soldados que cons¬ 
tituían aquélla, quedando evacuada la plaza el 25 de junio 
y definitivamente liberada días más tarde con motivo de 
la capitulación británica. 

Fué poco después de haber sido teatro de aquellos 
acontecimientos que el pueblo aspiró al título de villa. A 
partir de la fecha de su destrucción sólo había sido pues¬ 
to militar o «presidio», cuya autoridad era ejercida por 
un comandante de armas venido de Buenos Aires, con 
jurisdicción sobre los partidos rurales del Real de San 
Carlos, Rosario del Colla, San Juan, las Víboras y las 
Vacas; cada uno de éstos tenía su alcalde de la hermandad, 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


125 


dos de los cuales, el de Colonia y el de San Carlos, no li¬ 
mitaban sus funciones a la esfera policial según corres¬ 
pondía a su cargo, sino que autorizaban también piezas 
notariales, como puede verse en los protocolos de la época. 
El desarrollo de la zona y el papel que cupo a su cabeza 
en las operaciones militares últimas, decidieron a un gru¬ 
po de vecinos a pedir a la autoridad virreinal la concesión 
del título de villa y el nombramiento de un Ayuntamiento 
con renovación anual, análogo a los tres existentes en la 
fecha en la Banda Oriental: Montevideo, Maldonado y So- 
riano. La solicitud lleva la firma de diecisiete vecinos cá- 
racterizados. * 

Por auto fechado en Buenos Aires el 10 de enero de 
1809, el virrey Liniers accedió a lo solicitado y resolvió 
que las autoridades de la nueva villa estarían constituidas 
por un comandante militar y político que ejercería si¬ 
multáneamente las jurisdicciones ordinaria de guerra y 
de real hacienda, y de un Ayuntamiento formado por_un 
alcalde ordinario, un alguacil mayor, un regidor decano, 
que sería al mismo tiempo alférez real, un fiel ejecutor 
y diputado de policía, un defensor de menores y pobres, 
un síndico procurador, dos alcaldes de la hermandad para 
la campaña, sin voz ni voto en el cabildo, y un mayor¬ 
domo de propios. El decreto sometía a la aprobación del 
monarca la decisión expresada, ya que el gobierno vi¬ 
rreinal carecía de atribuciones para darle carácter defi¬ 
nitivo. 

Un año y medio después, e iniciado ya el movimiento 
de mayo, tuvo , lugar el reconocimiento oficial de la villa 
del Rosario. La breve historia de este poblado indica que 
fué en su origen un campamento militar establecido por 
Cevallos en su última campaña; pero alejado de la zona 
combatiente, allegáronse a él varias familias que presta¬ 
ron asistencia a las fuerzas y permanecieron luego en el 
sitio, denominándole Rosario del Colla. En 1779 se había 
erigido ya una iglesia, a cargo de un capellán militar, 
siendo visitada en aquel año por el obispo de Buenos 
Aires, fray Sebastián Malvar y Pintos; y el 23 de diciembre 
de 1781 tomó posesión de ella el presbítero Sebastián Quesa 



126 


LA REPOBLACION ESPAÑOLA 


y León, que en calidad de cura vicario ejerció jurisdicción 
sobre las feligresías de Colonia y Real de San Carlos. 
Acrecióse el poblado en el andar del tiempo, y una de 
las primeras medidas del mariscal don Gaspar de Vigodet, 
al hacerse cargo de la gobernación de Montevideo, fué 
el citado reconocimiento de la villa del Rosario, comisio¬ 
nando al efecto a don Joaquín Alvarez Cienfuegos, quien 
cumplió su misión el 15 de octubre de 1810. Constituyó 
éste el último acto de gobierno del régimen español en 
la jurisdicción coloniense. 


IV 

Como otras tantas poblaciones de la Banda Oriental 
surgidas en el lapso de las guerras coloniales, el Real 
de San Carlos tuvo su origen en necesidades de orden 
militar y debió su existencia a la posición estratégica. 
Antes de empezar su primera ofensiva contra los portu¬ 
gueses y subsistente aun el Tratado inaplicado de Madrid, 
don Pedro de Cevallos estableció un campamento en la 
eminencia situada a cinco kilómetros de la plaza de Co¬ 
lonia, desde la cual se dominaba ésta, con comunicaciones 
directas con Buenos Aires a través del estuario. Eran cam¬ 
pos realengos y su denominación indica que tuvo comien¬ 
zo en 1760, al recibirse en el Río de la Plata la nueva del 
advenimiento de don Carlos III al trono de España. Usᬠ
base entonces el vocablo real como sinónimo de campo 
militar, y se le añadió en el caso el onomástico del nuevo 
soberano. Fué por motivos semejantes que un punto co¬ 
lindante, el Real de Vera, recibió este nombre por haber 
establecido en él su campamento don Antonio de Vera 
Muxica en 1680, al proceder a las operaciones contra la 
fortaleza de Manuel Lobo. 

La incorporación de familias al establecimiento militar 
demuestra que. fué el ánimo de Cevallos constituir allí 
un jalón permanente, poblando el sitio. El fracaso del 
Tratado de Madrid resultaba evidente a los diez años de 
su firma, y temió el ilustre soldado que sus adversarios 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


127 


no sólo no entregasen la plaza, sino que intentasen ensan¬ 
char su dominio fuera del alcance de las balas de cañón. 
Los precedentes justificaban el temor; y dando estabilidad 
a una posición estratégica inmediata se suprimía aquella 
eventualidad, ya que el lusitano mal podría alejarse de 
sus murallas sin chocar con la atalaya hispana. Erigié¬ 
ronse un hospital y una capilla, cuya ejecución estuvo ter¬ 
minada en 1761, y se anexó un cementerio al templo, 
siendo atendidos los servicios religiosos por el capellán de 
las fuerzas, doctor Joaquín Sotelo de Burgos, quien asen¬ 
tó la primera partida bautismal en el registro de la iglesia 
el 20 de agosto de-1761. 

La entrada de los españoles en Colonia con carácter 
definitivo, dieciséis años después, quitó toda importancia 
militar al Real de San Carlos; pero subsistieron allí los 
vecinos civiles, dedicados en su mayoría a la labranza. Al 
finalizar el año 1783, el capitán don Miguel Fermín de 
Riglos levantó el primer padrón de vecinos. 

La despoblación del Real de San Carlos se hizo visible 
en la primera campaña de la independencia, y al implan¬ 
tarse el régimen lusobrasilero se buscó detenerla conce¬ 
diéndose chacras a los elementos que se dedicaran a cul¬ 
tivarlas. Desde 1819 hasta 1826 obtuviéronse resultados 
favorables y el poblado renació; pero la nueva guerra fué 
causa de su ruina. Durante el cerco puesto a Colonia por 
el general Lavalleja, las exigencias militares le forzaron 
a desalojar el Real por sus moradores, quienes perdieron 
hasta los muebles. 

Bajo la administración del general Oribe se ofrecieron 
las quintas baldías a quienes se obligasen a poblarlas, con 
intervención del juez de paz, fijándose anuncios al efecto. 
El mediocre resultado obtenido fué anulado por la Gue¬ 
rra Grande, y particularmente por la toma de Colonia en 
1845, que provocó el incendio de las casas del Real. A 
la terminación de aquella guerra los vecinos sobrevivien¬ 
tes elevaron una solicitud al presidente de la Repúbica, 
pidiendo se les acordase el derecho de posesión, lo que 
se les concedió por resolución del 25 de julio de 1854. 



CAPITULO DECIMOPRIMERO 


LAS SUCESIONES POLITICAS DE 1810 A 1828 

Adhesión de Colonia al movimiento de mayo. — Determinación 
de Artigas; su partida con de la Peña y Hortiguera. — Evacua¬ 
ción de la plaza por los españoles. — Segunda campaña de la 
independencia. — El régimen lusobrasilero; delegación de la 
ciudad al Congreso Cisplatino. — Don Lucas José Obes, apo¬ 
derado ante la corle de Río de Janeiro. — Aceptación de la 
Constitución del Brasil. — Voladura de la iglesia mayor; las 
víctimas; celebración de un Cabildo abierto. — La resistencia 
de Colonia bajo la gobernación del brigadier Manuel Jorge 
Rodrigues; ataque fracasado de Brown. — El período feudal. 


i 

pL movimiento iniciado en Buenos Aires el 25 de mayo 

de 1810 tuvo repercusión inmediata en Colonia del 
Sacramento, donde un grupo de vecinos calificados se apre¬ 
suró a formalizar su adhesión a la junta presidida por 
don Cornelio de Saavedra, enviándole una comunicación 
que lleva la fecha del 5 de junio. Encabezaron esta ac¬ 
titud del comandante político y militar de la plaza, teniente 
coronel don Ramón del Pino, y el cura vicario, doctor 
José María de la Peña Enríquez: pero hubo por parte 
del primero una evidente incomprensión respecto de las 
proyecciones revolucionarias del movimiento, pues renun¬ 
ció más tarde a compartir sus responsabilidades mientras 
el P. de la Peña acompañó el propósito de la emancipa¬ 
ción al plantearse ésta claramente, y salió de Colonia en 
compañía de Artigas.. 

Una de las primeras medidas tomadas por el virrey 
Elío al arribar a la metrópoli fué la de enviar fuerzas a 
Colonia, temiendo una acción militar probable desde Bue¬ 
nos Aires, dada la facilidad de un desembarco inmediato. 
Este hubo de tener lugar, en efecto, pues la expedición 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


129 


del general Manuel Belgrano al Paraguay estaba primi¬ 
tivamente destinada a operar en la Banda Oriental. La 
guarnición de la ciudad platense fué aumentada a qui¬ 
nientos hombres entrando a formar parte de ella el re¬ 
gimiento de Blandengues que mandaba el brigadier José 
María Muesas. 

Una incidencia entre este jefe y el ayudante mayor 
de la unidad, don José Artigas, determinó el alejamiento 
de éste de las fuerzas realistas, ganado ya por el ideal 
republicano a cuyo servicio incansable y austero había de 
consagrar su personalidad de procer. En compañía del 
cura de la Peña y del oficial Rafael Hortiguera, Artigas 
salió de Colonia el 15 de febrero de 1811, dirigiéndose a 
la estancia de don Teodosio de la Quintaba, en la costa 
de San Juan, donde recibió auxilios de aquel hacendado, 
partiendo luego para Buenos Aires con sus amigos de 
causa. , 

Como se sabe, a partir de este episodio los sucesos po¬ 
líticos y militares se precipitaron en el país. El 28 del 
mismo mes tuvo lugar el grito de Asencio, y el 9 de abril 
desembarcó Artigas en la Calera de las Huérfanas, in¬ 
vestido con poderes de la iunta de Buenos Aires. El te¬ 
niente coronel Venancio Benavídez, que al frente de una 
fuerza de seiscientos hombres operaba en la zona sud¬ 
oeste, tomó San José inmediatamente después de produ¬ 
cirse la acción del Paso del Rey, y entrando en la región 
de Colonia obligó a capitular a la pequeña guarnición 
del Rosario del Colla. El 21 de mayo el jefe revolucionario 
puso sitio a la ciudad platense, a cargo a la sazón del 
mariscal don Gaspar de Vigodet, quien resistió con éxito 
los ataques de su adversario; pero informado del resul¬ 
tado de la batalla de Las Piedras, que abría a los ven¬ 
cedores el camino de Montevideo, propuso a Elío, y ob¬ 
tuvo de éste, la autorización para evacuar Colonia y llevar 
el auxilio de sus tropas a la capital, a donde llegó precisa^ 
mente en momentos en que comenzaba el asedio. 

El comandante Benavídez ocupó Colonia el 27 de mayo 
de 1811, fecha que señala el término definitivo de la sobe¬ 
ranía hispana sobre la histórica ciudad, en cuyas piedras 



130 LAS SUCESIONES POLITICAs'üE 1810 A 1828 

debía perdurar el recuerdo de una de las contiendas más 
tenaces y heroicas que se libraron en el suelo de América 

La división administrativa de la Provincia Oriental se 
efectuó durante el período artiguista, por decisión del ca¬ 
bildo gobernador, fechada el 27 de enero de 1816. Entre los 
seis departamentos se hallaba el de Colonia, bajo cuya ju¬ 
risdicción figuraban los núcleos urbanos y rurales de su 
capital, las Vacas, el Colla, las Víboras y el Real de San 
Carlos. A esta medida siguió la creación de un cuerpo 
departamental de milicias, que en número de trescientas 
plazas fué mandado por el teniente coronel Pedro Fuentes. 

La invasión portuguesa de 1816 destacó una escuadrilla 
sobre Colonia, que se entregó sin resistencia, volviendo 
a ondear en sus bastiones la enseña de sus primitivos 
fundadores. En la zona campesina no ocurrió lo mismo, 
pues se libraron combates con éxito diverso hasta que la 
superioridad lusitana en hombre^ y elementos afianzó su 
dominación desde setiembre de 1818. 

La verdad es que.el ensayo de libertad, practicado du¬ 
rante seis años, no le hizo detestar ei régimen extranjero. 
Colonia del Sacramento aceptó de buen grado la domi¬ 
nación lusobrasilera, y no solamente exteriorizó sus in¬ 
clinaciones en los actos públicos a que aludiremos 
más adelante, sino que mantuvo latente en el seno 
de los hogares el sentimiento monárquico, llegando hasta 
castigar las tendencias emancipadoras que se mani¬ 
festaban en la generación que crecía. Ello no debe ser 
motivo de extrañeza, pues a la notoria habilidad del go¬ 
bernador del país, general Lecor, que cimentó su polí¬ 
tica de penetración pacífica con alianzas matrimoniales, 
se unió el hecho de la incorporación al imperio que cam¬ 
biaba una situación subalterna de colonia por una igua¬ 
litaria de provincia; mantuviéronse los cabildos formados 
por uruguayos; jefes de la resistencia armada contra Por¬ 
tugal recibieron mando de fuerzas; y distribuyéronse ho¬ 
nores, recompensas y títulos entre los hombres más des¬ 
tacados, no exceptuándose al propio Rivera, encarnación 
del espíritu nacional, que recibió una baronía. A las ra¬ 
zones de orden general que hicieron que una parte de 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 131 

la opinión, especialmente la de las clases conservadoras y 
cultivadas, viera en la monarquía portuguesa un freno 
a la anarquía, se añadió la causa local en Colonia, es decir, 
su raigambre lusitana, que no en vano se había afirmado 
durante una centuria. Al convocarse el Congreso Cispla- 
tino de 1821 la ciudad delegó a dos de sus vecinos más 
caracterizados, don José de Alagón y don Mateo Visillac, 
quienes acompañaron a la unanimidad de los diputados 
votando la incorporación al Reino de Portugal, Brasil y 
Algarves. 

Hase afirmado que algunos cabildos de campaña se pro¬ 
nunciaron contra la decisión del Congreso; pero si ello 
fuese exacto habría que eliminar de su número al de 
Colonia, que creyó deber reafirmar sus sentimientos de 
fidelidad a la corona. No caben censuras al respecto, pues 
no es posible juzgar esa actitud con un criterio de actua¬ 
lidad; no había conciencia democrática ni siquiera afir¬ 
maciones de independencia, ya aue las tendencias se di¬ 
vidían entre la incorporación a Portugal y la reincor¬ 
poración a las provincias del antiguo virreinato. Colonia 
del Sacramento optó por la primera, en consonancia con 
su tradición y con la decisión del Congreso Cisplatino. 

En sesión celebrada el 9 de agosto de 1823, el Ayunta¬ 
miento designó su apoderado general ante la corte del 
Brasil al doctor don José Lucas Obes, «interpretando la 
voluntad de sus beneméritos representados y por las gran¬ 
des ventajas que resultarán, dadas sus luces, amor patrio 
y demás virtudes que merecerán el aplauso de nuestro 
augustísimo emperador, el señor don Pedro I». 

De conformidad con aquella orientación política, la 
ciudad y las jurisdicciones rurales se pronunciaron por la 
aceptación de la Constitución del Brasil, cuyo proyecto 
fué sometido a un cabildo abierto que se celebró en la 
primera el 6 de febrero de 1824. Reunióse, al efecto, una 
asamblea encabezada por las autoridades municipales y 
militares, formulando la declaración afirmativa. 

Actas análogas fueron labradas en virtud de iguales 
manifestaciones en el pueblo del Carmelo y puerto de las 



132 


LAS SUCESIONES POLITICAS DE 1810 A 1828 

Vacas el 26 de febrero de 1824;.en la villa del Rosario del 
Colla el 29 de los mismos, y en el partido de las Víboras 
§1 2 de abril. Entre los firmantes figuraban delegados 
de otros partidos y núcleos departamentales. 

n 

„ ,/ 

Al finalizar el año precedente se había llevado a cabo 
otro acto político, destinado a expresar la voluntad de la 
zona cóloñiense en favor de la incorporación del país al 
Brasil, bájo el cetro de don Pedro I. Esa ceremonia fué 
precedida de una elección de diputados de los pueblos 
del departamento; y reunidos aquéllos en el Ayuntamiento 
el 14 de,diciembre, realizaron la proclamación, figurando 
entre los números destinados a solemnizarla un tedeum en 
la iglesia mayor. Fué durante este acto que ocurrió un 
suceso trágico que enlutó los hogares de la ciudad histórica 
y la privó, al mismo t^mpo, de su edificio de cultos. En 
sus escritos inéditos, don Luis Gil relata la catástrofe 
de la cual fué testigo presencial y en la que perdió a 
varios miembros dé su familia: 

Era £l día en que reunidos en el cabildo de la ciudad los diputados 
pór los diferentes pueblos del departamento — comprendiendo los que 
forman hoy el departamento de Soriano — adhirieron al acto de la 
incorporación de este país al Brasil, bajo la soberanía de su primer 
emperador don Pedro I. Antes del acto, y reunidos en cabildo, asistieron 
en corporación a una misa para pedir a Dips los inspirase en el acto 
solemne que iba a tener lugar. Durante la misa se preparó y estalló 
una furiosa, tormenta de lluvia, truenos y relámpagos que causaba pavor. 
Concluida la función, y como la Casa Capitular estuviese inmediata, 
se retiraron los diputados y demás concurrencia; y cuando sólo quedaban 
muy pocas personas se desprendió^ un rayo que, cayendo sobre un de¬ 
pósito de pólvora ignorado de la población, que existíá en la sacristía 
y pertenecía a la guarnición imperial, voló la iglesia, reduciéndola a 
escombros con grande explosión, y pereciendo catorce personas, entre 
las que se ^encontraron mi abuela, doña Doíores Miranda; mi tío, el joVen 
José EsteVan, y mi hermana, Clara Gil, cuyos cadáveres, extraídos de 
entre los escombros, vi tendidos y mutilados en mi casa. 

El cronista parece incurrir en error al creer que la 
existencia del depósito de pólvora era ignorado de la 
población, pues otro documento de esa misma fecha in¬ 
forma que al día siguiente de la catástrofe celebróse un 
cabildo abierto bajo la presidencia del regidor dec.ano 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 133 

don Estevan Nin, resolviéndose expresar a la gobernación 
de la provincia el agravio inferido a la población al ocu¬ 
parse por las tropas un templo levantado con el peculio 
exclusivo del vecindario, habiendo la autoridad municipal 
señalado el peligro que entrañaba el depósito; solicitar de 
aquélla la reconstrucción de la iglesia y la reposición de los 
ornamentos y vasos destinados al culto; y en el caso de que 
el barón de la Laguna no diese ejecución a la solicitud 
«se eleve la queja respectiva hasta el trono, no dudando 
que la majestad imperial en tal caso se dignará oír los 
justos clamores de un pueblo que se gloria de deberle toda 
su predilección». 

Como antecedente informativo debe recordarse que la 
antigua iglesia parroquial, de fábrica portuguesa, había 
sido destruida por un incendio el año 1800. Reemplazóla 
provisoriamente la capilla de Santa Rita, a cuyo efecto 
fué necesario desalojar a la única escuela que funcionaba 
desde dos años antes; y con el óbolo de los fieles cons¬ 
truyóse el nuevo templo, al cual no cupo, como se ve, 
mejor suerte que al anterior. Las gestiones del Ayunta¬ 
miento y vecindario no parecen haber obtenido la ayuda 
oficial solicitada, pues al año siguiente el cura vicario 
se esforzó en la reiteración de aquéllas y pidió se desig¬ 
nase mayordomo ecónomo a don Francisco Antonio de 
Souza, honorable vecino que había contribuido con cinco 
mil pesos a la fábrica del templo precedente; y diez años 
después la Junta Económico-Administrativa se dirigió al 
ministro de gobierno, doctor don Lucas José Obes, enun¬ 
ciando el presupuesto indispensable, que ascendía a $14.610, 
y requiriendo un adelanto de 5.000 en metálico o en 
letras descontables. 

Entretanto un local precario servía de iglesia, y pro¬ 
longándose las esperas inútiles de • auxilios oficiales, ce¬ 
lebróse una reunión pública el 21 de febrero de 1836. 
Informa el acta «que reunido, a son de campana, en junta 
plena todo el vecindario en la capilla que en lo actual 
sirve de iglesia, presidiéndola el alcalde ordinario, el jefe 
político y el cura vicario (que lo era interinamente fray 
Domingo Rama), para tratar la reedificación del templo 



134 


LAS SUCESIONES POLITICAS DE 1810 A 1828 


que se arruinó por el descenso de un rayo; considerando 
lo difícil y moroso que le sería a este pueblo la reunión 
de la Junta Económico-Administrativa, a quien compe¬ 
te, se resolvió designar una comisión compuesta del 
cura vicario, en calidad de presidente; tesorero, don Ge¬ 
rardo Delgado; secretario, don Mariano Griera; vocales, 
don Este van Nin y don José Souza Pereira, para reunir 
los materiales destinados a la fábrica de la iglesia y de¬ 
terminar los medios conducentes a ese fin». 

Alzóse, al fin, la nueva iglesia mayor de la ciudad, 
cuyo proceso de construcción fue bastante extenso, pues 
consta que aun en 1841 se hizo necesario conseguir una 
autorización del ministerio del gobierno que facultaba a 
la corporación edilicia a subastar terrenos públicos para 
aplicar su producto a la terminación del templo. 

III 

El levantamiento nacional de 1825 produjo en Colonia 
del Sacramento los choques de opinión contradictorios que 
eran de esperarse en el seno de una población trabajado por 
tres factores opuestos: la raigambre lusitana, la sociedad 
lugareña de origen español, y las tendencias emancipa¬ 
doras de la generación criolla. Los brasileros disponían 
de los resortes dirigentes, pero una buena parte de las 
fuerzas armadas que constituían la guarnición estaba for¬ 
mada por milicias uruguayas. Mandábalas el coronel Juan 
Queirós, de nacionalidad portuguesa, que había perma¬ 
necido al servicio de don Pedro I; pero ello no le impidió 
sublevarse en los primeros momentos, cediendo al mo¬ 
vimiento que llevó a sus soldados a hacer causa común 
con la revolución, y apostándose con ellos en las afueras 
de la plaza. Esta actitud fué de breve duración, pues el 
gobernador de aquélla, brigadier Manoel Jorge Rodrigues, 
negoció hábilmente con su compatriota, distribuyó grados 
entre los oficiales y consiguió que el uno y los otros 
volvieran con su tropa bajo las banderas del Imperio. 

La ciudad permaneció sitiada, sin embargo, durante 
todo el curso de la guerra. Comenzó el asedio el coronel 



HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO 


135 


Juan Arenas; pero la importancia de aquel núcleo for¬ 
tificado frente a la capital, de las Provincias Unidas de¬ 
cidió al general Lavalleja a ponerse personalmente al 
frente del asedio desde el mes de diciembre de 1825. Co¬ 
mo puede verse, esta fecha era coincidente con la decla¬ 
ración de guerra de la Argentina al Brasil, e influyó, sin 
duda, en el ánimo del jefe uruguayo la necesidad de apro¬ 
ximarse a Buenos Aires para concertar con el gobierno 
y iefes militares las disposiciones de la campaña a reali¬ 
zarse. Así lo demuestran los documentos obrantes en la 
Biblioteca Nacional de Río de Janeiro. 

La plaza había recobrado su aspecto de ciudadela. 
Los españoles no habían creído deber reconstituir sus for¬ 
tificaciones en la forma que presentaban antes de su des¬ 
trucción, en 1777; pero tampoco habían descuidado esta 
faz de la repoblación, pues el plano levantado en 1805- 
06 muestra un «recinto del campo» y unos «fosos del re¬ 
cinto» que evidencian la existencia de obras de defensa, 
confirmándola el «portón principal con puente levadizo» 
y la antigua batería de Santa Rita. Fueron los portugueses 
y luego los brasileros quienes completaron las fortifica¬ 
ciones y dotaron a la ciudad de baluartes capaces de sos¬ 
tener ataques por tierra y mar. La isla de Martín García 
fué igualmente artillada. 

El brigadier Manoel Jorge Rodrigues habíase hecho cargo 
de la gobernación de Colonia en mayo de 1818, y los aconte¬ 
cimientos desarrollados varios años después se encargaron 
de revelar toda la firmeza de su alma de soldado y su 
capacidad para el mando. Si bien las tropas de Lavaileja, 
formadas por caballería, carecían de elementos suficien¬ 
tes para dominar una plaza fuerte, no era tal el caso de 
las fuerzas navales del almirante Brown. que establecie¬ 
ron el bloqueo desde el comienzo de 1826. El jefe argentino 
intimó la rendición el 25 de febrero en nota enviada desde 
la fragata Veinticinco de Mayo, acordando veinticuatro 
horas para una decisión conforme y prometiendo respetar 
las propiedades y no incendiar la población y buques. El 
mismo día el brigadier Rodrigues envió su respuesta ne¬ 
gativa, cuya traducción dice así: 



136 


LAS SUCESIONES POLITICAS DE 1810 A 1828 


Plaza de Colonia del Sacramento, 25 de febrero de 1826. El brigadier 
de los ejércitos nacionales e imperiales y gobernador de esta plaza res¬ 
ponde en su nombre y en el de toda la guarnición que tiene la honra 
de mandar, a la intimación del señor general en jefe de la escuadra 
de la República Argentina, que la suerte de las armas es la que decide 
de la suerte de las plazas. 

Llevóse a cabo el ataque, y después de cuatro horas de 
vivo fuego insistió Brown en su exigencia de rendición, 
haciendo responsable al jefe brasilero por su tenacidad. 
La respuesta de éste aparece escrita al pie de la nota del 
almirante: 

Foi respondido de voz: «Diga ao senhor general en 
chefe que o dito, dito». 

Fracasado el ataque, prolongó Brown el bombardeo de 
la plaza, y el 2 de marzo lanzó varias lanchas con fuerzas 
de desembarco sobre la ribera, sin lograr alcanzarla, vién¬ 
dose forzado a retirarse días después ante el arribo de 
la flota brasilera. Los críticos militares atribuyeron esta 
falta de éxito al retardo de Lavalleja en pronunciar el 
asalto por el frente terrestre de la ciudadela. 

La resistencia de ésta se prolongó hasta los prolegó¬ 
menos de la paz, y su historia terminó, en su aspecto in¬ 
ternacional, al firmarse en Río de Janeiro la convención 
preliminar del 27 de agosto de 1828, que estipuló la inde¬ 
pendencia del Uruguay. Perdida desde entonces toda im¬ 
portancia política, no implicó ello, sin embargo, el comien¬ 
zo de un lapso sereno, pues las luchas fratricidas se encar¬ 
garon de producir episodios sangrientos cuya crónica está 
lejos de seducirnos. El período feudal que subsiguió a la 
independencia abrióse sobre ruinas y se cerró entre ruinas, 
y como testigos callados del ciclo antiguo, el de las pugnas 
heroicas, se exhiben aún en los suburbios y la ribera de la 
ciudad lusoespañola las piedras sillares de su grandeza 
colonial y los fragmentos demolidos de sus fuertes, reliquias 
humilladas por las hierbas, los cardos y la indiferencia de 
las generaciones presentes. 




OBRAS 

LA SOCIEDAD URUGUAYA Y SUS PROBLEMAS. — Librería 
Paul Ollendorff, París, 1911. 

ANUARIO DIPLOMATICO Y CONSULAR DE LA REPUBLICA 
ORIENTAL DEL URUGUAY. — Volumen inicial correspon¬ 
diente a 1917, mandado publicar por el Ministerio de Relaciones 
Exteriores, Montevideo. 

LA HUELLA DE MIS SANDALIAS. Viajes, problemas sociales, 
literatura y crítica, crónicas de la gran guerra, política inter¬ 
nacional. — Talleres Gráficos Cúneo, Buenos Aires, 1924. 

EL BATLLISMO Y LA ENSEÑANZA MILITAR. Folleto polí¬ 
tico. — Talleres Gráficos Cúneo, Buenos Aires, 1924. 

VEINTE LINAJES DEL SIGLO XVIII. Contribución a la his¬ 
toria de Montevideo. — Premio Hispano-Americano de 1931 , 
otorgado por la Real Academia de la Historia. — Casa Editorial 
Franco-Ibero-Americana, París, 1926. 

CRONICAS Y LINAJES DE LA GOBERNACION DEL PLATA. 
Contribución a la historia colonial de los siglos XVII y XVIII. 
— J. Lajouane & Cía ; Buenos Aires, 1927. 

AZAROLA. Crónica del linaje. — Gráficas Reunidas S. A. 
Madrid, 1929. 

FONDOS DOCUMENTALES RELATIVOS A LA HISTORIA DEL 
URUGUAY. Informes al Ministerio de Instrucción Pública. — 
Gráficas Reunidas S. A., Madrid, 1930. 

LA EPOPEYA DE MANUEL LOBO. Contribución a la crónica 
de Colonia del Sacramento, seguida de una recopilación de se- 

í senta documentos. — Compañía Ibero-Americana de Publica¬ 
ciones, Madrid, 1931. 

APORTACION AL PADRON HISTORICO DE MONTEVIDEO. 
Epoca fundacional. — Tipografía de lá «Revista de Archivos, 
Bibliotecas y Museos». Madrid, 1932. 

LAS HEREJIAS HISTORICAS DEL Dr. EDUARDO ACEVEDO. 
Folleto de rectificación y crítica. — Librería y Editorial «La 
Facultad», Buenos Aires, 1933. 



DEL AUTOR 


LOS ORIGENES DE MONTEVIDEO 1607 -1749. — Con una re¬ 
copilación de cincuenta documentos relativos a la fundación 
de la ciudad. — Medalla de oro del Ministerio de Instrucción 
Pública del Uruguay. — Librería y Editorial «La Facultad», 
Buenos Aires. 1933. 

Nueva edición destinada a los estudiantes de Enseñanza Se¬ 
cundaria. — «Casa A. Barreíro y Ramos» S. A., Montev., 1940. 

LA PRINCESA LECZYKA (Memorias de un transeúnte). — 
Imprenta Universitaria, Santiago de Chile, 1935. 

DON JOSE ARRIETA. Síntesis biográfica. — Tirada aparte 
del homenaje a D. Domingo Amunátegui Solar, auspiciado por 
la Universidad de Chile. — Imprenta Universitaria, Santiago. 
1935. 

LOS SAN MARTIN EN LA BANDA ORIENTAL. — Librería 
y Editorial «La Facultad», Buenos Aires, 1936. 

EL PROYECTO DE FUNDACION DE LA VILLA DE NUEVA 
ESTEPA. — Librería y Editorial «La Facultad», Buenos 
Aires, 1936. 

LA AMANTE AMARGA Relato novelado. — Librería y Edito¬ 
rial «La Facultad», Buenos Aires, 1939. 

HISTORIA DE COLONIA DEL SACRAMENTO. Edición des¬ 
tinada a los estudiantes de Enseñanza Secundaria. — «Casa 
A Barreíro y Ramos» S. A, Montevideo, 1940. 

LOS MACTEL EN LA HISTORIA DEL PLATA 1604-1314. — 
Librería y Editorial «La Facultad», Buenos Aires, 1940. 

EN PREPARACION 

AP ELLID OS DE LA PATRIA VIEJA — Nuevos estudios his¬ 
tóricos y biográficos. 

LA SUPREMACIA DE LAS FUERZAS ESPIRITUALES- — 
Ensayos de sociología y crítica religiosa.